¡Le preparé a mi suegra un regalo tan impactante que se va a quedar de piedra! Y siempre que lo vea le entrarán escalofríos.

Le preparé a mi suegra un regalo que, en cuanto lo viera, le iba a dar un patatús. ¡Le iba a temblar todo el cuerpo cada vez que lo mirase! Pero no le quedaba otra, que lo iba a tener ahí, bien visible, sin poder tirarlo. ¡Así están las cosas! Ya sabes: «A cada cerdo le llega su San Martín», como dicen por aquí. ¡Menuda pieza es mi suegra! Llevo quince años casada con Andrés, y no me ha dedicado ni una palabra amable en todo este tiempo. Es una siesa. Los demás, aunque sea a regañadientes, algo dicen; pero esta, ni mú. Solo me clava esas miradas suyas negras. Procuro no ir nunca a su casa y, cuando voy, es para cinco minutos al año y porque no me queda más remedio le contaba a mi amiga Marisol.

Marisol asentía con energía, que también tenía lo suyo con la suegra María, que tampoco era santa de su devoción. Aquella tarde habíamos quedado las tres para hacer nuestra merendola de chicas, que hemos montado como tradición cada dos semanas desde que éramos niñas. Yo, que soy peluquera, les arreglo el look a las dos, y así aprovechamos y cotilleamos a gusto. Marisol, que es cocinera, siempre trae un montón de cosas ricas, que mi hijo Héctor se zampa de una sentada.

La tercera era Carmen, que trabaja de enfermera y se había cambiado hace poquito de trabajo. Queríamos preguntarle y enterarnos, pero acabamos hablando de suegras, como siempre.

¡No la soporto! Si desapareciera de mi vida, ni la echaría de menos empecé de nuevo.

Pero ahí Carmen, que había estado calladita, saltó y me cortó:

¿Y qué, Lucía? ¿Te sentirías mejor enseguida? me dijo medio sonriendo, sarcástica.

Pues supongo que sí respondí, y me callé.

Ese día recordé cómo por la mañana, mientras le llevaba el regalo envuelto en un papel precioso, iba muerta de la risa por dentro. Se lo di, y ella, como una niña, empezó a abrirlo emocionadísima. Pero le avisé: que hasta que yo no me fuera, no podía abrirlo. Vamos, que aunque fuera su cumpleaños, no iba a dejar pasar mi pequeña venganza a esa bruja.

Oye, chicas, que me preguntabais dónde me han destinado decía Carmen.

Nos espabilamos enseguida.

¿A alguna clínica privada? dije yo.

¡Ahora te vas a forrar! soltó Marisol entre risas.

A un hospicio respondió Carmen, seca.

Se hizo el silencio. Marisol apenas pudo decir:

Pero ¿por qué? ¿No te da cosa? ¿Y el dinero?

¡Venga ya con lo del dinero, siempre igual! Y Lucía, perdona que te lo diga, pero eres una ingenua soltó Carmen clavándome la mirada.

¿Yo? ¿Mi suegra? intenté reírme.

Tú, Lucía. Porque lo que haces y dices, está feo. Mira, no conozco tanto a tu Aurora. Pero tú dices que nunca te ha dado un gesto de cariño. ¿Y quién os ayudó con el dinero para el piso más grande, cuando os hacía falta? Vendió la suya del centro y se fue a vivir a las afueras. Sin rechistar. ¿Y cuando Héctor estuvo tan malito? Fue ella quien lo llevó al mejor médico, el hijo de una amiga suya de la juventud, el que le salvó. Y cuando en aquella cena de antiguos alumnos te pasaste con el vino y despertaste en casa de un compañero, ¿quién te cubrió las espaldas? Fue tu suegra la que dijo que habías dormido en su casa. Lucía, no muerdas la mano que te alimenta, mujer. ¡Cuántas veces hemos venido a tu casa y te hemos dicho lo buenas que están las mermeladas, la crema de calabacín y los tarros que te da tu suegra! Tú ni una planta sabes mantener con vida, ¡y ella se desvive por vosotros! Hay gente que no sabe expresar el amor con palabras bonitas, pero con los hechos te lo dice todo. Otros mucho bla, bla, bla, y luego nada detrás soltó Carmen, que casi hasta me dolió.

Vaya, gracias, amiga. Yo pensando que me ibas a apoyar, y mira. ¡Y encima me insultas! me levanté, ofendida.

Noté en el fondo una vocecita molesta, que empezó a inquietarme. Hasta ese momento celebraba mi pequeña venganza, pero ahora no podía disfrutarlo tanto.

