—Bueno, Pelirrojo, vamos, ¿no?—gruñó Valera ajustando la correa improvisada de una vieja cuerda. Se …

Bueno, Chispa, vamos andando… murmura Valeriano, ajustando la correa improvisada hecha con una cuerda vieja.
Se abotona la chaqueta hasta el cuello y tiembla levemente. Este febrero está siendo especialmente cruel en Madrid: nieve mezclada con lluvia y un viento inclemente que atraviesa hasta los huesos.
Chispa una perra mestiza de pelaje anaranjado y desteñido, tuerta de un ojo llegó a su vida hace un año. Volvía Valeriano de su turno de noche en la fábrica y la vio, temblando junto a unos contenedores en Tetuán. Estaba apaleada, hambrienta, y su ojo izquierdo cubierto por una opacidad extraña.
Una voz estridente le atraviesa los nervios. Reconoce a quien habla: Sergio “El Bizco”, el chavalillo con fama de matón del barrio, apenas tendrá veinticinco años. A su lado, tres adolescentes, su inseparable cuadrilla.
¿Dando el paseo? responde Valeriano, sin mirarles.
Oye abuelo, ¿pagas la tasa de perros para sacar a ese bicho feo? se cachondea uno de los chavales. Mira qué pinta, le falta hasta un ojo.
Lanzan una piedra. Impacta en el costado de Chispa, que se acurruca a la pierna de su dueño, gimiendo de dolor.
Lárgate dice Valeriano, con voz baja pero firme.
¡Mira, el manitas se nos rebela! se acerca Sergio. Por si no lo recuerdas, este es mi barrio. Y aquí los perros pasean con mi permiso.
Valeriano se tensa. En el ejército le enseñaron a resolver problemas de modo rápido y duro, pero eso fue hace treinta años; ahora sólo es un mecánico jubilado que quiere esquivar líos.
Vámonos, Chispa le da la vuelta a la correa y enfila hacia la puerta de casa.
¡Eso, mejor vete! grita Sergio. Y la próxima vez, a tu bicho ni lo verás.
Esa noche, Valeriano no logra dormir. Revive una y otra vez la escena en la cabeza.
Al día siguiente cae aguanieve. Valeriano retrasa el paseo todo lo que puede, pero Chispa mira la puerta con tanto anhelo que no puede negarse.
Vale, pero lo hacemos rápido.
Andan con cautela, evitando las calles donde suele estar la banda de Sergio. Pero hoy no hay rastro de ellos; el mal tiempo les ha hecho esconderse.
Valeriano ya respira tranquilo cuando Chispa se para de golpe ante la vieja central de calderas del barrio. Agudiza el único oído, olisquea atenta.
¿Qué pasa, chica?
Ella gime y tira hacia las ruinas. Se oyen sonidos: parecen sollozos, lamentos.
¡Eh! ¿Hay alguien ahí? pregunta Valeriano.
Nada. Solo el aullido del viento.
Chispa tira de la cuerda, inquieta.
¿Que hay allí? le susurra, agachándose junto a ella.
Y entonces, escucha claramente una voz de niño:
¡Ayuda!
El corazón se le detiene un instante. Suelta la correa y se introduce entre los escombros, guiado por Chispa.
En un rincón, tras una pila de ladrillos, ve a un chaval de unos doce años, el rostro magullado, la boca sangrando, la ropa rasgada.
¡Dios mío! se arrodilla junto a él. ¿Qué ha pasado?
¿Don Valeriano? el crío abre los ojos con esfuerzo. ¿Es usted?
Valeriano le reconoce: es Andrés Martín, hijo de la vecina del quinto. Tímido y callado.
¡Andrés! ¿Qué te han hecho?
Sergio y esos se le quiebra la voz. Querían dinero a mi madre; les dije que lo denunciaría. Me pillaron…
¿Llevas aquí mucho rato?
Desde esta mañana. Hace mucho frío.
Valeriano se quita la chaqueta y lo envuelve. Chispa se tumba cerca, compartiendo calor.
¿Puedes moverte, Andrés?
Me duele la pierna, creo que me la han roto.
Le palpa la pierna, confirmando el miedo: fractura. No sabe qué más heridas internas puede tener.
¿Tienes móvil?
Me lo quitaron.
Valeriano saca su móvil viejo y marca el 112. Le mandan una ambulancia, tardará media hora.
Aguanta, ya vienen los médicos.
¿Y si Sergio se entera de que estoy vivo? pregunta el niño, aterrado. Él dijo que terminaría el trabajo.
No va a tocarte más, te lo prometo responde Valeriano.
Pero, don Valeriano, ayer usted huyó de ellos…
Era una cosa entre Chispa y yo. Esto es diferente.
Ni él mismo sabe cómo explicarle lo que siente. ¿Cómo decir que hace treinta años juró proteger a los indefensos? ¿Que fue soldado en Bosnia y aprendió a no abandonar jamás a un niño?
La ambulancia llega antes de lo previsto. Se llevan a Andrés al hospital. Valeriano y Chispa se quedan en silencio, bajo la lluvia.
Esa noche, la madre de Andrés, doña Beatriz, va a su casa llorando y agradeciendo a cada instante.
