Mantel blanco, vida gris

El mantel blanco, la vida gris

Recuerdo el cocido madrileño que preparé aquella noche. Sabía que me había quedado bien, porque lo probé tres veces mientras cocinaba, como hacía mi abuela, y cada vez me pareció perfecto. Los garbanzos eran de la Plaza Mayor, la carne la compré en la carnicería del barrio y le eché su ramita de laurel al final, como corresponde. En la mesa esperaban dos velas y el mantel blanco de lino que guardaba sólo para ocasiones especiales. Quince años de casados. Eso sí que era especial.

Fuera oscurecía. Octubre en Valladolid siempre tuvo ese aspecto: gris, húmedo, con olor a hojas mojadas y a coches bajo la lluvia. Me detuve junto a la mesa para revisar que todo estuviera en su sitio. Ajusté el tenedor a la derecha del plato, estiré el mantel aunque ya estaba sin una arruga. Al final me quedé quieta, sola en la cocina, escuchando el tictac del reloj colgado sobre el frigorífico.

Francisco llegó a las ocho y media. Oí cómo forcejeaba con la cerradura, cómo soltaba la bolsa en el suelo y encendía las luces del pasillo.

¿Qué tal todo? preguntó asomando la cabeza, sin quitarse la chaqueta, la nariz colorada por el frío.

Ven, lávate las manos y siéntate. Sonreí, aunque por dentro sentía ese pequeño nudo. Hoy hay cocido, pollo asado y he hecho ensalada.

Francisco se quitó la chaqueta allí mismo y la arrojó sobre la silla. Recorrió la cocina con la mirada.

¿Y las velas? ¿Para qué son? preguntó.

¿Cómo que para qué, Paco? Es nuestro aniversario.

No dijo nada. Fue directo al fregadero, se enjuagó las manos a prisa y se sentó. Serví el cocido y coloqué el cuenco frente a él. La salsa de tomate la traje del mercado esa mañana. Eché una cucharada encima, justo como a él le gustaba.

Francisco olió, tomó la cuchara y probó. Masticó despacio.

Está un poco soso.

Yo me senté enfrente.

¿Sí? A mí no me lo pareció.

Mi madre hacía el cocido más sabroso. No sé, el suyo tenía más cuerpo. Eso sí que era cocido de verdad.

Tomé mi cuchara.

Come mientras está caliente.

Estoy comiendo Francisco giró el plato. Pero, ¿para qué pones el mantel blanco? Lo vas a manchar seguro.

Que no, que no lo mancho.

Bueno, bueno se rió por lo bajo. Mi madre, en las fiestas, siempre pone uno granate, así no se nota nada y es elegante.

Miré las velas. La diminuta llama tembló al compás de los gestos bruscos de Francisco en la mesa.

Paco dije tranquila, hoy hacemos quince años de casados.

Ya lo sé.

Pero no has dicho nada al llegar.

Me miró, sorprendido, casi herido.

¿Qué quieres que diga? ¿Felicidades? Si estamos juntos cada día, no es como un cumpleaños.

No sé, sólo son quince años, es…

Quince años me interrumpió. ¿Y el pollo?

Me levanté y saqué el pollo del horno. Dorado, con hierbas, como le gustaba.

Está seco comentó al cortarlo.

Lo acabo de sacar.

Pues se ha pasado. Mi madre dice que hay que taparlo con papel de aluminio. Así queda jugoso.

Me serví un poco. Masticaba, despacio. Por la ventana pasaban los faros de un coche, barriendo la habitación.

¿Has visto hoy a tu madre? pregunté.

Pasé un rato después del trabajo. ¿Por?

Por nada. Sólo preguntaba.

Volvió a fijarse en el mantel.

Lo del mantel, de verdad, Inés, con perdón, te lo podías haber ahorrado. Mi madre sí sabe poner la mesa: la vajilla adecuada, el mantel, el pan cortado más fino. Tú y señaló el pan lo has cortado en trozos demasiado gordos.

Dejé mi tenedor a un lado. No fue un gesto brusco. Sólo lo apoyé junto al plato, casi en silencio.

Por dentro, sentí un latido raro, como el puño que se tensa y se relaja.

Francisco dije, y mi voz sonó tan serena que me sorprendí a mí misma, ¿entiendes lo que estás diciendo?