Marisol, que durante la disputa había devorado cinco empanadillas (a ella le da por comer cuando se pone nerviosa), también se quedó callada y sin ganas de apoyarme.

Lo suyo hubiera sido enfadarme, liarla, dar un portazo y largarme; ya estaba preparada para hacerlo, cuando esa incomodidad física me retuvo en el sitio.

¿Sabéis qué? Igual se os olvida que yo no tengo madre desde hace quince años, justo el tiempo que llevas tú casada con Andrés, Lucía. Pero tú siempre te quejas de que tu suegra te fastidia Y yo llevo todos estos años con un vacío y una pena que no se llenan con nada. Todavía tengo guardado su número y a veces llamo, aunque sé que no va a contestar nadie Me abrazo a su mantita e imagino sus brazos; le hablo al silencio, le cuento mi día. Tú, Lucía, tienes madre y tienes suegra. ¿Por qué eres así con una persona mayor? ¿Qué te hace sentirte superior? ¿Cuándo fue la última vez que le cortaste el pelo o le teñiste las canas, como haces con nosotras? continuó Carmen, mirándome a los ojos.

El dolor me apretó tan fuerte que casi se me caen las lágrimas. Contesté bajito, como si se me escapara la voz:

Nunca.

¿En serio? ¿Nunca? Eso ya es pasarse, mujer. Mi suegra, con lo pesada que puede ser, por lo menos se merece un buen trato; le llevo roscón en Reyes, pastelitos en San Isidro, y se pone contentísima. Saca todos los tarros de la bolsa, da palmas y siempre está sonriendo. Las manos de mi suegra son pequeñas, blanditas decía Marisol, que se le llenaban los ojos de ternura. Un ángel, vamos.

Noté que ese gusano que me reventaba por dentro se quedó callado, y entonces supe que podía irme. Ya no me retenía ahí.

De repente, me acordé del aspecto de la mano de mi suegra: grande, áspera, llena de venas, nada bonita De joven pensaba que era feísima, y hasta le puse mote, la patata podrida, a su cara. ¿Y qué sabía yo de ella? Ni sus penas, ni sus ilusiones, ni su vida. Solo que siempre estaba ahí cuando hacía falta, aunque yo jamás lo reconociera.

Mi marido me contó una vez que tuvo dos hermanas que murieron de pequeñas. Su madre se desvivió por cuidarlas, luego por su marido enfermo, y al final, solo quedó Andrés, el hijo al que tanto adoraba. Pues es verdad: la madre que educó a mi marido y lo hizo tan honesto y buena persona fue ella. No como esas familias de pesadilla

Y tú encima ni un gesto bonito nunca has tenido con ella. ¿Quién te lo prohíbe? Anda, que poca vergüenza A todas nos arreglas el pelo y ella, ¿qué? ¿Te crees mejor? ¡Deja ya esa actitud de víbora! me sacudió de nuevo mi conciencia.

¿Te encuentras bien, Lucía? me preguntó Carmen, acercándose preocupada.

Negué con la cabeza, aguantando las ganas de romper a llorar. Todo se me venía encima, como una ola enorme que hasta ese momento había estado contenida

Intenté cambiar de tema para no venirme abajo.

Oye, Carmen, ¿y tú trabajo qué tal?

Ay, chicas, las miradas que veo a veces hay tanto dolor Pero también tanta luz, esperanza Oigo a diario confesiones sobre la vida, lo que les queda por hacer, lágrimas de familiares, despedidas desgarradoras El otro día vino un chico joven, empresario, con una madre ingresada: le compraba de todo, pero ella solo quería ir al pueblo, al sitio donde creció, y nunca la llevó. Cuando murió, él se puso de rodillas a su lado, diciendo mamá, vuelve, haré lo que quieras, iremos donde tú quieras, no soy nada sin ti. Qué dolor, por Dios

O aquel señor mayor, viudo militar, que venía a ver a su hija, que estaba sin pelo, y siempre le traía horquillas preciosas esperando a que los rizos le volvieran, como cuando era pequeña. Ella se iluminaba de emoción cada vez que veía esas horquillas Cuando murió, él las repartió entre las enfermeras y dijo: Ahora mamá la peina en el cielo. Me esperarán mis dos chicas. Os lo cuento porque hay que valorar lo que tenemos. Unos lloran sin consuelo cuando ya no hay remedio; otros se pierden la vida en rencillas tontas. Y así, con tanta tontería, agotamos incluso la paciencia de Dios, que todo lo ve. Así que, chicas, no seáis cabezotas, que la vida es frágil suspiró Carmen.

