El pacto del amor
Recuerdo a Lucía sentada en aquel antiguo comedor de la casa de su familia en Salamanca, rodeada de montones de revistas nupciales traídas de Madrid por su tía. Las páginas pasaban ligeras bajo sus dedos mientras escudriñaba con entusiasmo los detalles sutiles: bordados delicados, encajes finos, tules etéreos. Se detenía largo rato ante cada vestido blanco, imaginando con timidez cómo le sentaría cada uno. Su pecho se llenaba de una calidez expectante cada vez que se veía desfilando por la nave central de la iglesia, camino a su prometido, saboreando la emoción de sus seres queridos en aquel instante irrepetible
Qué maravilla susurró al contemplar un diseño de falda voluminosa y tirantes finísimos, con reflejos de satén bañados en la luz de estudio. Aquel vestido parecía sacado de un cuento de hadas.
Pero la sonrisa desapareció pronto de su rostro. Lucía suspiró, dejó la revista y se incorporó despacio. Frente al alto espejo labrado por su abuelo, se estudió de lado, ladeó la cabeza, intentando verse con ojos ajenos. Pensaba que las imágenes perfectas de las revistas rara vez coincidían con la realidad.
Una lástima, eso no es para mí dijo más firme, como asumiendo algo inevitable. Mi figura no acompaña.
Se giró una vez más, evaluando el efecto de un vestido con mucha tela envolviéndole. Se imaginó con corsé y capas y más capas Y enseguida torció el gesto.
Mejor algo más sencillo razonó en voz alta, como si dialogara con la sombra de su abuela. Los vestidos de volumen, descartados: parecería gigante. Pero tampoco quiero lo típico. ¡No se casa una todos los días!
Sintió cómo crecía la ansiedad en su pecho. Tantos modelos preciosos, y ninguno parecía el suyo. Recorrió con la mirada las revistas esparcidas, esperando que de pronto se le ofreciera la inspiración que ansiaba. Solo encontró cansancio y algo parecido a la desilusión.
Debo consultarlo urgentemente con alguien se dijo, sentándose al borde del asiento. Antes de que me vuelva loca con tanta preparación.
Un golpe brusco de la puerta sacudió el silencioso caserón, sobresaltando a Lucía. Alejó los ojos de los bocetos y las fotografías; el corazón se le encogió. ¿Quién podía ser a esas horas? Solo su padre, don Eugenio, y Andrés, su prometido, tenían copia de la llave. Pero ambos ese día estaban ocupados: su padre en una reunión clave con socios y Andrés, en una cita inaplazable en la Gerencia Regional.
Lucía permaneció quieta, escuchando, con imágenes preocupantes pasando por su mente. ¿Y si alguien intentaba colarse? A esas horas solía estar en su peluquería y la casa solía permanecer vacía. Un escalofrío le recorrió la espalda.
Se levantó muy sigilosamente, sin atreverse a hacer ruido. De puntillas cruzó el vestíbulo y bajó la vieja escalera de madera hasta el salón, desde donde podía vigilar la entrada al recibidor sin ser vista. Se asomó cuidadosamente desde la balaustrada.
Entonces la tensión desapareció al instante: era Andrés. Reconoció su silueta en el umbral, despejando sus temores. Él dejaba caer los zapatos junto al zapatero, silbando distraído.
¿Andrés? musitó incrédula. Pero, ¿no tenía una reunión?
Lo observó sin entender. ¿Sería una sorpresa? ¿Y a quién le hablaba? De repente oyó su voz filtrarse inesperadamente delicada:
Aguarda un poco más, Carmen el tono de Andrés era dulce, casi tierno, y Lucía se quedó helada. Nunca le había hablado así. Pronto cumpliré mi parte del trato y entonces estaremos juntos.
Sintió el frío en el interior. Se clavó las uñas en la palma para no hacer ruido. ¿Un trato? ¿Y una tal Carmen?
¿Cuánto más hay que esperar? continuó Andrés, su voz ahora sonando mecánica. Solo seis meses. Dentro de un mes la boda, luego unos pocos meses de felicidad las últimas palabras le salieron sucias, cargadas de un desprecio apenas disimulado.
