Una novia ajena
Diario de Julián, 18 de junio
A veces me parece increíble hasta dónde me ha llevado la vida. En Madrid, hay quien dice que si tienes una habilidad que destaca, antes o después tu nombre corre de boca en boca y nunca te faltará trabajo. Así es como me ha pasado a mí: jamás puse un anuncio en la prensa o en la radio, pero los amigos, los conocidos y hasta los vecinos de mi madre pasaron mi número de teléfono entre ellos. ¿Que hace falta maestro de ceremonias para un concierto? ¡Perfecto! ¿Animador para un cumpleaños o una boda? ¡Aquí estoy! Alguna vez incluso he presentado fiestas infantiles, logrando conquistar tanto a los niños como, secretamente, a sus mamás.
Todo comenzó de la manera más sencilla. Un buen amigo decidió casarse. El animador contratado no apareció: se embarcó en una juerga y se olvidó. No había tiempo para buscar sustituto, así que cogí el micrófono y tiré de lo aprendido. De joven, participé en el teatro aficionado del instituto, y en la universidad jamás falté a una función de tunas ni a una ronda de monólogos cómicos. Aquella vez el improvisado salió tan bien que, en el mismo salón de celebraciones, dos asistentes pidieron mis servicios para futuras fiestas.
Al acabar la universidad, entré a trabajar en uno de los institutos de investigación de la ciudad, cobrando una miseria. Las primeras ganancias extra del mundo del espectáculo fueron una revelación: no solo el dinero era decente, sino que además el trabajo me resultaba divertido. Al poco, mi sueldo mensual como animador superó en diez veces lo que ganaba en el laboratorio como becario.
Así que tras doce lúgubres meses, decidí dejar el instituto. Invertí los ahorros en un buen equipo de sonido, registré un pequeño negocio y me lancé de lleno a la animación de eventos. Aprovechando mi oído y mi voz, también empecé a tomar clases de canto y, al poco, era el maestro de ceremonias cantante: tres noches a la semana, además, animaba cenas en un restaurante de La Latina.
Llegó un momento en que ya tenía treinta años, era conocido, solvente y respetado como dj, cantante y presentador capaz de levantar cualquier sarao. ¿Mujer? ¿Para qué? Nunca necesitaba atarme: muchas chicas se me acercaban sin yo buscarlas, y una mirada bastaba. Pero mientras mis amigos se casaban, tenían hijos y se instalaban en la rutina, empecé a pensar que, quizás, la vida tranquila en familia no era mala idea. Solo que, claro, no con cualquiera; me apetecía encontrar a UNA, para siempre.
“Hay que buscar a una chica jovencita, casi una niña, educarla a mi gusto, y cuando cumpla los dieciocho, me caso con ella. ¡La esposa perfecta!”, bromeaba medio en serio, aceptando cada vez más encargos en fiestas de fin de curso. Pero aquellas chicas modernas no eran lo que yo imaginaba: todas con ínfulas y rarezas que no me encajaban. Aun así, no cejaba en el empeño: miraba a las más jóvenes como quien acecha una pieza rara. Y fue entonces cuando el destino decidió reírse de mí.
Todo parecía tranquilo. Una mujer me llamó por recomendación de unos conocidos:
Buscamos presentador para una boda. ¿Tiene libre el 17 de junio? ¡Perfecto! ¿Podemos vernos?
Acudimos a una cafetería en Chamberí. Allí, por primera vez, sentí el vértigo de ver a alguien que te descoloca. Aurora, que así se presentó, era impresionante. Hablaba con precisión y pragmatismo: esto, aquello, lo otro, todo concreto. Yo me olvidé de la reunión y solo podía admirarla. No solo era guapa, sino de una inteligencia evidente. Al principio creí que tendría unos veinticinco años, tal vez algo más. Pero luego mencionó sus tiempos de las Juventudes Socialistas, así que deduje que pasaba de los cuarenta.
Acordamos todo y firmamos el contrato, aunque ella decía que no era necesario:
¡Confío en usted! Tiene buenísimas recomendaciones.
Yo siempre hago contrato insistí; luego hay que responder ante Hacienda.
Quizás, lo reconozco, también quería tener una prueba tangible de que esto era real, de que Aurora existía y no era un sueño.
Al poco, le sonó el móvil. “Ah, ya está aquí el novio. ¿Le acerco a algún sitio?” Rechacé, pero la acompañé a la puerta, como suelo hacer, para observar la dinámica de la pareja. Sin embargo, esta vez no era curiosidad, sino pura envidia y celos. Me quedé de piedra: de un SEAT León saltó un chaval claramente más joven que yo.
¿Todo bien, Aurora?
