Y además comprendió que su suegra no era una bruja tan mala como había pensado todos estos años: Una…

Mira, te tengo que contar lo que le pasó a Carmen, que lleva ya doce años viviendo con Andrés. La verdad, el treinta de diciembre fue un día igual que cualquiera de los otros que ha vivido en todos estos años.

Como siempre, él salió temprano para irse de caza y no volvería hasta la hora de comer del treinta y uno. El hijo, Diego, estaba con la abuela materna en un pueblito de Segovia, y Carmen, pues, de nuevo sola en casa en Madrid. Ya se ha acostumbrado a esto, porque a Andrés siempre le han flipado la pesca y la caza; da igual si llueve, si cae nevazo o si hace calor infernal, él no falta nunca. Carmen, eso sí, siempre le esperaba en casa, ocupando el tiempo en mil historias: limpiar, poner lavadoras, preparar la cena… ya sabes, lo de siempre.

Pero aquel día, no sé qué le pasó, que le entró una tristeza y una soledad enorme. Antes agradecía esos ratos para ponerse a fondo con la limpieza o darle vuelta a la cocina. Total, que el fin de año lo celebran siempre, desde hace doce años, en casa de la suegra en Valladolid. Nada especial, ya sabes, lo de todos los años. Pero ese día Carmen no tenía ganas de nada. Todo le salía mal.

Justo cuando estaba por venirse abajo, le llamó su mejor amiga de toda la vida, Lucía, la de Alcalá. Lucía siempre ha sido tremenda: separada, fantástica anfitriona, cero dramas. Y, claro, ahí estaba al teléfono.

A que estás otra vez sola en casa más que preguntar, afirmó directamente. ¿Otra vez se ha metido Andrés en el bosque a perseguir conejos? Vente esta noche, vamos a juntarnos unos cuantos, que estás siempre ahí, mustia, mujer.

Carmen le dijo que lo pensaría, aunque la verdad no había intención ninguna de salir. Pero según pasaban las horas, la tristeza le pesaba más y, no sé, como que se le hizo bola que Andrés no estuviera con ella nunca. Se puso a pensar en tantas cosas… Siempre ha sido casa, trabajo, niño, y ya. Nunca han salido juntos a ver mundo, porque a él le resulta un rollo quedar con amigos, sólo le interesa el campo y ella, ir sola no le hacía gracia.

Por eso nunca han ido de vacaciones, más allá de pasar unos días en el pueblo de la madre de Carmen en León, que sí, lo agradecía, porque su marido hacía buenas migas con su suegra, pero, jolín, también le hubiera gustado pisar la playa y conocer otros lugares…

Al final, ya de noche, pensó: “¿Y si voy donde Lucía? Por lo menos no estoy sola y a ver si se me pasa esta tontería.” Y oye, se animó, se arregló un poco y se fue. Se lo pasó genial entre amigos del cole y conocidos de la facultad, risas y tapitas.

Y lo que menos se esperaba, se encontró con Guille, su primer amor del instituto. Ya sabes cómo es, te acuerdas de aquellos tiempos, y entre el vinillo y las charlas nostálgicas, pues la noche se complicó. Carmen ni se enteró de cómo acabaron juntos esa noche. No había bebido tanto, pero las emociones la arrastraron.

Por la mañana, la vergüenza podía con ella. Se levantó corriendo de la casa de Guille, deseando que aquello fuera solo una pesadilla y no real. Cuando llegó a su piso en Madrid, nada más abrir la puerta, vio la chaqueta de Andrés en la entrada. Había vuelto antes.

Le temblaban las piernas de miedo, no sabía cómo saldría de esta si él se daba cuenta de que no había dormido en casa. Ella se veía ya en pleno drama, Andrés con sus cosas, yéndosela de casa. Ni ella misma se habría perdonado, y se sentía fatal por haber puesto en juego su familia, porque lo quiere de verdad.

Estaba justo en esas cuando sonó el teléfono de casa. Era la suegra, Pilar.

Mira, hija, no sé qué tenéis ahí montado, pero anoche me llamó Andrés porque no lograba localizarte. Yo le dije que estabas con tía Rosa, que se encontraba mal y tú le habías hecho compañía. Así que, por favor, no me dejes colgada.

Carmen todavía estaba en shock, porque la relación con Pilar, entre nosotras, siempre ha sido de distancia educada, pero nada del otro mundo. Pilar nunca quiso ese matrimonio, pensaba que se habían casado muy jóvenes, y en los primeros años que vivieron todos juntos, le hizo la vida complicada a Carmen. Luego, ya con cada uno en su casa y viéndose sólo en los cumpleaños y Navidades, mantenían la paz como podían.

De todas formas, Carmen sintió una gratitud inmensa por su suegra. Gracias a ella, Andrés no sospecharía nada. Por la tarde, fueron juntos a casa de Pilar para preparar la cena de fin de año, y cuando Carmen tuvo ocasión, quiso agradecerle y pedirle perdón de alguna forma, mientras cocinaban solas.

Pero Pilar ni la dejó terminar de hablar.

Anda ya, mujer, ¿qué te crees? Que yo no sé lo que es vivir con un hombre que sólo tiene ojos para sus cosas. Mira a mi Antonio, igualito: toda la vida de monte en monte, y aquí me tienes, ¿piensas que no me duele? Lo importante es que estas cosas no se vuelvan norma, ¿me entiendes? añadió, señalando hacia el salón, donde el abuelo reía con los niños.

En ese momento, Carmen lo entendió todo. Su suegra no era esa bruja horrible que ella pensaba. Al final, era una mujer que lo entendía muy bien todo.

El caso es que la historia acabó bastante bien, y Carmen, eso sí, se prometió no volver a poner ni un pie fuera de casa sin su marido, por lo que pudiera pasar.

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MagistrUm
Y además comprendió que su suegra no era una bruja tan mala como había pensado todos estos años: Una…