Elige: tu madre o yo

Elige entre tu madre o yo
El teléfono suena a las diez y media de la noche, cuando Carmen ya está metida en la cama con una novela. Sebastián permanece en el salón, delante de su portátil, del que sale en bajo el murmullo de un locutor de alguna cadena económica.

El número es desconocido, con el prefijo de su pueblo natal, Villaverde de la Vera.

¿Diga? dice Carmen, y justo al escuchar su propia voz siente cómo todo se le encoge por dentro.

Soy Maruja Fernández, la vecina de enfrente, no sé si me conoce. Verá Su madre, Doña Pilar, ha tenido una caída esta mañana Pasé esta tarde para verla y la he encontrado en el suelo, casi sin poder hablar, con la cara

Carmen ya se incorpora, tanteando con el pie las zapatillas.

¿Está en el hospital?

La han llevado hace una hora. Vino la ambulancia, dicen que parece un ictus. He buscado su número en su móvil, he tardado un poco

Muchas gracias, Maruja. Muchísimas gracias.

Cuelga y se queda parada en medio del dormitorio, sujetando el teléfono con ambas manos. Luego va hacia Sebastián.

Él está en su butaca favorita, con un albornoz caro, copa de agua con gas en el reposabrazos. Cincuenta y seis años, rostro bien cuidado, canas recortadas. Un hombre exitoso en su piso perfecto.

Sebas, a mi madre le ha dado un ictus. Se la han llevado al hospital de Villaverde.

Él se gira y baja ligeramente el volumen.

¿Cuándo ha pasado?

Hoy. La vecina la ha encontrado tirada. Ha estado todo el día sola

Sebastián deja la copa en la mesa de centro.

Bueno. ¿Y ahora qué?

Carmen lo mira.

Tengo que ir. Mañana a primera hora.

Ve. Yo no te lo impido.

Sebas, hay que hablar en serio. Mi madre tiene setenta y ocho años. Si ha sido un ictus, no va a poder estar sola en la casa. Hay que plantearse qué hacer.

Sebastián toma el mando y vuelve a subir el volumen, apenas, como si quisiera dejar claro que el tema no le interesa.

Carmen, ya lo hemos hablado. Más de una vez.

Lo hemos hablado en abstracto. Ahora ha ocurrido.

¿Y qué cambia? Ya te dije mi postura. Aquí no puede venir. No hay condiciones.

Carmen se sienta despacio en el sofá frente a él.

Sebastián, nuestro piso tiene cuatro habitaciones.

Cuatro habitaciones, de las que quiero reformar dos. Ya lo discutimos. Yo quiero hacer un despacho, y tú ibas a montar el vestidor. ¿La meto en el pasillo?

Una habitación se puede dejar para mi madre. La reforma puede esperar.

La reforma no espera. Habla sin alterarse, lo que resulta peor que si gritara. Está todo contratado para marzo. Está la señal pagada. Lo sabes.

Sebas, hablamos de una persona enferma. De mi madre.

Carmen. Por fin la mira de frente. Lo siento, de verdad. Pero sabes lo que implicaría, de verdad. Una anciana enferma aquí, pañales, quizás sin poder hablar Yo no estoy preparado para eso. ¿Puedo decirlo con sinceridad?

No es una extraña. Es mi madre.

Para mí es casi como si lo fuera. La he visto cuatro veces en diez años. Nunca tuvo interés en ser cercana.

Porque tú

No busques culpables ahora. Hablo de realidades. Trabajo mucho, necesito tranquilidad en casa. No quiero un hospital en mi piso. Es mi casa también.

Carmen guarda silencio. Afuera, la ciudad nocturna zumba indiferente.

¿Y si pagamos a una cuidadora? pregunta finalmente. Allí, en Villaverde. Una buena, podemos permitirlo.

Podemos. Pues contrátala.

Pero iré mucho. Muy a menudo.

Todo lo que quieras. Ya te he dicho, ve.

Sebas, ¿entiendes lo que digo? Tendría que estar allí mucho tiempo. Son tres horas de coche.

Lo entiendo. Ve. Nadie te ata.

Ese nadie te ata suena tan liviano que dentro de Carmen algo se desplaza. No de golpe, sino lentamente, como si la tierra bajo sus pies ya no fuera firme.

Se levanta, vuelve al dormitorio y se queda mirando el techo hasta las dos de la mañana.

Por la mañana, se marcha sola a Villaverde.

