La mujer que dijo «no»

La que dijo «no»

Carmen González de la Torre está ahora sentada en el borde de un taburete en la cocina, cortando pan. Fino, con esmero, como a él le gusta. Ocho rebanadas, parejas, exactamente iguales. Luego pone el plato en la mesa, se acerca a los fogones y remueve la cazuela del cocido. Los invitados deberían llegar a las seis, pero ya son las seis menos diez.

Antonio está en su sillón, frente a la televisión, pasando canales. Ni pregunta si hace falta ayuda. Nunca pregunta. Para qué, si todo se va a hacer igual.

Carmen acaba de cumplir los cincuenta y cuatro. Trabaja en el Instituto de Formación Profesional número siete, de contable. Un puesto tranquilo, discreto. Números, cuentas, balances. Veintidós años en el mismo sitio. Sus compañeros la respetan, el director nunca se ha quejado. En casa, nadie habla de eso.

Los invitados llegan a las seis y media. Llega su consuegra, Remedios Vázquez, con su marido, Genaro, y el hermano de Antonio, Sergio, con su esposa, Lidia. Son todos bulliciosos, satisfechos, seguros de sí mismos. Se acomodan, se ponen a hablar a coro. Carmen reparte platos, sirve, quita los vacíos y vuelve a poner otros.

En la mesa se habla de precios, de vecinos, de que han abierto un nuevo mercado en el barrio del otro lado. Carmen escucha en silencio. Ya es costumbre callar en esa mesa.

Luego, Remedios saca el tema de la nueva ambulatorio que van a construir en la calle Fábrica.

A ver si allí por fin hay menos colas dice, arreglándose el cuello de la blusa, porque ir al médico de cabecera ahora es imposible.

Las colas van a estar igual en todas partes responde Genaro. Si médicos no hay.

Pues yo he leído añade Carmen que van a traer médicos jóvenes, una especie de programa municipal, salió en el periódico.

Antonio posa el vaso en la mesa. No hace ruido, pero de alguna forma todos lo notan.

Carmen, trae las aceitunas le ordena.

Voy ahora, un segundo, solo estaba comentando lo del programa…

He dicho que traigas las aceitunas. ¿Quién te ha preguntado nada a ti ahora?

Remedios se pone a mirar el mantel, de repente le da la tos. Lidia alza la vista, la baja enseguida. Sergio se estira para coger pan.

Carmen se levanta sin decir nada. Va a la nevera, saca un tarro de aceitunas y lo pone en la mesa. Se sienta de nuevo.

Dentro de ella todo queda en silencio. Ni rabia ni tristeza, sino ese silencio de una casa vacía cuando todos se han ido y no sabes ni por qué sigues allí.

Mira sus manos, reposando en las rodillas. No son jóvenes, las articulaciones algo hinchadas, uñas muy cortas. Unas manos que llevan treinta años en faena: cocinar, lavar, planchar, cortar, fregar, cargar. Treinta años.

Las mismas manos que hace las conservas de aceitunas todos los veranos, en agosto, soportando el calor, con los botes y las tapas ardiendo. Nadie pregunta si le cuesta. Nadie da las gracias. Las aceitunas se ponen en la mesa y se comen, punto.

La conversación sigue como si nada. Genaro cuenta que un amigo suyo ha comprado un coche de segunda mano y está encantado. Remedios ríe. Antonio asiente, rellena copas.

Carmen piensa en sus manos.

Recuerda cuando, hace veinte años, cosió las cortinas del salón. Compró la tela ella, con su sueldo, porque Antonio dijo que no había dinero. Cosió de noche, después del trabajo, porque por el día había cosas de la casa. Las cortinas siguen ahí. Él probablemente jamás las ha mirado.

Tras los postres, Antonio dice:

Carmen, recoge la mesa ya. ¿A qué esperas?

Y algo dentro de Carmen cambia. Sin estrépito ni rabia, sólo como si alguien pulsase un interruptor en un pasillo oscuro y, de pronto, se acabara la penumbra.

No dice Carmen.

Antonio se vuelve, extrañado.

¿Cómo?

No. Estoy cansada. Quiero sentarme.

La habitación se queda sin un ruido. Remedios levanta los ojos. Lidia deja de masticar.

¿Estás loca? suelta Antonio, muy bajo, ese tono que usa para que le entiendan sin testigos.

No. No estoy loca. Sólo cansada. Y quiero sentarme.