Me miró con esa ligera molestia de quien es interrumpido a mitad de una comida.

¿El qué? Sólo digo que el cocido de mi madre es mejor. No es insulto.

Has entrado sin decir nada. Has criticado la cena, el mantel, el pan, el pollo. He cocinado tres horas, Paco.

Bueno, y qué. Es tu obligación.

Me quedé callada, un segundo.

Obligación repetí despacio, paladeando el término.

Pues sí. Yo trabajo, tú llevas la casa. Todo natural.

¿Y los quince años, también son un simple trámite?

Pero, ¿qué quieres? ¿Que recite poesía? se burló. Mi madre siempre dice: menos romanticismo y más orden en casa, ahí está el secreto.

La llama de la vela titiló una vez, como si escuchara.

Me levanté, recogí mi plato, fui hasta la ventana y contemplé los tejados húmedos del vecindario, las ventanas amarillas de otras casas y un árbol desnudo que ya había perdido las hojas.

Luego me volví.

Francisco, haz la maleta.

Él alzó la cabeza.

¿Cómo?

Haz la maleta y vete, por favor.

Me miró como se mira a quien empieza a hablar en un idioma ajeno. Luego soltó una risotada seca, como tosiendo.

¿Hablas en serio?

Muy en serio.

¿Por un cocido?

No es por el cocido.

¿Entonces, por qué? ¿Por mencionar a mi madre? Inés, por favor, qué tontería.

A mí no me hace gracia.

¿Estás dolida? Se levantó, cruzándose de brazos. Si te he herido, perdona, ¿vale? Siéntate, cena.

No, Paco.

Me observaba. Yo estaba junto a la ventana, recta, tranquila. Seguro había esperado llanto, gritos, un portazo. Lo que fuera, menos esa serenidad.

No bromeas reconoció él.

No.

El silencio pesaba. El reloj seguía marcando los segundos. Las velas ardían.

¿Por una conversación?

No es una. Son quince años de la misma conversación. Vete, Francisco. Llévate lo que necesites, el resto ven cuando quieras.

Él aún esperó un minuto, pero luego se fue al dormitorio. Oí cómo abría el armario, removía la bolsa. Yo permanecí en la cocina, sentada, mirando las velas. Ardían rectas, sin temblor.

Cuando salió con la bolsa, se detuvo en la puerta. Miró la mesa. El mantel blanco, el cocido, el pan en trozos anchos.

Te vas a arrepentir dijo.

Puede ser contesté. Adiós, Paco.

La puerta se cerró. El cerrojo sonó. Me quedé sentada escuchando cómo sus pasos se perdían por la escalera.

Luego apagué las velas, porque ya no tenían sentido, y fregué los platos. Guardé el cocido en la nevera. No tenía ganas de cenar.

El piso olía a cebolla frita y algo de humedad. Siempre ocurre en las casas viejas de Valladolid en octubre, cuando abren las ventanas del portal y la calefacción aún no funciona de verdad.

Me fui a la cama a las diez y media. No dormí enseguida, me quedé mirando el techo, escuchando el televisor de los vecinos. Lo único que pensaba era: no estoy llorando. Fíjate tú.

***

Doña Carmen Alonso abrió la puerta antes de que Francisco pudiera llamar por segunda vez. Siempre hacía igual; parecía tener un sexto sentido, como si lo estuviera esperando detrás, alerta.

¡Paco! exclamó alzando las manos. Miró la bolsa. Madre mía, ¿qué ha pasado?

Me ha echado respondió él seco.

¿Quién? ¿Esa? Carmen retrocedió para dejarle pasar. ¡Si ya te lo dije, Paco! Pasa, pasa, tengo sopa recién hecha. De pollo, como te gusta.

Se descalzó, fue a la cocina, se sentó. El piso olía a comida y a ese aroma antiguo, mezcla de naftalina y valeriana, tan propio de casa de madre.

Ella iba y venía entre fogones, hablando sin parar.

Siempre supe que no era para ti, Paco. Una mujer fría, sin sentimientos, ¿ves? Las mujeres así ni hijos pueden dar. La naturaleza es sabia. Venga, come, te he cortado el pan.

