Los amigos llegaron con las manos vacías a una mesa puesta y yo cerré el frigorífico.
Ángela, ¿estás segura de que tres kilos de secreto ibérico serán suficientes? le pregunté a mi mujer, mientras veía cómo se esforzaba en la cocina. La última vez arrasaron con todo, hasta el pan lo usaban para mojar la salsa. Y Asun incluso pidió tupper, dijo que era para el perro y luego subió una foto a Instagram luciéndolo como si fuera suya.
Ángela se frotaba nerviosa el borde del paño de cocina, contemplando el campo de batalla en el que se había transformado nuestra cocina. Apenas eran las doce del mediodía y ya estaba agotada. Llevaba en pie desde las seis: primero al mercado, para escoger la mejor carne, luego al supermercado por bebidas y delicatessen, después cortar, cocer, freír y saltear sin parar.
Yo, su marido Javier, estaba pelando patatas junto al fregadero, intentando que no se me notara el fastidio mientras veía cómo la montaña de mondas crecía.
Ángela, es demasiado suspiré, aclarando otra patata. Tres kilos para cuatro invitados y nosotros dos medio kilo por cabeza. Van a reventar. Si has puesto de todo: jamón, lomo, ensaladas para parar un tren. No es una boda, solo una fiesta de inauguración, aunque sea tarde.
Tú no entiendes nada me replicó removiendo la salsa al fuego. Qué son Paco, Asun, Marisa y Tomás. Amigos de toda la vida. Hace siglos que no nos vemos, vienen desde el otro lado de Madrid. Si la mesa está pobre pensarán que nos hemos vuelto unos creídos por haber comprado piso nuevo.
Ángela era así. La hospitalidad la llevaba en la sangre; lo había heredado de su abuela, esa mujer capaz de alimentar a un regimiento con cuatro ingredientes. Para ella una mesa vacía era una ofensa personal. Invitados, para ella, significaba festín. Fiesta, que rebose la mesa. Llevaba una semana planeando el menú, buscando recetas, ahorrando de la nómina para comprar el brandy caro que le gusta a Paco y ese vino francés que tanto aprecia Asun.
Ya podrían traer algo ellos murmuré. Recuerda el cumpleaños de Tomás: nosotros llevamos regalo, vino y tú hasta hiciste tarta. Y ellos ¿te acuerdas la última vez que fuimos sin avisar? Infusión de sobre y galletas secas rancias de hace mil años.
No seas rencoroso, Javi me echó una mirada reprobatoria. Tenían mala época, la hipoteca, la obra Ahora les va mejor. Paco tiene cargo nuevo, Marisa se ha comprado un abrigo de piel carísimo, no deja de contarlo. Algún detalle tendrán; les insinúe lo del postre, seguro que traen frutas o un pastel. Yo no hice nada dulce a propósito.
A las cinco dislumbraban los suelos, la casa relucía y la mesa parecía la barra de un gastrobar. En el centro, el clásico plato de lengua estofada. A su alrededor, fuentes de ensalada rusa, ensaladilla de langostinos, boquerones en vinagre y lomo casero. Del horno salía el aroma de la carne y patatas al estilo castellano. En la nevera la botella de orujo, el brandy y tres de vino tinto aguardaban en silencio.
Ángela, ya exhausta pero satisfecha, se puso su mejor vestido, se arregló el pelo y se sentó en el sillón esperando el timbre.
Estoy nerviosa confesó, mientras yo me abrochaba la camisa. La primera vez en la casa nueva quiero que todo salga perfecto.
A las cinco en punto sonó el telefonillo. Puntuales.
Ángela corrió a abrir. En el rellano, los cuatro, risas y alboroto. Asun con su abrigo de visón nuevo, más caro que medio piso, Paco con cazadora de cuero, Marisa toda pintada, Tomás ya con la cara colorada.
¡Viva los nuevos propietarios! gritó Asun entrando como un vendaval, dejando tras de sí la estela de su perfume dulzón. ¡Enseñad el palacio!
Se quitaron los abrigos y me los descargaron a mí; apenas tenía tiempo de colgarlos en el perchero. Ángela, con sonrisa forzada, intentaba buscar en las manos de todos algún paquete, caja o bolsa.
Nada. Absolutamente nada. Ni pastel, ni vino, ni bombones, ni unas simples flores.
¿Dónde? empezó a decir Ángela, pero calló enseguida. Mejor tragarse la pregunta, tal vez lo dejaron en el coche, o algo pequeño en el bolso.
¡Ángela, qué delgada! Marisa la besó en la mejilla, sin descalzarse. Mira el piso bueno, simple, pero limpio. ¿Paredes lisas pintadas? Uy, parecen de oficina. Deberíais haber puesto papel de seda, mucho más elegante.
A nosotros nos gusta el minimalismo intervine, conteniéndome. Adelante, la mesa está puesta.