Carmen se levanta. Va, no al fregadero ni a la mesa, sino a la puerta. Camina al pasillo, entra en el dormitorio y echa el pestillo, que siempre estuvo ahí y nunca había usado. Esta vez lo usa.

Por la puerta oye a Antonio decir algo a los invitados, reírse, explicarse. Luego suenan platos: Lidia recoge la mesa, Lidia siempre sabe entenderlo todo enseguida.

Carmen se sienta en la cama y mira por la ventana. La calle, la farola, un trozo de cielo. Octubre. Las hojas han caído ya, las ramas, negras y desnudas. Ramas feas, pero sinceras.

Se queda así mucho rato. Oye cómo se van los invitados, el portazo, los pasos de Antonio retumbando por la casa, trasteando en la cocina, luego reclamándola en la puerta.

Abre.

No contesta.

Carmen, que he dicho que abras. Vamos a hablar.

Mañana dice. Hoy quiero dormir.

Él aguanta, ella siente su respiración tras la puerta. Luego se va.

Carmen se echa sobre la cama vestida, encima de la colcha, y mira el techo. Se da cuenta de que no tiene miedo. Es una revelación extraña. Normalmente, cuando hacía algo que no tocaba, el miedo llevaba años metido por dentro como el rumor de una cañería. Ahora hay silencio.

Tal vez porque, por fin, ha hecho algo bien.

Por la mañana, Antonio sale a las ocho a trabajar. Es jefe de turno en una fábrica, se va temprano. Carmen lo oye trastear en la entrada, toser, cerrar de golpe la puerta.

Espera que los pasos se apagen en la escalera.

Se levanta, se lava y abre el armario.

Sólo tiene una maleta, vieja, marrón, con esquinas metálicas. La saca de debajo de la cama, la sube al edredón, la abre. Huele a polvo, y a recuerdos.

Prepara sus cosas sin prisas, pero sin pausa. La ropa interior, varias blusas, pantalones, un jersey grueso. Los papeles los tiene en el cajón superior de la cómoda: el DNI, el libro de familia, la cartilla del banco. Coge una cajita con pendientes de su madre y un anillo de su abuela. Unos zapatos de trabajo y unas zapatillas.

Mira un minuto la habitación.

Nada aquí es realmente suyo. El armario, lo eligió él. El sofá, también. La alfombra en el suelo la compraron juntos, aunque ella quería otra. Las cortinas sí las hizo ella, pero ya forman parte de esas paredes, del piso de él.

Cierra la maleta.

En la cocina se sirve un té, lo bebe de pie. Mira la olla con el cocido de ayer. Se lo deja.

Se viste. Coge la maleta, su bolso con documentos. Sale, cierra la puerta. Deja la llave en el felpudo; que la busque él.

Hace frío en la calle, húmedo, huele a hojas mojadas. Carmen deja la maleta en la acera, respira un instante. El cielo está gris, encapotado. La gente se mueve hacia el trabajo, nadie se fija en ella.

Echa a andar hacia la parada de autobús.

Gabriela Fernández, su antigua compañera del instituto, vive en la calle Rosales, en un piso de dos habitaciones, tercer piso, sin ascensor. Da clases de economía en el mismo centro, es ocho años mayor que Carmen y entre ellas, si puede llamarse amistad lo suyo, hay algo parecido a la complicidad: toman café juntas en el descanso, a veces se van caminando después del trabajo, hablan de cualquier cosa. Gabriela es viuda, sin hijos, vive sola y no parece que eso le pese.

Carmen llama a su puerta a las diez y media.

Gabriela abre en bata, con su café. Se le ve adormilada, está de vacaciones hasta la semana que viene.

¿Carmen? mira la maleta, mira a Carmen. Pasa.

Y basta. Sin preguntas en el umbral, simplemente: Pasa.

Carmen entra. El piso huele a café y a libros viejos. Las estanterías llenas hasta en el pasillo. Una gata gris asoma, olisquea la maleta y desaparece.

Siéntate dice Gabriela. Te hago un café.

Sentadas en la cocina, Carmen cuenta lo ocurrido. No todo de golpe, ni en orden, sino fragmentos: la noche anterior, las aceitunas, el quién te ha preguntado, esas cortinas cosidas a mano. Treinta años.

Gabriela escucha, sin interrumpir, lo sabe hacer bien.

Te entiendo dice al fin. No te pregunto si está bien lo que hiciste. No es asunto mío. Puedes quedarte aquí mientras lo necesites.