La barra de pan, tan fina como una oblea. Francisco la miró y, sin saber por qué, recordó que Inés cortaba rebanadas gruesas.

Mamá, ahora no.

¿El qué no? ¡Digo la verdad! Quince años sufriendo contigo, ¿y para qué? Ni hijos, ni casa como Dios manda. Come la sopa.

La sopa estaba buena, espesa como prometía. Francisco comía callado.

Los primeros días pasaron como en un sueño. Iba a trabajar, volvía, cenaba con Carmen, veía la televisión. Ella se levantaba temprano para preparar su comida: Debes comer mejor, hijo, estás cetrino.

Al tercer día, deshizo su maleta sin consultarle.

No te pongas más esa camisa, está arrugada. Te plancho la azul, esa sí que te sienta.

La gris me gusta.

Pero la azul queda mejor. Hazme caso.

Francisco se calló. Acabó las albóndigas en silencio, bebió té. Su madre seguía hablando de la vecina del cuarto, que se fue sola y tan contenta, y, aunque estaba dicho por Inés, Francisco ya no lo escuchaba.

A la semana, Carmen exclamó que los zapatos estaban destrozados y que el sábado iban de compras.

Están bien.

Yo lo veo: se despega la suela.

No se despega.

Se despega. El sábado al Corte Inglés.

Pasaron la mañana eligiendo unos que a ella le gustaban, marrones y con hebilla. Los quería negros, sencillos, pero compró los otros.

Por las noches Carmen se sentaba, contándole cómo de pequeño era tan bueno, cómo sola lo había criado, cómo Inés nunca supo valorar lo difícil que fue todo. Francisco asentía.

A veces pensaba en el mantel blanco y las velas. No entendía para qué las había encendido Inés, para qué tanto teatro. Quince años ¿qué hay que celebrar?

Pero volvía sobre ello.

Y sobre la calma con la que lo echó de casa. Eso le inquietaba más; esperaba otra reacción, pero no esa serenidad.

Al cabo del mes, Carmen le organizó la vida: que el martes médico, el jueves visita a tía Eulalia, el viernes nada de retrasos que hago empanada.

Un día se demoró porque en la fábrica tuvieron reunión. Llamó y Carmen le habló durante todo el trayecto en autobús. Al llegar, la merienda ya estaba lista.

Todo era bueno. Todo era justo y, sin embargo, sentía cierta presión en el pecho. No dolor, sólo falta de aire, como si no cupiera en su propio cuerpo.

***

Las primeras tres semanas viví como en una niebla.

Iba a la oficina, volvía, me hacía una tortilla, cenaba y me acostaba. Lo peor eran las noches; el silencio del piso, al principio abrumador, terminó por convertirse en simple silencio.

Mi amiga Lucía llamaba cada dos días. ¿Cómo vas? ¿Quieres que te visite? Decía que nada hacía falta, pero igual apareció aquel primer sábado con una botella de vino y galletas y, sentadas en la cocina hasta las dos, le conté lo de las velas, el cocido y la madre de Francisco, tan perfecta con sus manteles oscuros. Lucía escuchaba y, a veces, murmuraba qué sinvergüenza, y eso ayudaba un poco.

Has hecho bien, Inés. Muy bien.

Me da miedo confesé.

Eso pasa, ya verás cómo se pasa.

Tras su marcha me quedé un rato en el salón mirando las cortinas azul oscuro que Francisco había elegido hará ocho años: Son útiles, quitan mucha luz. Desde entonces colgaban allí. Nunca pensé en ellas mucho.

Al día siguiente las descolgué.

Tardé más de una hora; la barra pesaba y tuve que subirme a la mesa. Las enrollé y guardé. La habitación se llenó de una luz gris de octubre, templada y fría, pero preferible a la sombra del terciopelo azul.

Cambié el sofá de pared con ayuda del vecino, el señor Pablo Vargas, que siempre estaba dispuesto. Quedó junto a la ventana, la claridad entrando de otro modo. Parecía otro sitio.

Empecé a dormir mejor a la segunda semana. No perfecto, pero sí dejando de mirar el techo hasta las tres de la mañana.