Marisol, abanicándose con el periódico, miró la bandeja: ya no quedaba ni una empanadilla. Se levantó deprisa, mandó un mensaje al marido y le avisó: Hoy cena familiar en casa, tráete a los padres, ¡y que vengan a dormir!. Salió pitando.

Yo también me levanté y con las manos temblando busqué las llaves, pero se me desparramó todo el bolso. Carmen me ayudó a recogerlo, y nos despedimos sin mediar palabra.

Ahora tenía excusas de sobra para marcharme, mi agenda llena de clientas esperando. Pero justo en ese momento, pensé: ¿Y si a mí me hicieran lo mismo, un regalo de mala leche? Me amargaría el día y estaría fatal. De golpe, llamé a todas mis citas y las cancelé. Pedí perdón, prometí un descuento a cada una y me fui directa a casa de mi suegra.

El móvil de Andrés no tenía cobertura. Me sudaban las palmas como cuando iba a suspender un examen de la uni. ¿Y mi marido? Es su madre

Ya oscurecía y la casita de las afueras brillaba, las cortinas de flores y los geranios en el alféizar, cosas que antes odiaba, de repente me parecían lo más acogedor del mundo. ¿Cómo pedir perdón? ¿Le llevo otro regalo? No me daba tiempo. Pensé en prometerle uno mejor después. Mientras andaba por el jardín, el corazón me palpitaba a mil.

La puerta estaba abierta. En la mesa vi una bandeja con croquetas, gazpacho, tortillas rellenas Me quedé mirando la comida. Andrés hablaba con nuestro hijo, que sonreía mientras devoraba los canelones de la abuela. Y mi suegra, con su vestido azul de puntilla y su trenza, junto a dos vecinas mayores y un jubilado. Qué cuadro.

Mirad qué regalo más bonito decía mi suegra enseñando mi paquete.

Y añadió:

Es Lucía, la mujer de mi Andresito. ¡Parece una princesa! Piel blanca, dulce, ojos azules Una muñeca. Cuando la miro, es que me entra alegría por dentro. Dios mío, ¡qué belleza me ha dado! Ahora la tendré siempre cerca conmigo. Cuando vi el retrato, me puse a llorar de felicidad. Este es el mejor regalo que me podían dar.

Sentí las mejillas calientes y los oídos encendidos, como una niña pillada haciendo una travesura. Mi regalo para su cumpleaños había sido un retrato mío. Pensé que así la fastidiaría, que la obligaría a tenerlo a la vista. Mira tú por dónde, la mujer, emocionada y orgullosa, lo enseñaba a todo el mundo.

Lucía es tan guapa y tan buena que hasta me da cosa hablarle. Parece una muñeca. No sé decirle cosas bonitas, nunca aprendí, pero me sale acariciarla cuando duerme. Cuando Dios se llevó a mis hijitas, me dejó otra, la mujer de mi hijo. Siempre le digo a Andrés que tiene una joya en casa.

Ahí el dolor interior me traspasó del todo, y desapareció el mal genio, la rabia Todo.

De pronto me vieron. Héctor fue corriendo a abrazarme. Andrés se levantó y se acercó.

¿No estabas trabajando? Mamá dice que le diste su regalo esta mañana me susurró.

He anulado todo Aurora ¿puedo llamarte mamá a partir de hoy? Feliz cumpleaños balbuceé, con la voz temblorosa.

Y lo que me daban ganas era de arrodillarme, igual que el hombre del relato de Carmen, y pedirle perdón, agradecerle y prometerle que la iba a cuidar de ahora en adelante.

¡Ay, Lucía! Gracias por venir otra vez, hija mía. No sabes la ilusión que me hace verte aquí, con nosotros, en mi día dijo mi suegra, cogiéndome las manos y achuchándome.

Hasta el abuelillo nos miraba con ternura. La mesa se llenó de risas y alegría.

Yo me sentí la mujer más rica del mundo: padres, marido, hijo, suegra estupenda y trabajo que adoro. ¡Quién quiere más!

¡Venga, todos a la mesa! anunciaba mi suegra.

¡Después hacemos un Día de Belleza! ¿Queréis que os peine a todas? Si alguna necesitáis tinte o corte, no tenéis más que decírmelo. ¡Será mi regalo para todas! y sonreí de verdad.

Y ese fue mi verdadero regalo. Para todos.

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MagistrUm
¡Le preparé a mi suegra un regalo tan impactante que se va a quedar de piedra! Y siempre que lo vea le entrarán escalofríos.