No quiero molestar responde Carmen. Yo ayudo en casa, cocino, limpio.

No has venido de criada, Carmen. Esta es mi casa y me alegro de que estés tú.

Carmen agacha la cabeza, mira el café. En la garganta se le encoge algo. No son lágrimas; es ese nudo que se siente cuando se suelta de golpe un peso que llevabas apretando mucho tiempo.

Gabriela le cede la habitación chica, la ex biblioteca. Hay un sofá cama, un escritorio y más libros. Carmen coloca su maleta, su ropa en el armarito, hace la cama.

Piensa: Esta es mi habitación. Por primera vez en años, tiene un lugar propio.

Por supuesto, ayuda en la casa, cocina y limpia. No porque deba, sino por costumbre, y por agradecimiento. Gabriela se resiste los primeros días, luego simplemente lo acepta y dan las gracias. Por las mañanas toman café juntas, a veces charlan mucho, a veces están cada una en su libro, en silencio cómodo. Un silencio que no asusta, que no obliga.

El lunes, Carmen vuelve al trabajo. En la contabilidad, son tres: ella y dos chicas jóvenes. Notan el cambio, aunque no preguntan. Carmen trabaja como siempre: impecable, sin errores.

El director, Don Ramón Ruiz, la llama al despacho el viernes.

Carmen, ¿todo bien? le pregunta, sincero.

Sí, Don Ramón. Me he mudado, tengo cambios personales, pero no afectará al trabajo.

No me preocupa eso dice él. Me preocupa usted.

Carmen lo mira. Don Ramón es mayor, pausado, vive rodeado de papeles y auditorías, pero sabe bien cómo están sus empleados.

Gracias responde ella. Estoy bien.

Y es verdad. Se va dando cuenta de que respira un poco mejor, que ya no hay esa presión en el pecho.

En el instituto, los alumnos son como en todas partes: adolescentes entre dieciséis y diecinueve, ruidosos, algo bruscos, pero sinceros. Carmen no da clase, está en la contabilidad, pero por sus manos pasan las nóminas de becas, conoce cada apellido. A veces, sale al pasillo y los oye reír, y le parece reconfortante. Son jóvenes, tienen todo por delante.

Carmen piensa que quizás ella también tiene algo por delante. Una idea extraña para ella, algo incómoda, como zapatos nuevos, pero va haciéndose a ella.

Antonio empieza a llamar al tercer día.

Primero al móvil. Ella coge una vez y solo dice:

Antonio, estoy bien, no te preocupes. Necesito tiempo. No llames.

Él insiste. Ella no responde.

Luego llama al teléfono del instituto. La joven Rebeca coge el teléfono y va donde Carmen, algo ruborizada:

Carmen, es tu marido…

Dile que no estoy responde, tranquila.

Rebeca la mira sorprendida, pero va y lo dice.

En noviembre hace más frío. Gabriela saca un radiador del trastero y lo pone en su habitación. Por las tardes ven la tele juntas, toman té con galletas, o charlan. Gabriela habla de su difunto, de la soledad, de cómo aprendió que estar sola y ser libre, a veces es lo mismo.

No te digo que busques la soledad le dice, removiendo el té. Solo, que no tengas miedo de ella. Mira cómo vives. ¿Te da miedo?

No responde Carmen.

Pues eso.

Carmen lo piensa. El miedo. Antonio le repetía que sin él acabaría en la miseria. Que con un sueldo de contable no se vive. Que a su edad y sola, ¿quién la querría? Esas frases vivieron años dentro de ella, como inquilinos imposibles de echar.

Y ahí está: viviendo. Sin morirse.

Su sueldo no es mucho, pero Gabriela no le cobra habitación. Carmen compra la comida, cocina, y así se entienden bien. Incluso ahorra un poco, aunque no sabe exactamente para qué. Para el futuro.

En diciembre, poco antes de Navidad, él aparece.

Carmen vuelve del trabajo. Es viernes y a las cinco ya es de noche. Al doblar la esquina de la casa de Gabriela, le ve.

Antonio. Con su vieja cazadora marrón, sin gorro, y hace un frío de narices. Ha envejecido en estos dos meses, o es que Carmen nunca se fijó.

Carmen dice.

Carmen se para a unos pasos.

¿Cómo me has encontrado?

La gente habla. Todo el mundo sabe que vives aquí.

Carmen asiente. Ciudad pequeña, claro.

