Hoy he decidido escribir en mi diario para ordenar mis pensamientos. Me llamo Jaime Sánchez y nunca he tenido grandes ambiciones, siempre he preferido una vida sencilla y sin vicios. Cuando cumplí veinticinco años, mis padres me regalaron un piso en Madrid. ¿Cómo fue exactamente? Me ayudaron a reunir dinero para la entrada de la hipoteca, y desde entonces comenzó mi vida independiente. Trabajo como programador y disfruto de la tranquilidad, evitando las multitudes y los encuentros innecesarios.
Para evitar el aburrimiento diario, decidí adoptar un gatito. El animal tenía un pequeño defecto en sus patas delanteras. La familia que tenía a la madre del gato quería sacrificarlo porque pensaban que no valía la pena criarlo, pero me dio mucha pena y lo llevé conmigo. Lo bauticé como Donoso. Desde entonces, vivimos juntos. Siempre intento llegar temprano a casa para verle, y él me espera, fiel, sentado en la alfombra de la entrada.
Pasó el tiempo y conocí a una chica del trabajo, una verdadera mujer de carácter. Su nombre era Pilar, y en menos de un mes ya estaba viviendo en mi casa. Desde el primer momento, Pilar mostró una antipatía evidente hacia Donoso y me pidió varias veces que me deshiciera de él. Me negué, ya que Donoso representa mucho para mí. No obstante, Pilar insistió y volvió a exigírmelo; le expliqué que el gato se quedaría conmigo. Según ella, tener un gato así estropeaba nuestra imagen, porque los invitados quedaban horrorizados al ver sus patas. Yo me sentía dividido entre Pilar y Donoso, porque los quería a ambos.
Mis padres tampoco estaban de acuerdo con mi relación. Les parecía que Pilar era grosera y arrogante y me aconsejaron no precipitarme con el matrimonio, sugiriendo que la conociera mejor antes de formalizar nada.
Finalmente, la visita de sus padres fue la gota que colmó el vaso. Al cruzar el umbral, el padre de Pilar se echó a reír al ver a Donoso, llamándolo bicho raro. Aquello me dolió y defendí al gato. Durante toda la velada, Pilar y su padre se burlaron de Donoso y me aconsejaron que lo abandonara. Idearon mil formas para el destino del gato y su madre también se unió a las risas. Al día siguiente, al regresar del trabajo, vi que Donoso no estaba. Pregunté a Pilar y ella me dijo que lo había dejado en una clínica veterinaria.
Salí corriendo a buscarlo y tras cinco largas horas de búsqueda por la ciudad, conseguí encontrarlo. Donoso, feliz de verme, se acurrucó en mis brazos ronroneando. Cuando llegué a casa, le pedí a Pilar que recogiera sus cosas y se marchara; ya no quería verla. Su actitud se había vuelto insoportable para mí.
A la mañana siguiente, Pilar empacó y se fue, resignada y en silencio. Nunca imaginó que el gato significaría más para mí que ella. Ahora, Donoso y yo seguimos juntos. El gato me recibe siempre alegre tras mi jornada laboral y yo he aprendido que la verdadera lealtad no depende ni de la imagen ni de los prejuicios.






