POR SI ACASO
Verónica observó con indiferencia a su compañera Lucía, que lloraba silenciosamente junto a la ventana de la oficina en el centro de Madrid, y volvió la vista hacia su ordenador, tecleando deprisa como si las letras se escaparan entre los dedos.
No tienes alma, Verónica oyó la voz de Olga, la jefa de departamento de Recursos Humanos.
¿Yo? ¿Y eso por qué lo dices?
Solo porque a ti te va bien en la vida, no significa que a todas nos vaya igual. Mira a la pobre Lucía, destrozada. Un poco de compasión no te mataría podrías compartir tu experiencia, dar algún consejo Si tú eres tan feliz.
¿Mi experiencia? ¿Con ella? Mira, Olga, no creo que a Lucía le gustara. Hace años, cuando venía a la oficina con moratones y ojeras, intenté ayudarla. Vosotras ni estabais aún aquí. No eran accidentes, ella misma se metía en líos y se caía o eso decía. Cuando el último se largó, los moretones desaparecieron, era el tercero que salía huyendo. Aquella vez pensé en apoyarla, sinceramente, y casi salí culpable de todo. Las demás me explicaron después que era inútil, que Lucía, la más lista de todas, sabe más que nadie y nadie debe meterse en sus asuntos. Fui la mala, la que le aguó la fiesta. Ahora le ha dado por ir a psicólogos, antes visitaba a videntes en la Plaza Mayor para hacer hechizos de amor. Hoy procesa traumas. Pero no ve que repite siempre el mismo patrón, sólo que los nombres de los hombres cambian. Así que conmigo no cuentes: no voy a llorar ni a ofrecer pañuelos por lucir comprensión.
Aun así, Verónica, no deberías ser tan fría.
Durante la comida, rodeadas del ruido de la cafetería, todas las compañeras solo hablaban del exnovio de Lucía, ese traidor y embustero que la había dejado.
Verónica comía en silencio. Luego se sirvió un café y se retiró a un rincón, revisando su móvil para aliviarse de tanto drama.
Vero se sentó a su lado la regordeta y siempre alegre Catalina, que ese día había perdido toda su chispa. Dime la verdad, ¿de verdad no te da pena Lucía, ni un poquito?
Catalina, ¿qué es lo que pretendéis de mí?
Anda, déjala intervino Irene desde la mesa de al lado. Si ella tiene a su adorado Basilio ese esposo suyo tan ejemplar y vive como una reina, no puede entender lo que es quedarse sola con un crío y sin ayuda de ningún sitio. Ahora intenta tú cobrarle la pensión al maravilloso papá.
Tampoco hacía falta tener hijos así, sin saber con quién, y encima a estas alturas añadió Concha, la más veterana del grupo y a la que en secreto llamaban Tía Concha. Verónica tiene razón: cuántas veces hemos visto llorar a Lucía y con el anterior la volvió loca, y antes de ese, en fin
Las mujeres, rodeando a Lucía, le ofrecían toda clase de sugerencias. Pero Lucía, la fuerte, la independiente, quiso mostrar su mejor cara.
Se cansó de llorar. Llamaron de urgencia a su madre desde un pueblecito de Segovia para que le ayudara con su hijo y con aquel ingrato ex. Lucía empezó a recomponerse, se hizo flequillo, se tatuó las cejas, se puso unas pestañas postizas, quiso hacerse un piercing en la nariz pero entre todas la convencieron de lo contrario.
No pasa nada, Lucía, verás, él te va a echar de menos, va a llorar, seguro que se arrepiente la animaban las compañeras.
No va a llorar, ni la va a añorar murmuró Verónica en voz baja, pero la oyeron las más entonadas tras la copa de vino del menú. No va a llorar, ni la va a echar en falta. Y Lucía, antes o después, tendrá otro igual que ese
¡Eso lo dices porque tu Basilio no es así!
No, hombre, Basilio es el mejor hombre del mundo. No pega, no se emborracha, no va detrás de otras y me adora.
Ya pero todos cortados por el mismo patrón.
¿Seguro que no te lo quitan, Vero?
Qué va, de verdad que no.
Pues yo no estaría tan segura
La conversación se calentó y las bromas volaron alto.
¡Venga, Vero! Vamos a verte a casa, a ver si tu Basilio resiste nuestra belleza. Apuesto a que ni nos invitarás, por miedo a que alguna te lo quite.
Pues vamos, si queréis.
¡Venga, chicas, a casa de Verónica, a tentar a Basilio! ¿Vienes, Tía Concha?
No, guapas, me espera Miguel en casa pero id, id y pasadlo bien sonrió la veterana.
En un tumulto alegre llegaron al piso de Verónica en Chamberí y se instalaron ebrias de risas en la cocina.
Chicas, preparad algo rápido. Tu Basilio debe estar al caer y hoy le vamos a agasajar.
Bah, no os preocupéis, él es de poco comer y muy exigente. Pero sí, pronto vendrá.
Poco a poco la efervescencia se apagó y las amigas fueron recordando sus responsabilidades, regresando a sus hogares. Quedaron solamente Lucía, Olga y Catalina.
Charlaban tomando té sobre la encimera acogedora, y se sentían nerviosas ante la inminente llegada del desconocido Basilio. Decidieron marcharse discretamente cuando sonó la puerta.