Quiero hablar dice él.

Habla.

Él mira a su alrededor, incómodo en la calle.

¿Entramos a algún sitio? Me estoy helando.

Pues sal con gorro responde. Añade. Habla aquí.

Antonio vacila, luego empieza:

Carmen, ¿qué has hecho? En casa no hay nadie. Me siento en una caja vacía. No hay nada que comer, todo sucio. No sé hacer nada de esto.

Aprenderás.

Eso lo dices tú muy fácil. Se cambia de pie. Carmen, entiéndelo. No lo hacía aposta, sólo tengo este carácter. Eso no es razón para romper la familia.

Treinta años, Antonio dice Carmen. Treinta años escuchándote. Treinta años obedeciendo. Cocinando, limpiando, recibiendo invitados, callando cuando delante de otros me cortabas. Treinta años.

Bueno, alguna vez me pasé musita él.

Delante de todos me dijiste ¿a quién le importa? lo dice sin llorar, sin gritos. No era la primera vez. Siempre que yo hablaba mal momento, según tú. Tú creías que eras el dueño de una criada. Cocinera, limpiadora, está ahí y calla. Nunca pensaste que yo era persona.

Venga, mujer contradice Antonio, con ese tono irritable de siempre.

Basta dice Carmen.

Antonio calla. A Carmen le sorprende ella misma: la palabra le sale seca, firme.

No quiero oír más una esposa debe. Cuarenta años oyéndolo. Dime, Antonio, además de limpiar ¿qué era yo para ti? ¿Sabes qué libros leo, qué películas veo, en qué pienso mientras friego?

Él la mira.

Eso dice. No lo sabes. Nunca has preguntado. Querías una mujer que lleve la casa. No es lo mismo.

Pues vaya cosas piensas ahora responde, ya sin mal genio, más descolocado, lo que casi duele más. Eso te lo ha metido esa amiga tuya en la cabeza.

Son mis pensamientos responde Carmen. Llevo años con ellos, sólo que no los decía.

Se abotona el abrigo. Ahora empieza a nevar, la nieve fina, fría.

No voy a volver, Antonio. No es un enfado pasajero. Me voy porque no era feliz. Y ahora lo veo claro.

Vas a quedarte sola, piénsalo. ¿A quién le importas ya?

Me importo a mí misma responde. Me basta.

Se gira y camina al portal.

Carmen, ¡espera! grita él.

No se vuelve. Marca el portero, abre la puerta. El frío y la nieve le caen en los hombros.

Arriba, Gabriela ya la espera, parece que estaba asomada a la ventana: abre antes de que Carmen llame.

Le he visto dice en voz baja.

Sí responde Carmen. Ya está.

¿Te preparo un té?

Sí, gracias.

Van a la cocina.

Carmen se sirve una taza, la agarra con las manos. Tiembla un poco, lo nota ahora. No de miedo, ni de frío. Es cuando algo se acaba: el cuerpo lo nota primero que la cabeza.

¿Estás bien? pregunta Gabriela.

Sí responde Carmen. Y añade, pensándolo: Muy bien, en realidad. Es como si finalmente le devolviera algo que estaba obligado a devolver.

¿Una deuda?

No Carmen niega. Más bien una expectativa. Esperaba que cambiara, que dijera algo humano. Y vino solo a decir que no tiene nada en la nevera. Sonríe. Nada que comer.

Eso es honesto en cierto modo señala Gabriela.

Sí, honesto.

El invierno pasa. Carmen arregla sus papeles. Va a hablar con una abogada, una mujer mayor en gafas que lleva estos temas sin rodeos, con mucha práctica. No queda mucho que repartir: el piso lo compró él antes de casarse, legalmente es suyo. Carmen no pelea, se lleva lo que ha ganado con su trabajo.

No es fácil. Hay noches en que Carmen se tumba en su cuarto y piensa en sus cincuenta y cuatro años, sola, con un porvenir incierto. Es un desasosiego genuino, no lo evita. Lo deja estar, piensa, y al final se duerme.

Por las mañanas, se levanta, va al trabajo y vuelve la serenidad.

En enero, una tarde, se da cuenta de que ya no recuerda cuándo fue la última vez que le dolió la cabeza. Durante años tenía dolor de cabeza casi a diario, pensaba que era la edad o la tensión. Y resulta que simplemente ha dejado de doler.

Un detalle pequeño, pero fundamental.