El hospital de la comarca huele a lejía y pintura fresca. Pilar está en una habitación de seis, junto a la ventana. Un lado de la cara caído, el brazo derecho inmóvil sobre la sábana. Observa entrar a su hija y no puede decir nada, solo se le mueve un poco la comisura buena.

Mamá Carmen le toma la mano, fría y delicada. Mamá, estoy aquí. Tranquila.

Su madre intenta contestar. Sale un murmullo ininteligible.

No hables, estoy aquí, no me voy.

La doctora, una mujer mayor y cansada, lo explica breve: Ictus isquémico. Parálisis derecha, dificultad para hablar. Pronóstico reservado. Mínimo seis meses de cuidados intensos, ejercicios, logopeda, vigilancia constante.

No puede vivir sola, eso seguro, concluye la doctora. ¿Es usted hija única?

Sí.

La doctora la mira con ese gesto propio de médicos que han visto a muchas familias en situaciones similares. No hay juicio, solo constatan.

Carmen pasa todo el día en el hospital, le da la papilla a cucharaditas, le habla, aunque más que un diálogo son monólogos; su madre la sigue con la mirada atenta.

Por la noche, llama a Sebastián.

¿Qué tal está? pregunta él.

Mal. Parálisis en la parte derecha, no puede hablar. No podrá estar sola.

Silencio.

Entiendo.

Sebas, me quedo. No sé cuánto. El tiempo que haga falta. No puedo irme.

Le nota la voz más tensa.

Carmen, tienes tu trabajo. Una vida aquí.

Arreglaré lo del trabajo. Teletrabajaré en lo que pueda. Mamá no puede estar sola.

¿No habías dicho de una cuidadora?

Una cuidadora no sustituye a una hija. Y tú lo sabes.

Silencio.

Sabes que esto será para largo.

Lo sé.

¿Y estás dispuesta a vivir en esa casa?

Sí.

Otra pausa.

De acuerdo dice al final, sin cariño ni enfado, solo lo acepta. Llámame si necesitas algo.

Guarda el móvil y observa la calle oscurecida del pequeño pueblo, el alumbrado salteado, una anciana con el carrito de la compra y el olor a leña que sale de algún huerto.

El viejo hogar de su madre está al final de la Calle Olivo, una casa de madera oscura, con el porche hundido y pequeñas ventanas. Carmen la abre con su propia llave, esa que apenas usaba.

Está frío dentro; la madre ya no calentó en dos días. Carmen busca los leños, enciende la chimenea torpemente, tarda un buen rato, los movimientos torpes, pero la memoria de la infancia ayuda.

Recorre la casa: cocina pequeña, baldosas rotas, pasillo estrecho. Habitaciones, una la cama de la madre, la otra el sofá donde dormía Carmen de niña. Todo limpio, pero pobre y viejo. Fotos en la pared: ella de joven, el padre ya fallecido, otros familiares. Y esa limpieza rural, donde todo se recuerda y se toca.

Escribe a Sebastián: Voy a vivir aquí. Aún no sé cuánto. Volveré por ropa.

Él tarda veinte minutos: Entendido. Lo que digas.

Ese es el diálogo. Y, tal vez, todo el matrimonio.

Los primeros días son un único esfuerzo agotador. Carmen va al hospital de sol a sol. Aprende a girar a su madre para que no tenga llagas, a hacerle ejercicios en el brazo inútil, como le enseñó la enfermera, a alimentarla despacio, a no mostrar cansancio. Ve cómo intentan que vuelva a hablar, cómo la antigua profesora de matemáticas lucha para encontrar palabras que no llegan.

Carmen dice la madre una mañana, más clara que otras veces. Ya es la segunda semana. Carmen Vete a casa.

Estoy en casa, mamá.

No. La mano izquierda de la madre hace un gesto. A tu casa. Con tu marido.

Mamá, no hablemos de eso.

Sebastián Se esfuerza por hablar. ¿No… está contento?

Carmen la arropa.

Todo está bien, mamá. No pienses en eso.

La madre la mira mucho rato, con algo en la mirada que Carmen no soporta y gira hacia la ventana.

La dan de alta pasadas tres semanas. De vuelta a la casa de la Calle Olivo, con todas las recetas, ejercicios, informe de logopeda. Carmen alquila un coche y con la ayuda de un vecino, un chico joven, sube a su madre al porche. La instala en cama, enciende la chimenea, prepara sopa.

Comienza otra vida.

El cuidado de una persona encamada es algo que nadie relata en voz alta. Girar cada dos horas, orinales, sábanas, ejercicios diarios, tres comidas lentas, pastillas cada hora, siete por la mañana, cinco por la noche. La logopeda, Sofía, viene tres veces por semana. Su madre aprieta los dientes; nunca ha sabido rendirse.