En el trabajo todo siguió igual. Siempre fui buena contable, meticulosa y fiable. Nunca llegaba tarde, con los papeles al día. Me respetaban, sobre todo la señora Mercedes Antúnez, la jefa de administración, una mujer bajita, severa, de perlas en las orejas. No hablaba de sí misma, pero apreciaba mi dedicación.

A finales de octubre, Mercedes me llamó al despacho.

Inés me dijo directa, el año que viene me voy a Madrid con mi hija. El director quiere que ocupes mi puesto. De jefa de administración.

Callé un rato.

¿A mí? pregunté, simplemente para afirmar algo.

A ti. Llevo un año pensándolo. Lo mereces. Acepta.

Volví a casa en autobús dándole vueltas. Jefa. Otra responsabilidad, presión. Siempre me había asustado. Francisco, en su día, me dijo: ¿Para qué te vas a complicar con una carrera? Yo mantengo la casa. Yo entonces ni rechisté.

Ahora veía pasar las farolas y me preguntaba: ¿por qué no?

Noviembre fue un trajín. Empecé pequeñas reformas: pinté de amarillo pálido el dormitorio, puse cortinas de lino, ligeras, compré una lámpara de luz cálida naranja y la encendía por las noches. El piso iba cambiando lentamente, haciéndose mío.

Compré macetas de geranio para la ventana. Olían a limpio, a verde. Era un olor que encajaba perfecto con esas cortinas nuevas y la pared clara.

Los detalles con Francisco los arreglamos con abogada. No hubo problema. El piso era mío y él no puso pegas. Se comportó correcto; quizás su madre lo convenció, o quizá él mismo se cansó.

En diciembre acepté el puesto de jefa. Mercedes me dio la mano.

Bien hecho me sonrió, por fin de modo verdadero.

El fin de año lo celebré con Lucía, sus hijos, perros y ensaladilla a raudales. Estábamos bien, aunque algo tristes: esa nostalgia que dan los fines de año. Brindé con champán, miré los fuegos artificiales y pensé: el año ha pasado y sigo viva. Incluso más que eso.

***

Francisco tuvo un invierno complicado.

Su madre determinó que necesitaba médicos. Le consiguió cita con médico de cabecera, cardiólogo y digestivo: Estás desmejorado, hijo, hay que mirar. Él fue. Los diagnósticos eran todos iguales: Para su edad, normal. Su madre, decepcionada, torcía el gesto: parecía necesitar que encontraran algo, para tener de qué preocuparse.

En la fábrica estaba irascible. Los compañeros se dieron cuenta. Manuel, con quien salía a fumar, un día le preguntó:

¿Qué te pasa?

Nada.

¿Problemas en casa?

No.

Manuel siguió a lo suyo. Francisco se quedó mirando el patio gris del polígono, la nieve pisoteada y sucia. No le apetecía volver ni a trabajar, ni a casa con su madre.

Pensó: ¿adónde quisiera ir?

No tenía respuesta.

Su madre le esperaba cada noche con cena. Era un cuidado, lo sabía, pero venía envuelto en una lista: qué ponerse, cuándo acudir, a quién visitar, cuándo regresar. Si tardaba, le llamaba. Si no respondía, volvía a llamar. Luego, un mensaje: Me preocupas. ¿Dónde estás?

En febrero tardó más porque Manuel le invitó a ver el fútbol con una cerveza. Llegó a las once. Su madre estaba en la cocina a oscuras; al entrar, encendió la luz y lo miró de forma inquietante.

¿Dónde estabas?

Lo avisé.

Tardaré, eso no es avisar. No sabía dónde andabas. Me subió la tensión.

Mamá…

Toma, te he guardado las albóndigas. Se las puso delante. Y no apagues el móvil, que te llamé tres veces.

No estaba apagado, sólo con ruido. Era el partido.

El fútbol, claro respondió como si fuese algo indigno.

Francisco comía y miraba al plato.

Ya se daba cuenta de que pedía disculpas por todo: por tardar, por la camisa, por no comer suficiente o por comer lo que no era.

Recordaba cuando él mismo decía, orgulloso: Mi madre siempre sabe lo correcto. Ahora le resultaba incómodo recordar aquello.

En marzo tanteó la posibilidad de alquilar una habitación. Sólo miró anuncios. Le confesó la idea a su madre.

Ella lloró.