Lucía cerró los ojos, abrumada. ¿Su boda no era más que una parte de un acuerdo?
Lo que haga don Eugenio después me da igual Andrés sonaba cada vez más libre. Recogeré mis cosas y me marcharé en cuanto reciba la última parte del pago.
Sus palabras la hirieron brutalmente. Necesitó apoyarse en el marco de la puerta para no perder el equilibrio. Repetía para sí: Mentía. Todo este tiempo no era verdad.
Retrocedió en silencio. Su mente era un remolino, pero una certeza se abría paso: su padre estaba implicado. Un trato, un pago, seis meses Todo pintaba un cuadro terrorífico ante el que todo su ser quería gritar, aunque la voz no le salía.
Por doloroso que fuese, decidió escuchar hasta el final. Tal vez oiría algo más
Andrés, todavía sin saber que Lucía estaba a unos metros, se acomodó en el sillón, estiró las piernas y continuó:
No te pongas así decía, negando suavemente. Si a quien quiero es a ti. Todo esto lo hago por nosotros. ¿No sueñas con un piso grande en la Gran Vía? ¿Vestidos y joyas caros? Pausa breve, una risa despreocupada. ¿Ves? ¿Cuántos años necesitaría para conseguir todo eso como simple ayudante? En medio año estaremos juntos, te lo prometo.
No, antes os uniréis dijo Lucía, bajando la escalera, cada paso una lucha con el temblor de las piernas. Pero aguantó, firme.
Andrés se giró alarmado. Su expresión cambió en un segundo: la sonrisa se borró, los ojos se abrieron en pánico. El teléfono le resbaló de la mano al suelo.
¿Lucía? susurró, vacilante, poniéndose de pie. Se notaba el miedo y la sorpresa en su voz. ¿De qué hablas, cariño?
Se acercó, quiso tocarla como solía, para tranquilizarla. Pero Lucía se alejó un paso, con la barbilla en alto. Su mirada ya no mostraba ternura, solo un dolor frío y nítido.
¿De verdad pensabas que soy sorda? ¿Que no te he escuchado? su voz era un hilo de amargura.
Le sostuvo la mirada, buscando una pizca de arrepentimiento, y solo encontró confusión.
Carmen ¿No será esa la chica que siempre decías que era tu prima? preguntó, con dureza escondida tras una calma gélida.
Andrés empalideció, agachándose por el teléfono como si en él encontrase salvación. Pero sus manos temblaban. Su cerebro trataba de buscar una salida, esquivar la catástrofe y no perder el dinero prometido.
Te equivocas atinó a balbucear, esforzándose en sonar sereno. ¿Qué Carmen? No sé de qué me hablas.
Trató de tomarle la mano, pero ella reculó enseguida. Ese gesto afianzó su determinación.
Entiendes perfectamente sonrió Lucía con amargura, y hubo tanto dolor en esa sonrisa que Andrés desvió la mirada. He escuchado todo. La ternura, el teatrillo Me has dado asco.
Intentó calmar su voz. Ahora no podía dejarse vencer por la debilidad. Todas sus ilusiones, sus planes, aquellos momentos cálidos, se le antojaron de repente un montaje barato, una farsa en la que ella era la tonta del pueblo.
Andrés quedó en silencio. Sabía que resistirse sería inútil, que había bajado la guardia y que se encontraba atrapado. Aun así, soñaba con que, quizá, podría recuperar el control.
Entiéndelo: no habrá boda dijo Lucía, rotunda, y aquellas palabras fueron un mazazo para Andrés. Pero antes de echarte de mi casa, quiero la verdad. La verdad entera. Sin rodeos. Sin disculpas.
No titubeó al decirlo, aunque por dentro gritaba. Cruzó los brazos, escudándose de más golpes. No asomaba ya ninguna lágrima en sus ojos, solo una voluntad helada para descubrir hasta dónde llegaba la mentira.
