La nuera de casa: la historia de Emilia, mi primera “hija política”, un embarazo prematuro, una boda…

NUERA DEL ALMA

Mamá, me voy a casar con Mariana. En tres meses vamos a ser padres mi hijo me soltó la noticia de golpe, sin preámbulos.

No me sorprendió demasiado, pues ya había conocido a Mariana tiempo atrás. Lo que sí me inquietaba era su juventud: aún no había cumplido los dieciocho, y mi hijo pronto debía marcharse a cumplir el servicio militar. Eran apenas niños y ya reclamaban boda y esperaban un hijo.

Nos costó un mundo encontrar un vestido de novia para Mariana acorde a su estado, pues ya estaba en el séptimo mes de embarazo y eso se notaba mucho.

Tras la boda, los recién casados se mudaron a casa de los padres de Mariana. Sin embargo, mi hijo venía a verme cada semana. Se encerraba en su habitación y pedía no ser molestado. Como madre, me preocupaba esa extraña actitud.

…Llamé un día a Mariana:

¿Todo va bien con Luis?
Por supuesto, ¿por qué lo preguntas? mi nuera, tranquila como una estatua.
Mariana, ¿sabes dónde está tu marido ahora mismo? insistí.
Doña Teresa, ocúpese de sus asuntos. Nosotros ya nos apañamos, no se preocupe fue la primera de varias respuestas groseras.

Perdona por quitarte tiempo me disculpé y colgué.

Siempre he sido una mujer tranquila y pacífica. No quise entrometerme en sus asuntos; preferí dejarles resolver su vida, sin interferir.

Tiempo después, Mariana trajo al mundo a Isabel. El nombre no me gustó nada, así que yo la llamaba cariñosamente “Isa”.

Poco después, llamaron a Luis a filas.
Durante esos dos años de servicio, yo iba a visitar a la pequeña Isa con regularidad. Cada vez que iba, notaba lo guapa que estaba Mariana; era una joven de belleza desbordante, y eso no dejaba de inquietarme. Además, había ingresado en la Universidad, y allí ya se sabe estaba expuesta a muchas tentaciones. Temí que no esperase a su marido.

La verdad es que Mariana jamás me mostró cariño; cuando llegaba a ver a Isa, ella soltaba un profundo suspiro, me ponía el cochecito en las manos y me despedía rápidamente, como diciendo ojalá no tuviera que verte. Hasta con la mirada conseguía ofenderme. Había un desdén manifiesto de su parte. Mariana sabía lo que valía, y eso se notaba. Yo no quería enemistad, así que procuraba irme pronto de aquella casa poco acogedora.

Luis, cuando regresó del ejército, se reincorporó a su familia. Durante los años siguientes, parecía que todo era armonía: Isa crecía sana, Luis embobado con su esposa, y Mariana era la dueña absoluta de la casa y de la belleza. Una etapa de sosiego y paz que duró quince años.

Luego, sin embargo, Mariana cambió de la noche a la mañana. Comenzaron los líos amorosos, amantes por doquier, sin el menor intento de disimulo. Decía mi abuela: la masa fermentada no se puede tapar con la tapa Luis aguantó tres años esa desesperación. Amaba a Mariana, y sufría en silencio.

Ella, sin embargo, lo escarnecía y lastimaba a cada ocasión. Yo quedé atónita ante tal conducta, pero jamás me atreví a reprocharle nada, francamente le temía tanto como el demonio a la cruz. Cuando me miraba con esa mirada helada, me sentía empequeñecer.

Hijo, ¿qué pasa con Mariana? ¿No andáis bien? intenté averiguar una vez.
No te preocupes, mamá, todo se arreglará intentaba tranquilizarme Luis.

Tenía la impresión de que mi hijo albergaba alguna culpa, y por eso lo soportaba todo. Finalmente, me armé de valor y fui a hablar con Mariana. No lograba quitarme de la cabeza lo de su ruptura.

Mariana, ¿puedo preguntarte algo? dije suavemente, evitando provocarla.
Doña Teresa, sería mejor que preguntase a su hijo en qué, o mejor, con quién pierde el tiempo en la empresa. Mi tía trabaja allí y me ha contado todo. En resumen: ¡Su hijo me engaña! Él empezó antes Mariana ya gritaba.

Ay, ¿para qué me metería yo? No le conté nada a Luis. Que la vida siguiera su curso; una ya no puede contentar a todos.

