El crujido de una rama seca bajo su pie ni siquiera alcanzó a resonar en los oídos de Iñigo. De repente, sintió que el universo daba vueltas y se atropellaba en su retina, un carrusel de colores vivos que explotó en chispas diminutas, para luego condensarse todas ellas en un punto ardiente sobre su antebrazo izquierdo, justo encima del codo.
¡Ay…! Iñigo se agarró la mano herida, y un quejido sordo le brotó del pecho, más fiero que el dolor.
¡Iñigo! En cuanto su amiga Carmen lo vio caer, corrió, se arrodilló delante de él y le preguntó con voz de campana rota: ¿Te duele?
No, claro que no, ¡me hace hasta gracia! soltó él entre dientes, arrugando la cara y reprimiendo el llanto.
Carmen acercó su mano tímidamente para rozarle el hombro, pero Iñigo la apartó de un manotazo, tenso y con los ojos diminutos de rabia: ¡Quita, no me toques! ¡Me duele!
La herida palpitaba, pero no era sólo eso: le pesaba más la vergüenza. Había trepado aquel olmo en el Retiro sólo para impresionar a Carmen, para demostrarle su destreza y osadía. Ahora, no solo la había decepcionado cayendo estrepitosamente, sino que encima ella intentaba compadecerlo. Él no estaba dispuesto a aceptar consuelo; se alzó, sujetándose el brazo inútil como una bufanda colgando, y puso rumbo decidido al centro de salud más cercano.
No te preocupes, Iñigo, ¡de verdad! Carmen trotaba a su lado, afanosa en tranquilizarlo: ¡Todo saldrá bien, Iñigo! ¡Ya lo verás!
Déjame en paz él se paró en seco, la miró con abiertos desprecio y escupió al suelo. ¿Pero qué va a salir bien? ¡Que me he roto el brazo, por Dios! ¿No te entra en la cabeza? Anda, vete a casa, pesada.
Sin mirar atrás, siguió por la Gran Vía, dejando a Carmen plantada, con los ojos de lluvia y el eco obsesivo en los labios:
Todo saldrá bien, Iñigo… Todo saldrá bien…
***
Don Iñigo Morales, si mañana no vemos la transferencia, nos llevaremos una gran decepción. Ah, por cierto, han dicho en las noticias que mañana habrá heladas en la M-30. Cuídese al volante. Ya sabe que hay accidentes que nadie puede prever. Un saludo.
El teléfono quedó en silencio. Iñigo lo soltó con fastidio y, apretándose la cabeza con ambas manos, se dejó caer en el respaldo de su butaca.
¿De dónde saco yo ese dinero? Ese pago estaba previsto para el mes próximo…
Suspirando, volvió a marcar, apoyando el móvil en la oreja.
Señora Carmen Álvarez, ¿podemos transferir hoy la cantidad al grupo por el equipo adquirido?
Pero… Don Iñigo…
¿Sí o no?
Sí, pero eso desajustará los plazos de…
¡Qué más da! Ya lo resolveremos. Haga la transferencia hoy mismo.
Bien, pero después puede haber problemas con…
Sin dejarla terminar, cortó la llamada y, con rabia, golpeó el apoyabrazos.
Malditos chupasangres…
Algo suave y ligero rozó su hombro. Iñigo dio un respingo.
¿Carmen, no te he dicho mil veces que no me molestes mientras trabajo? ¿Te lo he dicho o no?
Su esposa Carmen se acercó por detrás, posó los labios cerca de su oído y jugó con su cabello.
Iñigo, por favor, calma… Todo saldrá bien.
¡Y dale! ¡Otra vez con que todo saldrá bien! ¡Ya aburres, Carmen, de verdad! ¿Tú sabes que mañana a lo mejor me matan y tú tan tranquila?
Iñigo se levantó de golpe, la apartó bruscamente.
¿Qué hacías? ¿El cocido madrileño? Pues atrévete y sigue cocinando, ¡y no me pongas más nervioso!
Ella suspiró, recogió un silencio y salió del despacho. Justo antes de cerrar la puerta, giró y repitió la misma letanía.
***
¿Sabes? Ahora tumbado aquí, repaso toda nuestra vida…
El anciano abrió un ojo y miró a su mujer, ajada por los años. Las arrugas tejían redes en su rostro, los hombros vencidos, la figura encorvada pero aún así, aferrada a su mano. Ella le arregló con cuidado el gotero y le sonrió en silencio.
Cuando me veía en líos, cuando rozaba la muerte, cuando me pasaba de todo… aparecías tú con tu frase. Ni imaginas lo que me sacaba de quicio tu optimismo. Juraría que eras ingénua, que no entendías nada intentó sonreír, pero la tos lo ahogó largo rato. Me partía huesos, me amenazaban, tocaba fondo… y tú siempre igual: “Todo saldrá bien”. Y mira, ni una sola vez mentiste. ¿Cómo lo sabías?
No lo sabía, Iñigo susurró Carmen. ¿Crees que te lo decía a ti? No, me lo repetía a mí misma, para sobrevivir. Te he querido maravillosamente mal toda la vida. Cuando sufrías, a mí el alma se me partía. Tantas lágrimas, tantas noches en blanco… Y solo podía pensar: “Que caigan piedras del cielo, mientras él viva, todo irá bien”.
El anciano apretó su mano, fatigado.
Así era… Encima me enfadaba contigo. Perdóname, Carmencita. He pasado la vida sin saberlo, qué bobo he sido, ¿eh?
Ella secó una lágrima y se inclinó para rozar su mejilla.
Iñigo, no te inquietes…
Por un instante se quedó quieta, escrutando sus ojos. Poco a poco, apoyó la cabeza sobre su pecho inmóvil, acariciándole la mano tibia.
TODO FUE bien, Iñiguito, TODO FUE bien…