¿La verdad? repitió él, con fastidio. Ya no necesitaba disimular. La verdad, pues. Jamás me habrías importado, si tu padre no me hubiera ofrecido un trato la voz de Andrés era cortante, sin un gramo de remordimiento. He hecho mi papel, te he cortejado, te he llevado flores, he dicho lo que necesitabas oír a cambio de una sinecura y un buen fajo de euros. Vamos, que he cobrado doble.
Hablaba con la frialdad de quien comenta la lista de la compra. Pero cada sílaba era una losa para Lucía.
¿Todo por dinero? susurró, tiritando.
Vamos, ¿de verdad creías que alguien se fijaría en ti solamente por cómo eres? soltó riendo duramente. ¿Te has visto en el espejo?
Aquello le dolió más de lo que jamás imaginaría. Sintió que las lágrimas quemaban sus párpados, aunque luchaba por no mostrarlas. Apretó los puños con rabia para no quebrarse.
Por unos segundos lo miró en silencio, intentando asimilarlo. Todo a su alrededor parecía perder luz y sentido. Sus recuerdos, sus citas, sus sueños no eran más que piezas de un juego en el que solo contaba el interés de otros.
¡Fuera de aquí! exclamó. Su voz sonó desafiante y firme. Ya te mandaré tus cosas. ¡Fuera!
Andrés la miró una última vez, fría y largamente, como si quisiera memorizar su derrota. No hubo lástima en esa mirada, solo una satisfacción helada al despojarse por fin de la máscara. Caminó despacio hacia la puerta, se puso el abrigo sin prisa, demostrando que no sentía pudor alguno. El clic del pestillo dejó a Lucía sumida en un silencio helador.
Justo cuando la puerta se cerró, Andrés comenzó a sentir inquietud. Su mente saltó enseguida a lo que podría suceder con don Eugenio. Sabía de sobra que el padre de Lucía no era hombre de medias tintas y que por su hija era capaz de todo; presentía el peligro de haber jugado con fuego pero el dinero ya lo tenía asegurado. Eso le calmabaa medias.
Al menos me lo he ganado masculló, saliendo a la fría noche de Salamanca. Espero que no me hagan devolver ni un euro. ¡Es mío!
Mientras, en la casa, Lucía marcaba el número de su padre con manos temblorosas. Falló varias veces antes de conseguirlo.
¡Papá! su voz estalló en un grito cuando oyó la voz de don Eugenio. ¿Cómo has podido? ¡Cómo me has traicionado así!
No esperó a que él respondiera. Las palabras brotaban atropelladas, un torrente de furia y dolor:
¡Tú orquestaste todo esto! ¡Le pagaste, le obligaste a fingir que me quería! ¡Ni siquiera te molestaste en preguntarme! ¡Decidiste por mí!
La voz le temblaba, pero no se detenía:
¡Confié en ti! ¡Pensé que él que me quería! ¡Y todo fue una farsa! ¡Has convertido mi vida en teatro!
Mientras su padre trataba de decir algo, Lucía seguía vomitando todo lo que llevaba meses guardando: agravios, decepción, la herida del engaño.
¡Nunca más! ¡No te atrevas a entrometerte en mi vida otra vez! ¿Me entiendes? ¡Nunca!
Colgó de golpe, lanzó el móvil al sofá y, al fin, se desmoronó. Lloró como cuando era una niña sin consuelo, encogida entre sus miedos y sus culpas.
Su llanto no era solo por Andrés, sino por años de inseguridades y complejos. Siempre se había sentido diminuta a la sombra de la belleza imposible de su madre, Isabelque prefería llamarse Isabella, siempre con esa elegancia antigua que aún relucía en las palabras. De joven, Isabella era reconocida por su hermosura y porte; tenía algo magnético, un aura imposible de imitar.
Hasta que, en su ansia de perfección, confió en la promesa de un cirujano en Valencia, recomendado por sus amigas más acaudaladas. Buscar corregir apenas un milímetro la nariz acabó arruinando su rostro, y sucesivos tratamientos solo empeoraron las cosas. Gastó fortunas y fuerzas en intentar recobrar lo perdido, pero los espejos le devolvían cada vez una imagen más extraña. Cayó en una depresión profunda: dejó de salir, de mirarse, de vivir.