Al entrar al salón, a Paco se le iluminaron los ojos.
¡Madre mía, vaya festín! frotándose las manos. Eres una artista, Ángela. Sabía que aquí venía sobre seguro. Nos hemos comido solo una tostada para venir con hambre al asado.
Todos tomaron asiento. Ángela fue a por los entrantes calientes. Mientras, mentalmente pensaba: ¿Serán regalo en efectivo? ¿Por eso las manos vacías?
Cuando volvió con la bandeja, ya estaban atacando las ensaladas, ni un brindis habían esperado.
Mmm, esta ensaladilla te sale de muerte decía Tomás, la boca llena. Javi, sírvete, hombre. Aquí no se ayuna.
Serví orujo a los hombres y vino a las mujeres.
Por el nuevo hogar brindó Paco. Que las paredes resistan y los vecinos no os den problemas. ¡Salud!
Seco el trago, Paco pinchó el jamón sin miramientos.
Oye, Ángela le dijo con la boca llena, ¿y esa copita de brandy? Para rematar
Hay, pero será después de cenar intentó mediar Ángela.
Una cosa no quita la otra rio Tomás.
La comida desaparecía a tal ritmo que uno pensaría que llevaban días sin comer. Entre bocado y bocado, no paraban las críticas.
El bacalao está un poco seco opinó Asun sirviéndose por tercera vez. ¿Le faltó aceite? ¿O te has puesto tacaña?
Hice el alioli en casa, no uso de bote se defendió Ángela.
Ay, mujer, no te compliques la vida zanjó Marisa. De supermercado está riquísimo y más barato. Por cierto, el jamón este ¿es ibérico, verdad? Se ve que es paletilla, la de bellota es mejor.
Nos miramos Ángela y yo. Sentía cómo apretaba el tenedor.
Bueno, ¿y vosotros qué? intenté aligerar. Asun, ¿estuviste en Marrakech?
¡Una fantasía! suspiró Asun. Hotel de cinco estrellas, langostas, cava a todas horas. Me compré un bolso Loewe, dos mil euros. Paco protestó, claro, pero le dije: ¡la vida es corta!
Estas mujeres gastan lo que no está escrito soltó Paco, bebiendo más brandy sin preguntar. Yo me he pillado un coche nuevo, un SUV. Ya era hora, lo hemos ahorrado a base de no hacer reformas absurdas.
¿Cómo que absurdas? preguntó Ángela.
Pues las paredes, ¡siempre han estado ahí! resumió Marisa. Nosotros ni tocamos la casa en diez años. Así tenemos para viajes, ropa buena, restaurantes de lujo Vosotros, en cambio, solo ladrillo, qué soso.
Y hablando de restaurantes intervino Tomás, limpiándose la boca y tirando la servilleta a la mesa. Ayer cenamos en el Botín. Espectacular. Carillo, más de ciento cincuenta pavos, pero mereció la pena. No como en casa, claro. Ángela, el asado, ¿cuánto falta? Que estos entrantes ya cansan y la carne apetece.
Ángela fue a recoger los platos. Temblaba entera. Aquella gente se jactaba de gastar fortunas y llegaban a nuestro piso sin ni una mísera tableta de turrón. Ni un detalle.
Entró en la cocina. Asun la siguió fingiendo ayudar, aunque solo quería cotillear.
Ángela, ¡tela lo tuyo! susurró, recostada en el marco. Menuda mesa, pero se nota lo justitos que vais de dinero. El vino tampoco es para tirar cohetes. Eso en casa, con la pizza. Si vas a invitar, estírate un poco más.
Es vino de Burdeos, cincuenta euros la botella contestó mi mujer, ya perdiendo la paciencia.
¿En serio? Pues te han timado, qué ácido. Oye, ¿puedes prepararme algo para llevar? Mañana estaremos con resaca, nos da pereza cocinar. Carne, algo de ensalada ya sabes, tú sola no te lo vas a terminar.
Ángela se quedó helada.
¿Quieres que te prepare una fiambrera?
Hombre, claro, ¿y qué tiene de raro? Hay que ahorrar se rio Asun. Por cierto, ¿y el postre? Me muero por algo dulce, ¿hay tarta?
Dijiste que la tarta la traíais vosotros le recordó con voz baja.
¿Yo? ¡Para nada! Estoy a dieta, ni lo compro. Pensaba que harías tu milhojas. O alguna tarta decente habrás comprado. Venimos con las manos vacías porque ya sabemos que en casa de los ricos nunca falta de nada.
Ángela dejó el plato sobre la encimera. El ruido fue seco y rotundo.
Así que pensabais eso repitió.
¡Pues claro! Estáis hipotecados, habéis hecho reforma eso es, que vais sobrados. Nosotros aún ahorrando para ir a Mallorca. Anda, trae la bandeja, que los chicos se impacientan.
