Clara nunca quiso casarse. Pero a los diecinueve años, quedó embarazada de un compañero de clase con el que llevaba saliendo tres años. No tenía alternativa, no soportaba la idea de que su hijo creciera sin padre.
Aunque Álvaro era mayor que Clara, seguía siendo un muchacho inmaduro y consentido. Sin embargo, no huyó de la responsabilidad; declaró que se casaría con ella y que criaría al niño juntos. Así que comenzaron a preparar la boda.
Clara hubiera preferido una ceremonia sencilla, pero los familiares insistieron en organizar un gran evento. No comprendía el motivo de gastar miles de euros en invitados, habiendo tantas cosas importantes que comprar para el bebé. Pero nadie la escuchó. Su suegra y su hermana eligieron el restaurante, el vestido y las invitaciones por ella.
El día de la prueba del vestido, Clara se negó a ir. Se imaginaba vestida con una bata blanca recargada de volantes y pedrería. Ni su hermana ni la madre de Álvaro destacaban precisamente por su elegancia. Al escuchar su negativa, ambas la tacharon de ingrata y se enfadaron. Pero ella tenía otras preocupaciones: terminar el bachillerato, los exámenes y preparar la llegada de su hijo.
Se presentó en el registro civil con un vestido blanco sencillo, que le quedaba perfecto. Y fue entonces cuando todo comenzó a tornarse insostenible.
Ningún familiar sabía que Clara pensaba conservar su apellido. Álvaro lo sabía y no puso objeción, pero su suegra explotó, gritando delante de todos: ¿Cómo es posible que no quieras llevar el apellido de mi hijo?
Clara sonrió y se apartó. Al día siguiente le esperaba la segunda parte: una celebración en el pueblo de su marido, rodeada de toda la familia. Era mejor guardar la calma. El matrimonio duró apenas unos años. Álvaro resultó ser un mal esposo y peor padre; cada fin de semana se encerraba delante del ordenador, sin prestar atención a su familia. Cuando Clara perdió la paciencia, hizo las maletas y se marchó.
La suegra no soportó el giro de los acontecimientos, pero Clara por fin respiró tranquila. Por primera vez se sentía libre y verdaderamente feliz.