En febrero, al instituto llega un nuevo profesor de tecnología. El anterior se jubila. El nuevo, Andrés Torres, tiene cuarenta y ocho años, viene de un centro de la ciudad vecina. Da clases de electricidad y mecánica, entra sin ruido.

El primer día, Carmen le ve en la cafetería, sentado solo en una esquina, leyendo un libro y comiendo con calma. Ella pasa con la bandeja, él la saluda con un leve gesto, afable.

La siguiente semana se encuentran en el pasillo, cerca del despacho del director. Carmen lleva carpetas para firmar.

¿Sabe dónde se puede imprimir algo? La impresora de la sala de profesores no va.

En contabilidad tenemos. Si le urge algo, venga.

Gracias.

Al día siguiente, aparece con un USB. Carmen le imprime tres papeles, le dice que no importa. Él le agradece y pregunta:

¿Lleva mucho en este sitio?

Veintidós años.

Mucho tiempo.

Sí responde ella. Bastante.

Entonces lo sabe todo aquí.

Dónde encontrar las cosas y a quién preguntar, sí. Lo demás, la vida es igual en todas partes.

Andrés se ríe, pero sin querer lucirse. Solo se ríe.

Desde entonces, a veces charlan al coincidir comiendo. Primero unos minutos, luego más tiempo. Pide su opinión, y Carmen nota, al principio perpleja, que de verdad le interesa su opinión, no pregunta sólo por hablar.

Un día hablan de libros. Carmen admite que le gusta leer, pero que en los últimos años casi lo ha dejado, por falta de tiempo.

¿Y ahora?

Ahora he vuelto. En casa de Gabriela hay paredes llenas de libros. Voy cogiendo algunos.

¿Cuál lee ahora?

Carmen se sonroja: es una novela antigua, rural, dudaba de si era demasiado sencilla.

Miguel Delibes responde. Lo encontré en una estantería, y no puedo dejarlo.

Buena elección dice él sin condescendencia. Esos libros muestran muy bien a la gente.

Eso es asiente ella.

Al poco, Andrés le lleva otro libro, Ana María Matute, si le gustó Delibes. Lo deja en la mesa y se va. Sin hacer un gesto de más.

Carmen lo coge, mira la portada, luego la puerta por la que salió. Por dentro siente algo cálido y tímido, como un día de primavera en que hay sol pero el aire todavía corta. No lo fuerza. Decidió no forzar nada.

La vida le va mostrando que, si no se corre, todo va saliendo mejor.

La primavera llega a finales de marzo. La nieve y la lluvia se disuelven en unos días, y de repente la tierra está húmeda y oscura; en el parque, los brotes en los arbustos se hinchan. Carmen vuelve del trabajo y se detiene a mirar esos brotes, pequeños, duros, vivos.

Recuerda, hace un año, volviendo a casa de Antonio por estas fechas. Era primavera, pero entonces no miraba los brotes; pensaba si comprar patatas o cebollas y en las camisas por planchar, en los arreglos de la casa, vuelta y vuelta.

Ahora camina y mira los brotes.

Andrés la espera junto a la verja. Coincidencia, sale a la vez, caminan juntos hasta la parada.

Hoy hace bueno dice él.

Mucho responde ella.

Estaba pensando duda un instante, y ese modo de dudar le gusta a Carmen. ¿Le gustaría venir el domingo al museo local? Hay una exposición nueva sobre la historia de la fábrica. Tengo ganas de ir, pero solo me da pereza.

Carmen le mira.

¿Al museo?

Sí. Hay piezas de los años cincuenta, me han dicho. Como soy de oficio, me tira el tema.

Vale dice. Vamos.

Lo dice sin miedo, sin darle excusas mentales. Simplemente vale, vamos.

El domingo luce el sol y hay frescura. Recorren el museo. Andrés le explica cosas de las máquinas, de la historia de la industria, Carmen escucha, pregunta. Luego un café en la pequeña cafetería del museo, el café no está muy allá, pero los dos fingen que sí.

¿No se aburre conmigo? pregunta él.

¿Por qué lo dice?

Hablo mucho de trabajo, de técnica. Me han dicho que aburría

¿Quién?

Otras personas.

A mí no me aburre dice. Escucho lo que me interesa, y si no me interesa lo digo.

Él asiente.

Eso está bien dice. Muy bien.

Carmen entiende que no va de aburrimiento, sino del derecho a decir lo que piensa. Para él es importante. Carmen también lo está aprendiendo.