Ángela la miró en silencio. Vinieron los recuerdos: cuando prestó dinero a Asun para un viaje y tardó medio año en devolverlo sin dar ni las gracias; cuando Paco pidió ayuda para su mudanza y ni para la gasolina; siempre venían a cenar, nunca traían nada, y si invitaban a su casa, solo ponían empanadillas de supermercado.
Se acercó al horno, lo abrió. El olor de la carne asada y las especias llenó la cocina. Vio el enorme merengue con frutos rojos en la nevera, el capricho que había encargado para sorprender a todos.
Cerró el horno. Apagó el fuego. Cerró la puerta de la nevera con decisión.
No habrá carne dijo, alto.
¿Cómo? se extrañó Asun. ¿Se ha quemado?
No. No la pongo. Simplemente no.
Ángela entró en el comedor. Todos rebuscaban bebida mientras hablaban de política. Yo tenía el gesto sombrío.
Amigos, la fiesta ha terminado anunció Ángela, con voz tensa.
Todos se quedaron boquiabiertos.
Tía, ¿pero qué haces? bramó Paco. ¡Ni siquiera hemos probado el asado! ¡Eso habías prometido!
Y me he arrepentido.
¿Pero qué dices? ¡Tenemos hambre! ¡Tráelo ya!
La carne seguirá en el horno. Igual que vosotros podéis seguir vuestro camino, incluso os invito: iros al Botín, que allí os sirven de todo, por ciento cincuenta euros el cubierto.
¿Estás borracha o qué? escupió Tomás. Javi, ¿no piensas parar este circo? ¡Somos invitados!
Me levanté. Vi los ojos húmedos de Ángela, la rabia contenida.
Ángela no está borracha dije firme. Está harta. Habéis llegado sin traer ni una barra de pan, acabado con el brandy, criticado todo, desde la comida al vino pasando por nuestra casa. ¿Y encima exigís más?
¡Pero si estábamos de broma! gritó Asun. Solo olvidamos la tarta, no es para tanto, ¡al menos damos alegría!
¿A costa de nuestro esfuerzo? sonrió Ángela, amarga. Yo pasé la mañana entera cocinando, me dejé medio sueldo en esta comida. Quise agasajaros, pero solo sabéis chupar del bote. Os encanta Dubai, pero no os da para un mísero detalle para la anfitriona.
¿Así que ahora nos echas en cara la comida? Paco se puso en pie, tirando la silla. ¡Pues ahí os quedáis! Vámonos. Nunca volveremos. Tacaños.
Marchaos dije, abriendo la puerta de par en par. No olvidéis esos tuppers vacíos.
Los amigos se fueron con portazos y gritos. Asun chillando que Ángela era una borde, indignada; Marisa resoplando por la velada arruinada; los chicos mascullando insultos.
Cuando se cerró la puerta, la casa quedó en silencio sepulcral. Ángela se quedó junto a la mesa desbaratada, platos sucios, vino derramado, servilletas arrugadas.
Me acerqué y la abracé por los hombros.
¿Estás bien? le susurré.
Me tiemblan hasta las manos me contestó. Javier, ¿seré yo el rancio? ¿Tendría que haberles servido y callado, por ser amigos?
Ni hablar le respondí. Simplemente has aprendido a hacerte valer. Me siento orgulloso de ti. Por mí los hubiera echado antes. Se han pasado tres pueblos.
Ángela suspiró y se relajó en mis brazos.
¿Y la carne? pregunté al cabo, sonriendo. ¿De verdad está? Porque el olor
Ella rió, por primera vez en la noche, sincera.
Sí, Javi. Y tarta. De sobra.
Nos sentamos entre el desorden, apartando lo sucio a un lado. Serví la carne humeante y sacó la tarta. Nos servimos el agrio vino francés, que sabía delicioso cuando era para nosotros solos.
Por nosotros brindé. Y porque nuestra casa la pisen solo quienes vengan con el corazón abierto, no con la mano vacía.
Comimos despacio, saboreando la paz y el uno al otro. Fue la mejor cena de nuestras vidas.
Al cabo de un rato, el móvil de Ángela sonó. Un mensaje de Asun: ¡Qué borde eres! Aquí estamos en el McDonalds tragando hamburguesas por tu culpa. Debería darte vergüenza.
Ángela lo leyó, sonrió y pulsó Bloquear. Lo mismo hizo con los de Marisa, Paco y Tomás.
La agenda quedó con cuatro contactos menos, pero la vida se notó mucho más desahogada. Y el frigorífico, lleno de deliciosos manjares para disfrutar juntos toda la semana. Sin repartir con quien no lo merecía.
Esta historia nos recuerda que la amistad es de ida y vuelta, y que a veces, cerrar el frigorífico es la mejor manera de mantener la dignidad intacta.





