A mi suegra le hice un regalo tan impactante que se quedará sin aliento nada más verlo, y cada vez que lo contemple no podrá evitar estremecerse.

A mi suegra le hice un regalo que, si Dios no lo remedia, le iba a sentar como una pedrada en el tejado. Y cada vez que lo viera, no podría contener un temblor Pero claro, no tendría más remedio que conservarlo en lugar bien visible. Así sería mi venganza. Como bien decía el refrán: ¡A cada cerdo le llega su San Martín! Ay, mi antipática Consuelo García, siempre tan seca En los más de quince años que llevo casada con Ramón, no me ha dedicado ni una palabra amable. Taciturna, que es. Las demás, por lo menos, murmuran por lo bajo, pero ella, apenas clava en mí esos ojos oscuros y se queda bien callada. Yo intento no visitarla nunca, y cuando voy, es para cumplir el expediente, cinco minutos y basta así se lo soltaba Emilia, abatida pero decidida, a su amiga Lucía.

Lucía escuchaba y asentía con vehemencia. Ella tampoco tenía mucha simpatía a su propia suegra, Juana. Habían organizado una especie de merienda entre chicas, como solían hacer según la tradición, una vez cada dos fines de semana, encontrándose las tres amigas de toda la vida cada sábado.

Emilia era peluquera, y siempre renovaba los cortes de todas, casi sin darse cuenta. Hoy, sin embargo, debía marchar pronto: la esperaban algunas clientas. Lucía, cocinera, traía cada vez una montaña de delicias, como decía el hijo de Emilia, Pablo. La tercera amiga, Elisa, era enfermera y acababa de conseguir trabajo en otro sitio, aunque aún no les había contado a las amigas el destino. De hecho, querían preguntarle, pero la charla había derivado en el tema de las suegras.

¡No la soporto! Para mí no significa nada volvió a insistir Emilia. Si no estuviera, pues me quedaba tan pancha.

Entonces, Elisa, que hasta entonces había escuchado en silencio, intervino cortando de raíz el lamento.

¿Y qué, Emilia? ¿Crees que así estarías en paz? preguntó con una media sonrisa.

Pues supongo musitó Emilia, quedando callada de repente.

Le vino a la mente la mañana de aquel día: cómo llevó su regalo, elegantemente envuelto, y cómo lo entregó a Consuelo, con un cierto regocijo en la mirada. Cómo la vio desenvolviéndolo, ansiosa como una niña la noche de Reyes. Pero la previno: que lo abriera sólo después de su marcha. Así le arruinaría el santo a esa bruja

Chicas, justo me iban a preguntar a dónde me he ido a trabajar retomó Elisa.

Las otras dos se quedaron expectantes.

¿A una clínica privada? aventuró Emilia.

¡Vas a ganar pesetas a espuertas! rió Lucía.

A un hospicio dijo Elisa, sin tapujos.

El silencio se extendió por la sala.

Pero ¿por qué? fue lo único que acertó a decir una escandalizada Lucía. Allí todo el mundo está al límite, ¿cómo tienes valor? ¿Y el sueldo?

Siempre igual vosotras: el dinero, el dinero Emilia, lo siento, pero sólo tengo una palabra para ti: tonta susurró Elisa, cordial pero firme.

¿Yo? ¿O mi suegra? protestó Emilia.

Tú, Emilia, tú. Porque lo que haces y dices es ruin. Dices que Consuelo nunca te dedicó una palabra amable, pero ¿cuando necesitasteis dinero para la casa nueva, quién vendió su piso céntrico y se mudó al extrarradio? Tu suegra. Sin una queja, sin negociaciones. Cuando Pablo enfermó gravemente de niño, ¿quién lo llevó a ese médico de renombre, que resultó ser hijo de una antigua amiga suya? Nadie más que ella, y el doctor lo salvó. Otro podría no haber tenido tanta suerte. ¿Y cuándo saliste de la reunión de antiguas alumnas tan perjudicada que acabaste durmiendo en casa de un compañero? No pasó nada, pero Ramón no te habría perdonado, con lo recto que es. Y otra vez, fue Consuelo quien salió en tu defensa, asegurando que aquella noche estuviste en su casa. Emilia, muerdes la mano que te cuida. Cuántas veces me has regalado botes de mermelada casera, encurtidos o pisto que te daba tu suegra, ¿eh? Tú no sabrías ni distinguir una tomatera de una lechuga, y es ella quien os cuida.

Eso es porque hay quien demuestra su amor así, sin palabras bonitas, sólo con hechos. Otros te llenan de promesas y charla, pero a la hora de la verdad, nada remató Elisa.

Gracias, amiga. pensé que ibas a defenderme, y me sales con esto, y encima me llamas tonta se levantó Emilia, dolida.

