Lo más importante
La fiebre de Lucía subió de golpe, como una llamarada que cruza la noche en Madrid cuando las farolas titilan tenues y los gatos callejeros maúllan nombres ininteligibles. El termómetro marcó 40,5º, y casi al instante comenzaron las convulsiones, como si docenas de pequeñas culebrillas eléctricas bailaran bajo su piel. El cuerpo de la niña se arqueó con tal feroz violencia que Irene quedó paralizada un segundo, incrédula, antes de lanzarse hacia su hija, conteniendo a duras penas un temblor de otro mundo.
Lucía empezó a ahogarse en una espuma blanca, la respiración interrumpida, como si una mano invisible la estrangulara desde dentro, en un cuarto donde de pronto las voces de la calle desaparecieron. Irene intentó abrirle la boca, pero sus dedos resbalaban, como si de pronto fueran de miga de pan. Al final lo logró. La niña se aflojó de repente, cayendo en un olvido profundo, un limbo sin tiempo ni paredes. ¿Cinco o diez minutos? Nadie podría decirlo, porque ya no existía el reloj, sino solo los latidos de Irene retumbando en sus sienes, golpeando como las campanas de la catedral de Burgos al anochecer.
Vigilaba que la lengua de Lucía no cerrara el paso del aire, sostenía su cabeza mientras los calambres sacudían a la pequeña peor que un relámpago en la meseta castellana. Irene no veía nada más, todo era un sólo deseo: que Lucía respirase de nuevo, que regresara de donde quiera que la fiebre la había llevado. Gritaba al pasillo, a los azulejos, al patio, al cielo tras la ventana. Gritaba al teléfono de emergencias 112 el nombre de su hija con la urgencia de quien puede sostener otro corazón con su voz, y al mismo tiempo sentía cómo la vida se reducía a ese delgado hilo de súplica.
Al llamar a Martín lo único que pudo decir, entre sollozos y hipo, fue:
Lucía Lucía casi se me muere
Pero en el auricular la voz de Martín escuchó otra cosa: una palabra corta y terrible, como un portazo en mitad de la noche: muerta.
Sintió el pinchazo en el pecho como si un hierro fundido le partiera desde dentro. Las rodillas cedieron y sin ruido se deslizó al suelo, desde el sillón, como un personaje de humo y desencanto, como si repentinamente dentro de él todo hubiera cesado fuerzas, pensamientos, futuro. Alrededor, una tía, un amigo, una voz vecina intentaron levantarlo, ofrecerle agua, decirle palabras suaves que rebotaban contra su desesperación, como olas estrellándose contra los recios acantilados de la costa gallega en invierno.
Martín era incapaz de recogerse a sí mismo: los dedos temblaban con sacudidas pequeñas, el vaso tintineaba en sus dientes, y sólo fragmentos de sonidos salían de su garganta, como engranajes rotos:
Mu-mue… muerta… Lu-ci-a… m-muerta…
Los labios se pusieron blancos, la respiración desigual, las manos como de un recién llegado de otro mundo. Don Julián, el jefe, no perdió ni medio segundo: lo tomó bajo los brazos y casi lo arrojó al asiento de su gran todoterreno; cerró la puerta de un golpe, y el auto resonó como una caja de resonancia en mitad de un sueño.
¡¿Dónde?! ¿Adónde voy?! gritaba Julián directamente a la cara de Martín, buscando desesperadamente las puertas de su conciencia.
Pero Martín permanecía ciego, con los ojos desmesuradamente abiertos, tan abiertos que parecían ventanas al otro lado de la realidad, una grieta entre un Madrid de luces nocturnas y un sueño pálido.
Al hospital infantil… el de la calle Alcalá… susurró Martín al fin, con voz que dolía por dentro, herida y quebrada, cada palabra cortándose en mil trozos, como los juncos secos detrás de la estación de tren.
El hospital estaba lejos, demasiado lejos para quien acababa de oír el peor de los presagios. Julián pisó el acelerador, el coche voló entre los semáforos que eran manchas rojas y verdes sin importancia. Una vez, en Gran Vía, otro todoterreno negro apareció delante de ellos, como nacido de la sombra. Los separaban apenas unos centímetros: Julián giró el volante, las ruedas chirriaron, saltaron chispas que olían a corcho quemado, todo el coche vibró con el roce del pasaje tan cercano a la muerte que crujió el aire.
Martín no lo notó. Lloraba en silencio, doblado en sí mismo. De pronto un destello. Como si alguien encendiera un proyector de recuerdos en medio de la noche.