Carmen teletrabaja como contable para una pequeña empresa. El jefe comprende la situación y le da media jornada. El dinero escasea. Sebastián hace algunas transferencias, sin comentarios; sólo avisa el banco. Carmen no pregunta.

Casi no hablan por teléfono.

Un día de noviembre, mientras Carmen intenta arreglar un escalón del porche, pues pronto su madre deberá caminar con andador, se le acerca un hombre del barrio.

Ya lo había visto de reojo otras veces: corpulento, bajito, con cara franca, unos cincuenta y pocos años, como ella.

Eso hay que hacerlo así le dice. El clavo mejor en ángulo, no se sale.

Se presenta.

Soy Julián. El del 12. Usted es la hija de Pilar, ¿no?

Sí, Carmen.

¿Y cómo está?

Mejorando, poco a poco.

Él coge el martillo de sus manos, se agacha y en cinco minutos arregla el escalón.

Lo que le haga falta, avise dice al levantarse. Total, vivo enfrente.

Gracias, no quiero molestar.

¿Molestar? encoge los hombros, sin florituras. Su madre ayudó a la mía hace muchos años. Yo no olvido.

Y se marcha.

Carmen lo observa irse y se da cuenta de que ya no le asusta esa palabra, molestar. Lo incómodo era otra cosa; lo incómodo era vivir en el piso de la capital sabiendo a su madre sola en una cama vieja.

Noviembre es frío. Una tarde la chimenea no tira bien, humo denso llena la casa. Carmen abre ventanas, tose, se asusta. No sabe qué ocurre ni cómo arreglarlo.

Va a casa de Julián, apenada.

Él acude sin quejarse, sube al tejado con linterna, limpia la chimenea y le explica que hay que revisarla cada otoño. Rechaza dinero sin rodeos.

¿Un té? ofrece Carmen.

Si no es molestia

Se sientan en la cocina y toman infusiones con galletas de supermercado. Detrás, Pilar duerme. Afuera, el viento dobla las ramas del manzano.

¿Siempre ha vivido aquí? pregunta Carmen.

Sí. Cinco años me fui a Madrid, trabajé en una fábrica. Volví.

¿Por qué?

Piensa un instante.

Aquí es mío. Allí, todo era ajeno. A algunos les gusta eso, a mí no.

Carmen abraza el vaso.

Yo he vivido veinte años en Madrid. Creí que era mi sitio. Ahora vuelvo y no entiendo cómo pude venir tan poco.

Julián no dice es lo normal; simplemente responde:

Ahora has venido. Eso es lo que cuenta.

En diciembre, Pilar empieza a sentarse en la cama. Un triunfo pequeño y absoluto. La logopeda Sofía celebra en voz alta, la elogia de forma tan evidente que su madre sonríe torpemente.

Las palabras regresan muy despacio. Aquí y allá. Pero ya hay frases.

Has adelgazado dice una tarde.

No, mamá.

Sí. ¿Sebastián llama?

A veces.

¿Vendrá?

No lo sé.

Largo silencio.

No vendrá resume Pilar. No lo dice triste, sólo con la certeza de una vida larga.

Sebastián no va; llama una vez por semana y pregunta ¿todo bien?, escucha y contesta bueno, ánimo. Menciona que el piso ya casi terminado. Que estuvo en una cena de empresa, un restaurante de calidad. Carmen nota la distancia, crece algo invisible entre ambos, distinto a rencor o discusión: sólo se distancian como quienes, sin darse cuenta, ocupan ya mundos paralelos.

En enero llega su amiga Laura. Trae un pastel y muchas ganas de ayudar. Es generosa, Laura, y a Carmen le alegra verla, pero la conversación no fluye.

Carmen, ¿no crees que es demasiado ya? le dice sentadas en la cocina. Una cosa es un mes, pero… ¿vas a seguir así? Te vas a destruir.

¿Qué se supone que debería hacer?

Contratar una cuidadora. Pro, de esas buenas. O una residencia, las hay de calidad.

Mi madre siempre ha tenido terror a las residencias.

Bueno, pero ella no sabe lo que pasas tú

Sabe muy bien lo que pasa dice Carmen, bajito. Está perfectamente lúcida.

Laura calla.

¿Y Sebastián? ¿No va?

No.

¿Y vais a seguir así?

No sé.

Carmen. No puedes dejar a tu marido por esto. Él es el que mantiene la casa, el piso, tenéis nivel

Carmen se la queda mirando.