Sin aspavientos. Lloró suave y dijo: Entonces estás mal aquí. Yo te estorbo, Paco, lo entiendo.

No alquiló nada.

A veces soñaba con Inés. No era un sueño feliz, simplemente ella estaba allí, haciendo algo en la cocina o yendo juntos en coche. Imágenes cotidianas. Se despertaba y contemplaba el techo de la casa de su madre, tan vacío.

Pensaba: ¿Qué estará haciendo ahora? ¿Cómo estará?

Y, enseguida, se convencía: Seguro que ya ha rehecho su vida.

Eso, en lugar de tranquilizarle, le enfadaba.

***

Aquel febrero fue inusualmente luminoso. La nieve, blanca de verdad, resplandecía cada mañana cuando iba a la parada del bus. El sol me hacía entornar los ojos y pensé que debía comprarme unas gafas de sol en condiciones.

Me las compré: rosas, de montura fina. Me las probé en la tienda y me reí sola de lo bien que me sentaban.

El trabajo avanzaba. Las nuevas responsabilidades costaban, pero podía con ellas. A veces salía de la oficina a las ocho, entre números y reuniones con el director, don Tomás, un hombre serio, poco dado a palabras pero que valoraba el trabajo bien hecho. Notaba su confianza.

Las compañeras también me trataban bien. La ayudante, María, me miraba con admiración y traía café sin preguntar. Yo le decía gracias, ella sonrojada.

En marzo, Lucía me arrastró a un cumpleaños. No quería ir: desconocidos, ruido, sensación de no encajar. Lucía insistió: Ya basta de encerrarte. Ven, que va a estar bien.

La anfitriona, Teresa, era risueña y generosa, con dos gatos y un ficus enorme. Éramos una docena de invitados. Yo, al principio, pegada a Lucía, pero acabé hablando con Marta, la profesora de matemáticas sentada a mi lado. Charlamos largo rato de libros.

Antonio se sentó enfrente. Era de esos que pasan desapercibidos: bajo, cabello ya canoso, jersey gris. Hablaba poco y escuchaba mucho, con una sonrisa discreta.

Al final de la velada, junto a la ventana, con sendas tazas de té, empezamos a conversar sin darnos cuenta. Era ingeniero, trabajaba en una consultora. Vivía solo, su mujer había fallecido de cáncer hacía años. Lo dijo sereno, sin conmiseración.

¿Conoces a Teresa desde hace mucho? pregunté.

Conocí a su ex marido. Ahora sólo quedamos como amigos respondió. ¿Tú eres amiga de Lucía?

De la universidad.

Qué suerte tener esas amistades.

La verdad que sí.

Intercambiamos teléfonos. Sin tensión. Al cabo de tres días, propuso un café. Acepté. Quedamos en una cafetería cerca de mi oficina. Charlamos dos horas. Le conté mi divorcio y me escuchó como quien pone la mesa con delicadeza, sin consejos ni juicios. Luego él me habló de su vida.

Después paseamos por el paseo Zorrilla. Más tarde, cine. Y una noche de abril, cené en su casa.

***

Antonio vivía en un piso antiguo en la calle Santiago, quinto sin ascensor. Subí, botella en mano, nerviosa. A ver si entro y hay un caos de soltero, pensaba. Todo lo contrario: olía a manzanas y a algo cálido, quizá canela.

Pasa me sonrió. He preparado tarta de manzana. Espero que no te importe.

Encantada dije yo.

La casa era sencilla. Ni impoluta ni caótica, simplemente viva: libros y herramientas entremezclados, periódicos en la mesa de la cocina. Nada de pretensiones.

Preparé la ensalada y él el queso. Hablamos de vez en cuando, a ratos en silencio. Silencio cómodo, de esos que no pesan.

Me sorprendí esperando algún comentario sobre la ensalada, o el pan, o el mantel, como los que soporté quince años.

No llegó. Nos sentamos a la mesa, él sirvió el vino, miró la mesa y luego a mí:

Gracias por venir dijo.

Sólo tres palabras sencillas. Sin peros.

Miré mi plato y sentí que algo dentro de mí se aflojaba. Como si llevara años sosteniendo algo en el aire, y por fin podía dejarlo caer.