Sentía un gusanillo crecer en su interior, inquieto, como si sus propias palabras hubieran empezado a volverse contra ella. Quería acallarlo, pero no lograba ser feliz con la condena silenciosa de Elisa.

Mientras tanto, Lucía, devorando empanadillas de espinacas sin decir nada, había dejado de apoyar a Emilia. Hasta su apetito era síntoma de nervios. Emilia pensó en irse con un portazo, pero el gusanillo no la dejaba moverse.

Quizá olvidasteis que yo no tengo madre, ¿verdad? Llevo quince años viviendo con ese vacío. Mientras tú, Emilia, te quejas de una suegra que en el fondo se desvive por ti. Yo daría lo que fuera por poder llamarla. Guardo su número de teléfono, recargo la línea de vez en cuando, y llamo desde mi móvil sólo para ver su nombre en la pantalla. Hago como si conversara con ella, aunque al otro lado sólo haya silencio. Me abrigo con su manta, fingiendo que aún me abraza. Duele, es como tener algo quemado por dentro siguió Elisa.

Y tú, Emilia, teniéndolo todo ¿por qué te pones por encima de la pobre Consuelo? ¿Para qué llamarla paleta por su forma de hablar? Y otra cosa: tú siempre nos peinas y arreglas. Gracias por eso, que no nos falte nunca salud, pero ¿alguna vez a Consuelo le has hecho un corte o le has teñido el pelo?

El gusanillo en el pecho de Emilia se encogió hasta paralizarla, y un hilo de voz, de su propia boca y contra su voluntad, le hizo confesar:

Nunca

¿En serio? ¡Vaya! Pues eso no tiene justificación. Yo, mi suegra bueno, tampoco es mala, ¿quién soy yo para criticarla? Siempre la agasajo con bizcochos y monas de Pascua, y mira que se pone contenta. Tiene unas manos rechonchas, tan limpitas, parecen de un angelito recordó Lucía, ahora sonriente.

El gusanillo de Emilia se esfumó, y por fin pudo levantarse. Ya no estaba atada a nada. Repasó en la mente la mañana de aquel día, y recordó cómo ella llamaba despreciativamente a las manos de Consuelo zarpas, por ser grandes, llenas de venas, curtidas de trabajar. Cara arrugada, apodada patata podrida por Emilia en privado. ¿Qué sabía en realidad de la vida de Consuelo? Nada

Sin embargo, su suegra siempre aparecía cuando hacía falta recibir ayuda. Sabía, por el propio Ramón, que antes había tenido dos hermanas, enfermas durante años, a quienes Consuelo cuidó hasta el final, al marido después, y sólo le quedó su hijo tardío: Ramón, el marido de Emilia. Por cierto, aún le quería tanto como hace quince años, y era inteligente, bueno, trabajador Es así por cómo lo crió su madre, pensó entonces, podía ser un desgraciado y sin embargo es todo lo contrario. ¿Por qué nunca le había dicho nada amable a su suegra? ¿Quién se lo impedía?

De pronto, y como si fuera una voz ajena, la conciencia la increpó: ¡Desagradecida! Peinas a todas menos a ella, ¿por qué esa saña, como una víbora? Se sobresaltó al oír ese reproche interno.

¿Estás bien, Emi? se acercó Elisa.

Negó con la cabeza, luchando por no romper a llorar. Todo se le venía encima. El tapón a punto de saltar. Intentó cambiar de tema.

¿Y cómo es tu trabajo nuevo, Elisa?

Solo os digo que nunca olvidaré los ojos de esas personas. A veces les duele todo pero en la mirada sólo hay luz, bondad y esperanza. Hablan de la eternidad, de lo que no lograron hacer antes de irse. Se ven lágrimas empezó Elisa, pensativa. Un joven venía a ver a su madre: tanto éxito, tanto viaje, todo ocupado por el trabajo que nunca pudo llevarla de vuelta al pueblo donde ella se crio. Cuando faltó, él se arrodilló gritando: ¡Mamá, vuelve! ¡Vámonos, te compro la casa, todo lo que deseas, pero no me dejes yo no soy nadie sin ti!. O aquel viejo militar, recto y calvo, acudiendo a su hija enferma: le regalaba horquillas para el pelo, aunque la muchacha ya no tenía cabellera. Ella sonreía al recibirlas; para él era tener esperanza. Cuando murió, él las repartió entre todos: Con su madre estará, mi bella. Las dos me esperan.. Lo que quiero decir es: hay que valorar mientras tenemos. Unos lloran junto al ataúd, otros luchan contra la vida, y otros la gastan en ponzoña inútil, intrigas estériles. Y, al final, todo pasa factura desde arriba El ser humano cree que domina su destino, pero no es así concluyó Elisa, suspirando.