¡Ay, Basilio, mi chico bonito! Verónica se lanzó al recibidor, voz dulce y cantarina.
Las demás se encogieron, turbadas, cuando entró en la sala un joven alto y guapo.
Ah ahí estaba el misterio: el supuesto marido era mucho más joven que Verónica.
Chicas, os presento a Denis.
¿Denis? ¿Cómo que Denis? ¿Y Basilio? se preguntaban atónitas.
Mi hijo, Denis. ¿Qué tal está Basilio, Denis? ¿Se portó bien?
Sí, mamá. Ahora necesita descansar, mañana podrá correr. Solo no dejes que se lama la herida
Las mujeres se sonrojaron.
Bueno, nos vamos ya
Un momento, aún no habéis conocido a Basilio, pero shhh, que acaba de pasar por el veterinario. Denis fue con su novia Elena, yo estaba en el trabajo. Lo llevamos a castrar, ¡que últimamente marcaba todas las cortinas! Venid, venid
Allí, profundamente dormido, estaba Basilio: un hermoso gato gris, enrollado entre cojines.
Para no estallar de risa, las mujeres huyeron.
¡Pero Verónica, si es un gato!
Claro, ¿qué creíais? ¿Un marido? Ay, chicas, fui yo la que lo conté: tengo en casa al mejor macho, Basilio. No terminé la frase y os montasteis la película y os la creísteis.
Me casé demasiado joven, la primera ilusión, ya sabéis. Tuve a Denis y el amor se rompió. Mis padres me ayudaron. Más tarde, ya cerca de los treinta, otra oportunidad, otro hombre bueno. Él quería un hijo propio, la niña perfecta, y Denis pues al internado militar, que ahí todo se arregla. Lo mandé a su madre, a la suegra. No lo entendió, ella tampoco, como si fuera delito criar hijos que no son tuyos y eso que su segundo marido sí crió a su hijo.
Luego, solo Denis y yo, y a la tercera, con experiencia, estuve lista. El siguiente me dio un ojo morado en plena luna de miel por celoso. Menos mal que Denis practicaba judo desde los seis años La respuesta fue rápida: lo lancé por la puerta. Decidí no aguantar más.
Denis se casó; yo, para no aburrirme, adopté a Basilio. Tenemos nuestros planes, nuestras rutinas. A veces le preparo una cena y viene, nadie da explicaciones, cada cual en su casa.
Denis no lo entendía: ¿Por qué no vivís juntos si os lleváis bien?
¿Para qué? Si nunca fuimos pareja de verdad, ni lo fuimos mis padres En cambio, mis tíos llevan treinta años juntos, como uno solo, son raíces entrelazadas. Yo no, y tampoco pienso fingir para poder decir estoy casada.
Yo, con mi Basilio, estamos muy bien. ¿Verdad, Basilio, que si no dejas de marcar las cortinas no respondo? Mira lo que te ha pasado…
Las amigas, pensativas, volvieron a sus casas. Especialmente Lucía.
Pero Lucía no pudo hacerlo como Verónica. Al mes ya presumía de nuevo amor, recibiendo ramos espectaculares en la oficina.
Verónica y Tía Concha se sonreían discretamente.
¿Y tu Miguel, cómo está la pata?
Bien, Verónica, se pinchó en el parque, pero ya corre como un galgo. Mis nietos querían ir con él a una exposición, pero yo no, no pienso maltratar más al pobre animal. Estamos bien así. Oye, a Lucía parece que también le va mejor.
Sí, Concha, unas se compran animales, otras maridos
Eso es, cada una a lo suyo. ¿Quién sabe si esta vez le irá bien?
Ojalá
¿De qué cuchicheáis?
De ti, Lucía. Para que tengas suerte.
Chicas, yo sé cómo es, pero de verdad, no sé estar sola. No puedo.
¿Y a nosotras qué? Cada cual a lo suyo
Ya de camino al aparcamiento, Verónica oyó a Lucía detrás.
Verónica, oye si alguna vez, ¿me ayudarías con lo de los gatos? ¿Qué es mejor, macho o hembra?
Venga, tira, que te están esperando si acaso, ya veremos rió Verónica.
Por si acaso, nada másLucía sonrió, por fin sincera, un poco avergonzada y un poco esperanzada.
Verónica vio en sus ojos un brillo nuevo, menos ansioso. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que quizás, solo quizás, la calma podía contagiarse también.
A su alrededor, la ciudad caía en la media tarde. A lo lejos, una campana sonó como un aviso o una invitación.
Por si acaso, pensó Verónica, un día me animo a adoptar otro gato. Y mientras subía al coche, antes de arrancar, envió un mensaje rápido a Lucía: Mira en la protectora El Arca. Hay uno negro precioso buscándote. Yo te ayudo con la arena y el veterinario, si quieres.
Lucía contestó con un emoticono de corazón y, después, con una frase inesperada: Gracias. Lo intentaré, por si acaso.
Verónica encendió la radio. Basilio la esperaría en casa, soñando con nuevos territorios por conquistar. Afuera, las luces de la ciudad titilaban, cada una como un pequeño por si acaso.
Y entonces, por un instante, todo pareció cobrar sentido: ni dramas ni finales, solo nuevas oportunidades, silenciosas, tranquilas, casi invisibles. Por si acaso.