Don Valeriano le dice entre sollozos, los médicos han dicho que si mi niño hubiera estado una hora más ahí… Le ha salvado usted la vida.
No he sido yo contesta Valeriano, acariciando a Chispa. Ha sido ella quien encontró a su hijo.
¿Y ahora qué va a pasar? Sergio no va a dejarlo estar. La policía dice que no hay pruebas, y que un niño solo no vale como testigo…
No se preocupe, saldrá bien le promete Valeriano, aunque no sepa cómo.
El insomnio le asalta de nuevo. Da vueltas pensando cómo proteger a Andrés y a todos los niños atemorizados por esa panda.
Al amanecer, ya tiene un plan.
Se pone el uniforme de gala del ejército, con todas sus medallas, y se mira al espejo: no parece tan mayor.
Vamos, Chispa. Hoy tenemos mucho por hacer.
Encuentran a la banda de Sergio junto al supermercado, como de costumbre. Cuando le ven acercarse, sueltan risas.
¡Mira, viene el abuelo vestido de Carnaval! bromea uno.
Sergio se levanta, sonriendo con desdén:
Vete de aquí, viejo. Este ya no es tu tiempo.
Mi tiempo no ha hecho más que empezar dice Valeriano, y se planta frente a él.
¿Y a qué viene todo esto?
A servir a mi patria. A defender a los inocentes de tipos como tú.
Sergio se carcajea:
¿La patria? ¿Vas a soltarme discursos ahora?
¿Te acuerdas de Andrés Martín?
La sonrisa se le borra.
¿Por qué iba a acordarme de pringaos?
Te conviene. Porque es el último niño que vas a tocar en este barrio.
¿Me amenazas, carcamal?
Te advierto.
Sergio da un paso, muestra una navaja.
Te enseñaré quién manda aquí.
Valeriano no se mueve. La disciplina sigue dentro, intacta.
Aquí manda la ley.
¿Qué ley, quién te ha puesto a ti?
La conciencia.
En ese momento, Chispa se levanta, el pelo erizado, y gruña ferozmente.
¿Y tu perra esa…? empieza Sergio.
Mi perra luchó conmigo en Bosnia, era de la unidad de rastreo de minas. Distingue a los delincuentes de lejos.
No era cierto, pero él lo dice tan serio, que todos le creen. Incluso Chispa se lo cree y muestra los dientes.
Veinte terroristas ayudó a atrapar. Y a todos vivos. ¿Crees que no podrá contigo?
Sergio retrocede. Los chavales de su banda se quedan helados.
Escúchame avanza Valeriano: desde hoy este barrio es seguro. Recorreré cada plaza, cada patio. Y Chispa buscará a los gamberros. Si os veo…
No termina la frase. No hace falta.
¿Vienes a darme miedo? ¿Tú? ¡Con una llamada…!
Llámales responde Valeriano. Pero recuerda: mis contactos son más poderosos de lo que puedas imaginar. Tengo media vida llena de conocidos en comisarías y prisiones.
Tampoco es del todo cierto. Pero lo dice y le creen.
Me llaman Valeriano El Bosnio añade. Recuerda el nombre. Y a los críos ni los rozas.
Vuelve la espalda. Chispa camina a su lado, cola en alto.
Silencio total les acompaña.
Al tercer día, apenas se vuelve a ver a Sergio o sus compinches.
Valeriano cumple lo prometido: patrulla el barrio cada tarde, Chispa a su lado, luciendo seria y responsable.
Andrés vuelve del hospital en una semana. Camina cojeando, pero con ganas de vivir. Ese mismo día va a casa de Valeriano.
¿Puedo ayudarle en las rondas, don Valeriano?
Claro, pero primero pregunta a tu madre.
Beatriz no pone objeciones. Está feliz de ver a su hijo tan entusiasmado con un modelo a seguir.
Pronto, el trío es habitual en el barrio: un hombre mayor en uniforme, un chaval, y una perra vieja.
Chispa se gana a todo el mundo. Hasta las madres dejan que los niños la acaricien, aunque huela a calle y tenga aspecto desaliñado. Tiene algo especial: dignidad.
Valeriano cuenta historias de la mili, de la verdadera amistad. Los niños escuchan como si fueran relatos antiguos.
Una tarde, de vuelta a casa, Andrés le pregunta:
¿Usted no tuvo miedo nunca?
Claro que tuve miedo responde sincero. Incluso hoy a veces siento miedo.
¿De qué?
De no llegar a tiempo. De no tener fuerzas suficientes.
Andrés acaricia a la perra:
Cuando crezca, seré como usted y tendré una perra así de lista.
Seguro que sí, Andrés.
Chispa solo mueve la cola.
Ahora ya todos conocen a la perra de Valeriano El Bosnio. Dicen: “Esa perra sabe distinguir a los héroes de los sinvergüenzas”.
Y Chispa patrulla su barrio con orgullo, consciente de que ya no es una simple callejera. Ahora es una defensora.

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MagistrUm
—Bueno, Pelirrojo, vamos, ¿no?—gruñó Valera ajustando la correa improvisada de una vieja cuerda. Se …