Así, sin prisas ni etiquetas, se va forjando entre los dos algo discreto pero palpable. No una historia de película, sino dos personas mayores compartiendo la vida.

Carmen piensa que eso es la felicidad. No la de las películas, con música de fondo. La sencillez de querer levantarse por la mañana.

De que le pregunten qué piensa y esperen la respuesta.

De que nadie más le diga ¿quién te ha preguntado?.

A principios de mayo, Carmen va al mercado central un sábado a por verduras. Hay mucha gente, huele a tierra fresca, a los primeros rábanos y cebollas. De pronto, ve a Antonio.

Está junto al puesto de carnes. Más delgado, la chaqueta le cuelga, las mejillas hundidas. Habla con el carnicero, parece perdido, como si todo fuera muy complicado.

Carmen se detiene. No por miedo, sino porque observa.

Espera sentir algo: lástima, rabia, un ramalazo de ese pasado tantas veces revivido.

No siente nada.

Sólo es un hombre más en el mercado, ni joven ni sano, algo perdido. Con él vivió treinta años: tiempo real, suyo, con sentido. Pero sólo fue una parte de su vida, no el todo.

Cambia de pasillo, compra cebollas y rábanos, y un manojo de perejil para Gabriela, que lo pone en el cocido. Sale a la calle.

Mayo está ya firme sobre la ciudad, cálido, con ese punto perezoso del buen tiempo. Carmen camina, la bolsa templada por el sol, las verduras huelen a verano.

Piensa que así es como se empieza una nueva vida después de los cincuenta. No en un gesto, ni en un acto radical, sino en los pequeños pasos: esa mañana con la maleta en la acera, el té en la cocina de Gabriela, el trabajo que vuelve a darle vida, el libro en la mesilla, el museo, el café, este mes de mayo.

Dejar a un marido tirano fue sólo el primer paso. Luego hay que aprender a vivir. Y ella aprende. Va entrenando la atención a lo que le rodea, a no conformarse con sufrir en silencio. Ya decidió, y la razón era válida.

Realismo psicológico, se acuerda y sonríe. Simplemente, la vida de verdad, sin adornos ni drama extra. Vivió así, un día fue insostenible, se fue, empezó de nuevo. Pasó miedo, soledad, dificultades. Y también llegó lo bueno.

Hay muchos tipos de destino femenino. Carmen no cree que el suyo sea ejemplar ni heroico. Simplemente suyo.

Gira la esquina de la calle Rosales, sube al tercero, llama a la puerta. Gabriela abre, con delantal y un plato de cocina.

Anda, ya estás aquí. Justo estoy haciendo ensaladilla.

He traído perejil dice Carmen, enseñando el manojo.

Perfecto. Lávate las manos.

Carmen cuelga el abrigo, entra en la cocina, abre el grifo y observa el agua por las manos.

El domingo irán con Andrés a ver una presa antigua fuera de la ciudad, quiere explicarle cómo la construyeron en los cincuenta, le cuenta cosas técnicas y Carmen le escucha, y quiere escucharle.

Le resulta extraño y grato.

Se seca las manos y vuelve a la cocina.

¿Te echo una mano?

Corta los huevos, por favor.

Carmen coge el cuchillo. Pica los huevos en dados precisos. Un gesto habitual, sus manos lo saben.

Pero ahora lo hace para sí misma, para Gabriela. Por gusto, no por obligación. Es la gran diferencia, que no se puede explicar, sólo notar en cada minuto del día.

Fuera brilla el sol. En el patio, niños juegan en bicicleta. Huele a primavera y a perejil.

Gabriela, ¿tú nunca te arrepentiste de quedarte sola después de Pedro Luis?

Gabriela reflexiona antes de contestar.

Arrepentirme, sí, a veces. Era buena persona y le eché de menos. Pero arrepentirme de estar sola, no. Ya te lo dije.

Sí responde Carmen. Me lo dijiste.

¿Y tú, estás sola ahora?

Carmen sonríe, mirando los huevos.

No del todo.

Gabriela la mira, asiente y vuelve a la ensaladilla.

No hay moraleja. Hay vida. La sencilla, algo zarandeada, vida de una mujer llamada Carmen González de la Torre, contable, cincuenta y cuatro años, que un día dejó de recoger la mesa y, para su sorpresa, lo sencillo que fue.

Y todo lo que escondía.

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La mujer que dijo «no»