Lucía tenía tres años. Una angina la golpeaba con una fiebre tan alta que cualquier adulto palidecería. Los sanitarios le ponían una inyección, recomendaban supositorios. La pequeña Lucía, en pijama con conejitos, estaba allí, sudorosa y caliente, llorando. Irene llevaba media hora convenciéndola. Lucía sollozaba, se frotaba los ojos con los puños, y finalmente cedía, diciendo triste:
Vale ponlo pero ¡no lo enciendas!
En ese momento, Martín casi se echó al suelo de la risa. Hacía unos días habían ido a la iglesia. Y la niña recordaba que allí las velas se encendían.
Julián lanzó el todoterreno a un largo bulevar bañado de luces frías, afilado como la hoja de una navaja de Toledo. Y los recuerdos, como picotazos, golpeaban:
Semanas después, Lucía trepando al armario ropero más alto del piso. Una mona pequeña, ágil, sin respeto a la gravedad. Trepó casi hasta el techo y gritaba orgullosa desde allí arriba. Un instante después, el mueble comenzó a vencerse, lento y terrible. ¡Pumba! El cajón caía. Irene gritó, Martín saltó, pero ya era tarde. El estruendo rajó la habitación.
Lucía sobrevivió. Moretones, llantos, susto, y una tableta de chocolate con la que trataron de endulzar el miedo. Al ver el chocolate, la niña se iluminó como si alguien pulsase un botón de emergencia invisible. Paró de llorar, se limpió la nariz en la manga, y preguntó:
¿Puedo dos?
Chocolate: ese era su botón de la felicidad instantánea.
Martín pensó entonces que, si en los hospitales regalaran chocolate, la humanidad ya habría inventado la vida eterna.
Luego el silencio de su piso, la lámpara de luz amarilla, la tarde cayendo como un pañuelo.
Irene le decía:
Mañana iremos a la iglesia. Pondremos una velita por la salud.
Y Lucía, seria como nunca, preguntó:
¿En el culo, o qué?
Irene se tapaba el rostro, riendo. Y Lucía, serena, los miraba con expresión de ¿de qué os reís?. Ahora, en el coche, esa frase tonta golpeó a Martín justo en el corazón, porque era esa misma incongruencia la que daba sentido a la vida.
La vida de ella.
El jefe consiguió traer a Martín hasta el hospital. Frenaron delante como si el coche también sintiera pánico a la espera.
Lucía está viva fue lo primero que escuchó Martín, la han llevado a la UCI, los médicos no se han pronunciado en horas.
Dejaron pasar a Irene. A Martín sólo le quedaba esperar y rezar, como se reza en las noches en que la Almudena tiembla bajo las estrellas.
Era la una de la madrugada, esa hora en que el ruido de la ciudad muere y todo queda suspendido. Martín alzó la vista, buscando la ventana del segundo piso, donde su hija batallaba entre la vida y la nada.
Allí, como al fondo de una película sin música, apareció Irene. Quieta, manos caídas, la mirada atravesando el cristal y la noche, fija en él. Sin gestos, sin respiraciones, sin móvil. Solo miraba, como la sombra de un amor tan grande que teme desaparecer si se mueve.
De golpe, el teléfono sonó, como un trueno breve.
Pase dijeron. Y colgaron.
El pánico lo envolvió, denso como la miel. Intentó levantarse las piernas no respondían. Sentía que la tierra quería retenerlo, no dejarle entrar, como si en esa entrada se revelase el más oscuro destino.
Entendía que tenía que avanzar, pero el miedo era un pulpo. En ese instante una enfermera cruzó la puerta. Joven, agotada, en zapatillas arrugadas de color azul. Se acercó.
Martín la miró, y el mundo se descompuso. Todo. Ahora se acababa. Ella iba a decirlo.
La enfermera se inclinó, y con una entonación que fue sentencia clara pero llena de luz, susurró:
Vivirá. Ya pasó lo peor
El universo se tambaleó alrededor. Los labios de Martín temblaban, ajenos, y quiso decir gracias, o Dios, o simplemente soltar el aire correcto. Pero lo único que se movía eran las comisuras, los dedos, y dos lágrimas calientes, vitales.
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Después de esa madrugada, para Martín casi todo perdió importancia: ya no temía perder el empleo, ni temía el ridículo o el desorden. Sólo lo sostenía el recuerdo de esa noche: cómo el mundo se apaga en un segundo, cómo un ser amado puede desvanecerse como el cierzo. Todo lo demás ya era humo.
Como si el mundo de antes y el de después lo separase una delgada línea de miedo. Todos los demás temores se disolvieron, como el murmullo de Madrid frente a la verdadera calma del alba.