Lucía, abanicándose distraída con un periódico, miró la bandeja vacía de empanadas y escribió rápidamente a su marido: Esta noche reunión familiar. ¡Invita a tu padre y a tu madre! Que se queden a dormir, preparamos una velada.

¡Me voy, chicas! Invitación espontánea con la familia. ¡Besos! y Lucía desapareció con rapidez.

Emilia también se levantó, nerviosa, rebuscando en el bolso hasta desparramar todo el contenido. Elisa la ayudó a recoger, en silencio, y se despidieron igual de calladas.

Emilia tenía toda la tarde ocupada, llenísima de recados, pero Justo en ese momento, en un rincón de Madrid, la mujer a la que creía que no soportaba, Consuelo, miraba su regalo. Aquel que supuestamente la torturaría cada día. Si alguien le hubiera hecho eso a ella, Emilia se habría puesto fatal y el cumpleaños se habría arruinado. Sin más, llamó a todas sus clientas para reprogramar y se fue directa a casa de su suegra.

El móvil de Ramón, fuera de cobertura. Le sudaban las manos de pensarlo: ¿qué diría él, al ser su madre? Ya era tarde. Las luces del pequeño chalet brillaban, y de repente, esas cortinas de flores, la maceta de geranios, que antes le resultaban tan cargantes, le parecieron cálidas y acogedoras.

Debo pedir perdón, se repetía Emilia de camino a la puerta. Quizá debería haber traído otro presente Prometeré comprarle algo bonito pronto. Se habrá disgustado. Vaya lío que he montado.

La puerta estaba abierta. En el salón, la mesa rebosaba: una fuente de albóndigas con tomate, gazpacho plato favorito de Ramón, canelones rellenos. Emilia quedó en el marco, mirando todo en silencio. Ramón charlaba con su hijo, que devoraba los pimientos rellenos de la abuela. Consuelo, de azul y trenza recogida, reía con un par de vecinas ya mayores y un señor corpulento.

Mirad qué bonito regalo, ¿verdad? Consuelo señalaba el retrato.

Y proseguía:

Es de Emilia, mi nuera. Es como una princesa, tan blanca, tan delicada y guapa. Cuando la miro, siento que todo canta por dentro. Dios, ¡qué obra de arte! Ahora la tendré siempre conmigo, el pintor la ha hecho preciosa. Lloré al verlo, no necesito más regalo Consuelo hablaba así del retrato: el de Emilia. Justo el regalo en el que Emilia había volcado su desdén, convenciéndose de que molestar al colgar la imagen de una nuera a la que no estima sería cruel. Pero resulta que no era así

Emilia es tan guapa, que hasta me da apuro decirle nada. Como una muñeca añadía Consuelo. Tiene ojos grandes y azules como lirios, rasgos afilados como de cuadro. Yo, vieja y fea, no sé ni hablar bien. Ni aprendí a decir cosas bonitas; me da vergüenza. Algunas veces, cuando se queda a dormir, le arropo y le acaricio la manta mientras duerme. Dios se llevó a mis hijas pronto, y me dejó otra hija: mi nuera, tan querida. A Ramón siempre le digo que tiene una joya.

¡Ahora vive con esto! pensó Emilia mientras aquel gusanillo vergonzoso se deshacía para siempre.

No tuvo ni tiempo de prometerse que lo arreglaría. Ya la habían visto entrar: su hijo corrió a abrazarla, su marido se levantó.

¿Y el trabajo? Mamá dijo que ya la felicitaste por la mañana susurró Ramón.

He cancelado todo, Consuelo… ¿Puedo llamarte mamá? Como a la mía. Felicidades le costaba hablar del nudo en la garganta.

Y sintió ganas de hincarse de rodillas ante tanto perdón y tanta bondad, como aquel hombre de la historia de Elisa.

¡Emilia! Qué alegría, hija mía, has encontrado un rato para tu vieja suegra. ¡Aquí está mi Emilia! decía Consuelo mirándola con orgullo mientras todos la rodeaban.

Incluso el señor mayor, admirando a Emilia y su retrato, quedaba encantado.

De pronto, todo se llenó de risas. Emilia pensó en lo afortunada que era: aún tenía padres, que ya venían de camino con regalos, marido y un hijo estupendos, una suegra bondadosa y un trabajo que amaba. ¡Era rica de verdad!

¡A la mesa, a la mesa! insistía Consuelo.

¡Qué maravilla! Y luego, propongo tarde de belleza. Os hago peinados a todas, y si queréis tinte, corte, lo que queráis, ¡será un placer! sonrió Emilia.

Ese sería el verdadero regalo. Para todos.

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MagistrUm
A mi suegra le hice un regalo tan impactante que se quedará sin aliento nada más verlo, y cada vez que lo contemple no podrá evitar estremecerse.