Ella sonrió, como diciendo “¿alguna vez no lo he estado?”, subió al coche, el novio cerró la puerta y vino hacia mí:
¿Es usted el maestro de ceremonias? Encantado, me habló muy bien de usted Fernando, dice que es el mejor me tendió la mano. Soy Álvaro, el novio.
Nada deseé más que borrarle la sonrisa de un tortazo, pero apenas conseguí estrecharle la mano.
Julián. Encantado.
Desde aquel día, no pegaba ojo. Buscaba excusas para llamarla, escuchar su voz, proponerle nuevas ideas. El día de la boda se acercaba y sentía que iba a enloquecer. Al contárselo a mi único confidente, él me replicaba con guasa:
¿Y las chicas jóvenes, aquellas que ibas a moldear?
Solo podía contestar resoplando:
¿Qué chicas ni qué cuentos? Aurora es la mujer ideal y no quiero a ninguna más.
Pues háblale claro, me aconsejaba. Respondía a gritos: ¡Pero si se casa! ¿Qué sentido tiene? Claramente quiere a ese chaval…
De vez en cuando venía Álvaro, con su eterna sonrisa:
Aurora me pidió que te dejara esto…
En esos momentos le odiaba y me costaba no soltarle una bordería. Incluso llegué a plantearme renunciar a la boda, aunque supusiera perder mi prestigio. Pero si lo hacía, no volvería a ver a Aurora. Así que, cobardemente, seguía.
Dos días antes de la boda, Aurora quiso repasar el guion, como ella misma dijo, “darle el último barniz para que todo salga perfecto”. Como el local estaba en obras, quedamos en mi piso. Nos reímos, hablamos de mil cosas y, entre ensayo y anécdota, brindamos con un cava catalán.
¡Por una boda perfecta!
¡Brindo por ello! aceptó ella.
Nunca me había sentido tan cerca, ni ella me había parecido más guapa. El cava me empujó y acabé besándola. Para mi sorpresa, correspondió. Lo demás, sinceramente, fue como un delirio.
Desperté de golpe, sudoroso, solo en la cama. ¿Había sido real? La almohada olía a su perfume. Sí, había estado. La duda: ¿anularía su boda? Llamé a Aurora inmediatamente.
¿Hola?
Ella saludó como si nada hubiera pasado:
¡Buenos días! ¿Qué tal? Perdona por no despedirme, ¡pero tengo mil cosas, imagina, la boda es mañana!
O sea… ¿la boda se hace?
¿Y por qué no? respondió, tranquila. Todo perfecto.
¿Serán todas las mujeres tan frías? ¿Cómo puede mirar a su prometido tras esto? Aun planteé boicotear la boda, pero, sinceramente, me dije: me da igual, la quiero igual, sea como sea.
Llegué con tiempo al restaurante. Las chicas de decoración coqueteaban sin éxito. Entonces la vi: Aurora.
Hola. Escapé después del registro civil, tenía ganas de verte me sonrió, radiante. ¿Qué te pasa, Julián?
No entiendo nada. ¿Entonces, te has casado ya? ¿Has escapado luego?
Claro, ¡cabezota! ¿Para qué recorrer Madrid con la pandilla de los novios si puedo estar aquí contigo? ¿No te hace ilusión?
Espera, ¿cómo que pandilla? ¿No eres tú la novia?
Aurora me miró alucinada, y de repente rompió a reír. Su risa era pura, contagiosa; no pude evitar corresponder.
¡Pero qué cosas tienes! ¡Claro que no! La novia es mi hija, Aurorita. Estudia en Salamanca: acaba de llegar ayer dejó de reír. ¿Pensabas que era yo la que se casaba?
¿Y, según tú, me iría con otro dos días antes de la boda? ¡Vaya concepto!
En ese instante, todo encajó. Jamás había dicho “yo” o “nosotros”: siempre hablaba de “la novia y el novio”. Álvaro nunca le llamó por diminutivo, y siempre la trató de usted. Qué ridículo. Pero entonces, reuní valor:
¿Y tú? ¿Estás libre?
Aurora asintió muy seria.
¡Cásate conmigo! Por favor…
La boda fue increíble. No recuerdo haber trabajado mejor nunca. Los recién casados vinieron a darme las gracias:
¡Mil gracias! Ha sido una noche mágica.
Yo me ocuparé de agradecérselo intervino Aurora. Iros ya, que el coche os espera.
La noticia de mi boda con una mujer nueve años mayor corrió entre los parientes. Al principio hubo reticencias, pero al conocer a Aurora, todos dijeron:
¿Y cómo no enamorarse?
Al final, Aurora y Aurorita dieron a luz con solo dos semanas de diferencia. Hoy, mirando hacia atrás, la gran lección fue aprender a no actuar según prejuicios, y recordar que los verdaderos tesoros suelen esconderse bajo malentendidos improbables y, sobre todo, que el amor puede encontrarte cuando menos lo esperas.





