Familiares del pueblo vinieron a pasar una semana, cinco personas, en nuestro piso de un solo dormitorio. Los recibí llena de sarpullidos verdes — «como si fuera varicela»

Parientes del pueblo han venido a visitarnos por una semanita, cinco en total, a nuestro «piso de una habitación». Les recibo entera llena de manchas verdes tipo varicela.

Mi mañana de sábado no ha comenzado con café, sino con una llamada telefónica. En la pantalla aparece, alarmante: «Tía Pilar (familiar)».

¡Pilarica, que llegamos! la voz de mi tía es tan animada y fuerte que el despertador se ha quedado obsoleto. ¡Ya estamos en camino, mañana por la mañana estamos en Madrid! Queríamos daros una sorpresa: ver la capital y aprovechar para visitaros. ¡Si somos como de la familia!

Me siento en la cama, intentando asimilar lo que acabo de oír. Lo más inquietante de esa frase ha sido la palabra «nosotros».

¿Quiénes exactamente sois nosotros, tía Pili? pregunto, con cautela, mientras le doy una patada a mi marido bajo el edredón para que se despierte de inmediato.
¿Cómo que quiénes? ¡Yo, el tío Paco, Lucía con su marido y nuestro nieto! Pero si no te preocupes, no somos delicados sólo queremos un sitio para dormir, el resto del día estaremos haciendo turismo por Madrid.

Cinco personas. Más nosotros dos. En nuestro piso de treinta y tres metros cuadrados, donde el espacio libre es la alfombra del recibidor y el pasillo de un metro entre el sofá y la tele.

Corto la llamada, en silencio, y miro a mi marido. En su mirada se lee puro pánico y el deseo secreto de salir del país… o al menos de ir a por pan durante siete días.

La confianza mata
Recuerdo de golpe su visita tres años atrás. Entonces eran “sólo” tres, pero aún tengo pesadillas. El tío Paco fumaba en el balcón tirando la ceniza en mis macetas con un grito de: «Pero si eso es abono». La tía Pili intentó enseñarme a hacer cocido, apretujadas en mi mini cocina: Así no se corta el chorizo, déjame que te muestre. Nosotros, en el colchón hinchable, que por la mañana se desinflaba y estábamos en el suelo, mientras los invitados ocupaban nuestro sofá con aires de reyes.

Ahora son cinco. Lucía y su marido, ruidosos; y su hijo Diego, un torbellino de siete años para quien prohibido es solo un reto.

Hay que decirles que no, dice mi marido, mirando al techo.
¿Cómo? suspiro. Ya están en el AVE. ¿Que les diga que se den la vuelta? Si conoces a la tía Pili: hablará de la familia, de cómo me cuidaba de niña, y de lo esnobs que nos hemos vuelto en Madrid. Y todo el pueblo murmurando que no dejé pasar a la familia, y mi madre con las valerianas de tanto disgusto.

Cuando fallan los diplomáticos
Nos sentamos en la cocina, tomando café, pensando alternativas, una peor que otra. Alquilarles un apartamento imposible, después de arreglar el coche estamos a dos velas. Irnos nosotros donde amigos rendición total, y nadie quiere dos okupas una semana. ¿No abrir la puerta? Seguro que llamarían hasta venir los bomberos.

Entonces se me ocurre. Hace falta una excusa indiscutible. De esas que hacen huir a cualquiera.

Varicela, susurro.
¿Qué? no entiende mi marido.
Varicela. Cuarentena. Para los adultos: fiebre altísima, complicaciones, cicatrices feas.

Mi marido duda:
¿Y si ya la han pasado?
La tía Pili y el tío Paco no, lo sé por mamá. Lucía no lo sé, pero con el niño seguro no se la juegan.

Operación camuflaje verde
Faltan cuatro horas para la llegada del tren. Me pongo manos a la obra. Cojo el viejo frasco de mercromina de la botiquín.

Pon mucho, le ordeno, acercando la cara. Frente, mejillas, cuello, manos. Cuanto más espantoso, mejor.

Mi marido, ahogando la risa, pone enormes puntos rojos. En el espejo, parezco un monstruo de cuento. Para rematar, me pongo una bata de estar por casa, me lío una bufanda al cuello y me despeino.

¿Y yo qué? pregunta mi marido.
Tú eres contacto estrecho. Portador. Eso impresiona más.

Ensayamos la historia: he caído mala anoche, fiebre a casi cuarenta, vino el médico, cuarentena estricta, y mencionó un virus mutante.

¿Y si sólo entramos a saludar?
Llaman a la puerta, todo puntual. Detrás, se oye arrastrar maletas, voces, y Diego gimiendo. Hago mi mejor papel de moribunda, mi marido abre un poco la puerta, bloqueando la entrada.

¡Paco! ¿Por qué no nos esperabais en la estación, hombre? ya el tío intenta colarse.
¡Quietos! gruñe mi marido. No entréis. Aquí hay una desgracia.

Aparezco yo, arrastrando las zapatillas, agarrada a la pared y respirando como si me faltara la vida.

Buenas carraspeo Perdonad, tengo varicela, en forma muy grave. El médico dice que se pega hasta por la ventilación.

De repente reina el silencio en la escalera. Cinco pares de ojos miran mis manchas.

¡¿Varicela?! Lucía retrocede, tapando a Diego. ¿¡Con treinta años!?

Las defensas bajas susurro. Mucha fiebre complicaciones

Veo la lucha interna de la tía Pili: su amor al alojamiento gratis frente al miedo por la salud.

Paco, ¿tú la pasaste?
No me acuerdo creo que no el tío ya se va echando para atrás.
¡Ni yo! salta Lucía. Mamá, vámonos a un hotel.

¿Y él? sospecha tía Pili, mirando a mi marido.
Yo soy el siguiente, dice mi marido, resignado. Dormimos juntos, solo cuestión de tiempo.

Eso es suficiente. Compartir piso con apestado les hace entrar en razón.

Que te mejores, gruñe el tío Paco, dándole al botón del ascensor. Los regalos nos los llevamos, en el hotel nos vendrán bien.

El ascensor se traga las maletas, los tarros y nuestro problema.

Como si nada hubiera pasado
Cerramos la puerta, y mi marido se desliza por la pared riendo a carcajadas. Me miro al espejo y no puedo parar de reírme con él.

Encontraron hotel rapidísimo. Dinero sí tenían simplemente, para qué gastarlo si pueden quedarse en casa ajena

A los dos días me llama mi madre:
Pilar, ¿por qué no dijiste nada? ¡Dice la tía Pili que estás verde entera y al borde de la muerte!
Ya estoy mejorando, mamá, respondo animada. ¡Milagros de la medicina!

Jamás conté la verdad. Mejor que piensen que tengo mala salud que mala leche.

La mercromina se va con agua, y nosotros pasamos el fin de semana en paz, pidiendo pizza y saboreando cada rincón de nuestro pequeño, pero por fin libre, piso.

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MagistrUm
Familiares del pueblo vinieron a pasar una semana, cinco personas, en nuestro piso de un solo dormitorio. Los recibí llena de sarpullidos verdes — «como si fuera varicela»