Afuera asomaba una tarde de abril, los faroles se encendieron y detrás de la ventana se mecían las primeras hojas verdes de un árbol. Dentro, el olor dulce de la tarta se extendía.

Charlamos mucho. Le conté mi vocación frustrada de maestra, él su proyecto de restaurar casas antiguas. Pensé entonces: es buena labor la de reconstruir lo dañado.

Al despedirme, me acompañó al rellano.

Me alegra habernos conocido dijo.

De camino a casa, no pensaba sólo en él o no exactamente. Pensaba en la tarta y en que existe la posibilidad de ir a cenar a casa de alguien y no recibir reproches. Comer, hablar y marcharse en paz.

***

El verano transcurrió tranquilo y bien.

Antonio y yo nos veíamos a menudo, sin prisas. Íbamos juntos al mercado de los sábados; yo escogía la fruta y la leche, él el pescado. Cocinábamos entre los dos, y se volvió una rutina agradable, distinta a todas las anteriores.

En julio me quedé a dormir en su casa una noche, simplemente porque era tarde y no quería volver. Al día siguiente me despertó con café en la cama. Sin aspavientos, sólo porque sí.

¿Trabajas hoy? preguntó.

Entro a las doce.

¿Vamos al mercado? Debe haber cerezas buenas.

Cogí la taza con las dos manos. Afuera, un cielo azul, gritos de vencejos. Sentí ganas de llorar, pero esta vez por otra cosa: por felicidad de la sencilla.

Quiero contesté.

En otoño, Antonio me propuso mudarme con él. No fue una declaración solemne, sólo lo dejó caer una noche mientras fregábamos.

Inés, ¿te gustaría vivir aquí? Creo que estarías bien, es amplio y, además, así estamos juntos.

Déjame pensarlo.

Claro.

Pensé un par de semanas. Dije que sí.

En noviembre me instalé. Alquilé mi piso, trasladé mis libros, las macetas, la lámpara, las cortinas de lino. Antonio movió las estanterías para que cupieran mis cosas. Juntamos sus libros técnicos y mis novelas, y el resultado era precioso.

En diciembre nos casamos. Sin invitaciones, sólo con Lucía y Sergio, el amigo de Antonio, de testigos. Fuimos después los cuatro a cenar, reímos, Lucía lloró de alegría.

En enero supe que estaba embarazada.

Me quedé en el baño, mirando aquellas dos rayitas de color, sentada en el borde, diez minutos sin moverme.

Tenía cuarenta y tres años. Siempre pensé que no sería madre. Francisco tampoco puso nunca empeño, y, aunque médicamente no había obstáculo, la vida fue pasando y lo di por hecho: simplemente no era mi destino.

Y, sin embargo.

Antonio estaba en el despacho, dibujando planos. Me acerqué y me detuve en la puerta. Él lo notó, se giró.

Me vio la cara.

¿Qué pasa? preguntó, suave.

Le tendí el test. Miró, calló unos segundos. Luego me abrazó. Largo, sin palabras.

Al rato susurró:

Eso es bueno, Inés. Muy bueno.

Le apreté el hombro y por fin lloré como hacía años que no lloraba. Y él no se asustó, no me pidió que parara. Sólo me sostuvo y repitió: Todo está bien. Todo está bien.

***

Volvió abril a la ciudad. De nuevo cafetería, de nuevo paseo por la orilla del Pisuerga, solo que ahora caminaba despacio y ladeada por el embarazo, mientras Antonio me cogía del brazo.

Estaba de seis meses. En el trabajo todos sabían la noticia. Don Tomás me dio la enhorabuena: Tu despacho te espera cuando vuelvas, Inés. María ahora me miraba con un respeto nuevo, el de las jóvenes que admiran a las mujeres que sobreviven y florecen.

El piso compartido se fue llenando de cosas nuevas: una cuna desmontada esperando en el rincón, una lámpara en forma de luna, una montaña de ropa diminuta. A veces abría el cajón, tocaba esas prendas y sonreía.

Por las mañanas me sentaba con el té junto a la ventana, mirando al patio donde la hierba ya asomaba. Olía a tierra mojada y algo dulce de los manzanos del huerto vecino en flor. Era bueno y tranquilo.