Finalmente, Isabel desapareció. No dejó explicaciones, solo una nota rápida a don Eugenio: No puedo más. Perdóname. Nunca más se supo de ella.
Lucía creció viendo las viejas fotos de aquella madre luminosa, con risueña melancolía. Pero el contraste entre la Isabella de las fotos y la madre disminuida que recordaba era un abismo difícil de superar.
Se juzgaba a cada momento. A mamá le quedaban redondeadas las mejillas, a mí solo gorda la cara; su pelo era como seda, el mío, un estropajo. Nada en mí sobresale. Ni la simpatía de la abuela ni los halagos de conocidos la convencían de lo contrario. Se sentía una sombra, una copia defectuosa.
El complejo invadía cada escena: en la escuela prefería el anonimato, en la universidad huía del atril y, en el amor, era aún peor. Los chicos no la miraban o pronto se iban. Para Lucía el origen era claro: su físico nunca sería como el de Isabella.
Si fuera más guapa, todo sería distinto se repetía, sin ver que era esa inseguridad la que la aislaba más.
Hasta que apareció Andrés. Él lo cambió todo. La miró con una intensidad nueva; la hacía sentirse especial, le dedicaba atenciones, halagaba no solo lo superficial, sino su risa, su forma de escuchar. Paseaban por las plazas de Salamanca, la sorprendía con una flor, recordaba datos que ella misma olvidaba.
Por primera vez, Lucía se sintió suficiente: nunca perfecta, pero sí aceptada, apreciada amada. Se atrevía a creer que era digna de felicidad. Cuanto más tiempo pasaban juntos, más segura estaba de que aquello era real.
Ahora, todo estaba roto. Las palabras de Andrés, escurridas entre puertas, arrasaban esa confianza. Ni amor, ni verdad: solo un papel que interpretar, y su padre entre bastidores.
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Recuerdo vívidamente el día en que Lucía, meses después, se probaba otro vestido blanco. Pero aquel día no sentía ensoñación ni inseguridad, sino una determinación tranquila y sobria. El vestido realzaba su figura, caía con elegancia sobre los hombros, y el tul de las mangas dibujaba reflejos suaves bajo la luz de la tienda.
Miró su reflejo largo rato. Ya no buscaba defectos ni culpaba al espejo. Ese día decidió aceptarse como era.
Poco después, cruzaba la nave de la iglesia para encontrarse con su futuro marido. Caminaba erguida, pasos tranquilos, la cabeza en alto. No desbordaba ilusión, sino una calma de quien toma una elección madura. Detectó miradas de admiración, susurros sorprendidos por su porte; sus labios devolvían sonriente cortesía, pero su mente volvía a la conversación final con su padre, unas semanas atrás.
Papá, he decidido decirle que sí a Álvaro le confesó, mirándole con firmeza.
Don Eugenio quedó petrificado con la taza de café, no esperando tanta resolución.
¿Estás segura, hija? Es un paso serio.
No quiero vivir esperando el cuento de hadas recalcó Lucía. Prefiero un futuro estable, honesto, y formar mi familia. Álvaro me ofrece respeto y cariño; ya es mucho.
¿Y el amor?
Sería bonito, pero no quiero depender de la suerte. Prefiero construir mi vida con lucidez.
En la iglesia, mientras la oficiante leía los votos, Lucía reafirmó su decisión. Miró a Álvaro, que mostraba nervios y sinceridad. No había fuego pasional, pero sí respeto y afecto: lo justo para empezar algo verdadero.
Quizás nunca haya locura, pero sí habrá respeto. Tal vez, con el tiempo, nos acabemos queriendo de verdad pensó, dedicándole una sonrisa honesta por primera vez en mucho.
Porque, con el tiempo he comprendido, el amor no es solo un fulgor inicial: a veces es la tierra firme donde plantar raíces duraderas. Así fue como Lucía, tras tanto dolor, empezó de nuevo su propia historia.