Mariana y Luis se divorciaron poco después. Isa se quedó con su madre. Luis se desbocó: cambiaba de mujeres como quien cambia de camisa, morenas, rubias, pelirrojas Su cama nunca estaba fría.

Mariana pronto volvió a casarse. Me lo comunicó Luis entre lágrimas; le dolió mucho, porque en el fondo Mariana había sido una esposa entregada.

La nueva mujer fue Carmen. Petite, decidida y con mucho carácter. Luis tenía entonces treinta y cinco años, ella cuarenta. Era todo mimos y halagos hacia Carmen, se humillaba a sus pies.

Pero Carmen dejó claras sus condiciones: boda en el juzgado, un piso para su hija, y manutención total. Luis no veía nada más allá de su adoración.

Carmen, al contrario que Mariana, buscaba continuamente mi amistad, me tuteaba desde el primer día y me trataba como si fuéramos amigas de toda la vida. Aquello no me resultaba cómodo, pero no soy persona de buscar conflicto, así que lo soporté. Los regalos que me daba comprados con el dinero de mi hijo seguían guardados en el armario, sin estrenar; no les cogía cariño.

Carmen ni siquiera cocinaba para Luis, prefería comprar platos preparados en la pastelería o el supermercado. Un día le sugerí:

¿Por qué no le preparas aunque sea un caldito a Luis? Siempre coméis deprisa y mal.
Teresa, no me des lecciones, cada uno a lo suyo fue su respuesta.

Sus amigas eran tan bulliciosas como ella; la vida de Carmen giraba alrededor de ir a la sauna cara, sentarse horas en las terrazas de la Gran Vía, dar vueltas por boutiques. Si algo no era de su agrado, armaba un buen escándalo, lágrimas y pataletas incluidas.

A Carmen había que dárselo todo pelado y en la boca. No entiendo cómo puede Luis aguantar a una mujer así; para mí fue una terribilidad cruzada de caminos, un error.

Cada vez con mayor frecuencia, pienso con nostalgia en la eficiente y noble Mariana. Había dónde comparar Qué bien cocinaba: su merluza en salsa verde, sus deliciosos pimientos rellenos, sus tartas inmejorables ¿Por qué Luis no supo retener a una mujer así? Tiene él la culpa. Al menos Isa no me olvida nunca, me colma de pequeños detalles.

Mariana, aunque sea la ex, sigue siendo para mí la nuera del alma. Sólo se aprecia lo que se pierde. Carmen no es más que un accidente de paso. Siento lástima por mi hijo. En mi fuero interno sé que, en el corazón de Luis, aún vive Mariana. Pero ya no hay vuelta atrásYo no tengo derecho a intervenir, pero la melancolía me pesa más que el silencio. Al mirar por la ventana, a veces imagino a Mariana, joven y radiante, empujando el cochecito de Isa entre los tilos del parque, aquel primer día en que la vi como madre. Nunca he vuelto a ver semejante entrega en otra mujer. Dicen que la vida da muchas vueltas, pero algunos lazos, aunque se rompan, dejan nudos imposibles de deshacer.

Hoy, Isa viene a verme más que nunca. A veces la sorprendo contemplando las fotos antiguas de sus padres, preguntándome con ojos de nostalgia por aquella época en la que, según ella, el mundo olía a pan recién hecho. Yo le hablo poco de Carmen, y mucho de Mariana; no para remover heridas, sino porque sé distinguir el amor de lo pasajero. Isa sonríe, y en su sonrisa reconozco algo que me recuerda a su madre y, quizás, a la juventud que todos perdimos.

El tiempo me enseñó que la familia no siempre es como soñamos; a veces nos la impone el destino con enamoramientos y errores, con reproches y segundas oportunidades. Pero el corazón sabe perfectamente dónde echar raíces, aunque el árbol crezca torcido. Cada domingo, Isa me trae una empanada hecha por Mariana. La deja en la cocina, como quien no quiere que se note, pero el aroma me envuelve y me transporta.

Nunca he vuelto a ver a Mariana en persona, pero cada bocado de su comida me reconcilia con mis recuerdos y me devuelve la certeza de que, más allá de amores y divorcios, las verdaderas nueras del alma no se despiden nunca de una madre. Yo, mientras Isa se despide y cierra la puerta, suspiro y susurro para mí misma, satisfecha y en paz: Mariana sigue en esta casa, donde siempre la quise.

Rate article
MagistrUm
La nuera de casa: la historia de Emilia, mi primera “hija política”, un embarazo prematuro, una boda…