A veces, sobre todo por las noches, mientras Antonio descansaba y yo sentía moverse al pequeño dentro de mí, pensaba en el pasado. No con dolor, más bien como quien mira una fotografía: aquella que fui, aquellos quince años que no trajeron lo que pudieron dar. Pena, sí, pero extraña, nostalgia de la Inés joven que hervía el cocido con esmero y tendía el mantel blanco.

No sabía nada de Francisco. Lucía dijo que lo vio una vez en el supermercado, más envejecido. Yo asentí y no dije nada más. No le deseo mal. Ya es otra historia, ajena.

***

Francisco estaba sentado en la cocina de su madre.

Fuera, era abril, pero allí dentro parecía siempre invierno: las cortinas pesadas bloqueaban la luz, los muebles permanecían igual desde hacía décadas, y el olor tenía ese poso antiguo de valeriana y sopa de toda la vida.

Carmen removía una olla y, como siempre, hablaba sin pausa.

No tienes buena cara, Paco. Hay que ir al médico, pero uno bueno. Conozco uno en la calle del Prado, te apunto cita.

Estoy bien, mamá.

Eso no lo sabes. Los hombres nunca sentís nada hasta que es tarde. Y tu padre igual, y ya ves.

Él miró la mesa.

El mantel de cuadros azul y blanco. Práctico, es verdad: no deja manchas.

Servía la sopa.

Come mientras está caliente. Es de trigo sarraceno y ternera, tu favorita.

Me encanta dijo él.

Comía, no porque tuviera hambre, sino con la costumbre.

Paco resopló la madre, sentándose enfrente, ¿has pensado lo de Encarnita?

Él alzó la vista.

No.

Te equivocas. Buena mujer, viuda, piso propio. Me ha preguntado por ti.

Mamá…

¿Qué? No puedes estar solo, hijo. No es natural.

Ya tengo a una mujer replicó él, sorprendiéndose de escucharse.

La madre lo miró.

¿Dónde?

En ningún sitio. Quiero decir, no me emparejes, ya me lo montaré.

¿Pero cómo, si aquí no haces nada? Carmen negó. Yo sé, hijo, que aún piensas en Inés. Pero, ¿para qué? Ella te echó. De esas mujeres…

Mamá le cortó, y había algo en su voz que la dejó en silencio.

Permanecieron así. Se oía el reloj y, por la ventana cerrada, el piar de un gorrión.

Come, que se enfría, murmuró al cabo. Nadie te cuidará como tu madre.

Francisco bajó la mirada a la sopa.

La sopa estaba buena. Realmente buena. Su madre sabía hacerla.

Comía pensando en aquel octubre, en cómo llegó cansado, irritado, y sólo criticó el mantel, el cocido, el pan. En cómo decía que su madre sí sabía.

Entonces no comprendía que no era cuestión de manteles. Ahora, por fin, empezaba a vislumbrar de qué iba todo esto. Tarde, como quienes sólo entienden cuando ya no tienen remedio.

Encerrado esa palabra le vino de improviso. Siempre se sintió encerrado, primero por Inés, o eso creía. Pero la jaula era suya, construida a medida, arrastrada de una casa a otra.

¿Está bueno? preguntó Carmen.

Sí, mamá respondió.

¿Ves? Sin mí, no eres nada.

No replicó.

Fuera, el gorrión insistía, y un hilo de luz primaveral se colaba por la rendija de la cortina.

Se encorvó sobre la sopa y acabó el plato.

***

Esa misma tarde de abril, Inés salió al balcón de la casa de Antonio ya su casa y miró la puesta de sol. El embarazo pesaba, costaba estar de pie, pero necesitaba sentir el aire. Desde la calle subía el aroma a tierra húmeda y ese algo joven, sin nombre, que sólo trae la primavera.

Antonio charlaba por teléfono desde el despacho. En la cocina quedaban dos tazas de té, la lámpara naranja iluminando el rincón.

Inés puso la mano sobre la barriga. El bebé dio una patada, floja, perezosa.

Hola, susurró, apenas, al aire.

Sentía miedo. Sentía paz. Una felicidad honda, inquieta y real, sin promesas ni garantías. Solo esto: el atardecer de abril, el olor a tierra, la luz cálida tras la ventana y una vida pequeña esperando su momento.

Se quedó así un rato.

Luego volvió a casa.

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