Laura. Mi madre estuvo sola todo un día tirada en el suelo.

Ya, pero

No, ya. No lo entiendes, no lo quieras entender. No es momento de hablarme de quién mantiene a quién.

Laura se va ese mismo día, molesta. Luego se reconcilian por mensajes, pero algo ha cambiado, algo ha virado.

Carmen nota que las vecinas mayores la miran distinto. Sin lástima, justo con respeto. Maruja Fernández, la del principio, a veces trae un tarro de pimientos, un bizcocho de manzana, y lo deja en la puerta sin decir palabra. Zina, otra vecina de setenta, un día se queda dos horas sentada con Pilar mientras Carmen va a la farmacia. Somos de la misma quinta, nos entendemos, dice sin más.

La gente de su edad, las que la conocen como la mujer de Sebastián, sí miran distinto. Una excompañera la ataca a preguntas en la tienda: cómo está Sebastián, que por qué no va, si están bien. Detecta en sus palabras cierta satisfacción morbosa.

Bien responde Carmen. Nada más.

Julián ayuda con naturalidad. Arregla la valla tras la nevada, trae leña del huerto del vecino, la acomoda bajo el cobertizo. Un día Carmen cae enferma con fiebre y él entra a cuidar a Pilar, atiza el fuego y hasta cambia las sábanas, todo con naturalidad.

Julián, no sé cómo agradecerte.

No hace falta. Somos vecinos.

No todos los vecinos son iguales.

No, eso no.

Callan. Febrero, gris y húmedo, asoma tras la ventana.

¿Tienes familia? pregunta Carmen.

Tenía. Mi mujer murió hace ocho años. Mi hija vive en Barcelona, llama poco. Vivo solo. Me he acostumbrado.

¿No te aburres?

A veces sí, a veces no. Si tienes trabajo y las manos ocupadas, no hay mucho tiempo de aburrirse.

Piensa en Sebastián, en Madrid, en el sofá nuevo y el televisor caro, con sus canales de economía.

Le llama esa tarde.

Sebas, tenemos que hablar.

¿Ha pasado algo?

No. Simplemente, hace que no hablamos de verdad.

Silencio.

Dime.

¿Tú cómo estás?

Bien. Acabando el piso. Un proyecto interesante en la empresa. Pausa. ¿Vas a volver?

No, Sebas. Creo que no pienso volver.

Larga pausa.

¿Nunca?

Nunca.

No grita, no reprocha. Solo pregunta:

¿Es por tu madre o por mí?

Carmen pregunta a sí misma durante tres segundos.

Por mí, creo.

Respira en el teléfono.

Entiendo dice muy bajo. ¿Quieres divorcio?

Sí.

Vale. Ya está.

Ese ya está deja las cosas más claras que cualquier discurso.

En primavera, Pilar empieza a andar. Primero con andador, muy insegura; luego hasta la cocina y el porche. Es lento y doloroso, cae en desánimo a veces, una vez incluso llora, casi nunca ha sido de llorar, siempre fue dura. Pero avanza.

La logopeda Sofía lo celebra como un triunfo, dice que no siempre sucede.

Motivación explica a Carmen. Hay alguien por quien luchar. Eso es la mitad del proceso.

Carmen no está segura de que sea ella esa motivación, sino el carácter de su madre. Pero le gusta creerlo.

En mayo, al atardecer, ella y Julián se sientan en el banco frente a la casa. Pilar se acuesta ya sola y Carmen disfruta esa hora antes de entrar.

¿No piensas irte nunca? le pregunta Julián.

No. Lo pensé, pero no quiero. Es curioso: soñé veinte años con Madrid, y ahora no me quiero mover.

No es tan extraño dice Julián. A veces uno tarda en encontrar su sitio.

No siempre estoy bien aquí. A veces es durísimo.

Eso no es lo mismo. Él mira el cielo rosado sobre los tejados. Estar bien no es estar sin problemas. Es estar en el lugar correcto.

Carmen lo mira de reojo. Un hombre sencillo, manos ásperas y arrugas, pocas palabras pero llenas de sentido.

Julián, ¿sabes que me divorcio?

Ya lo he oído. Aquí nos enteramos de todo.

¿Me juzgas?

¿Por?

Por dejar una familia. Por marcharme.

¿Familia? parece sopesar la palabra. Familia es estar juntos. En lo bueno y en lo malo. Lo demás es solo compartir techo.

No dice nada. No hace falta.

El divorcio lo tramitan por abogados, sin dramas. Sebastián es igual de eficiente. Se queda el piso, ofrece compensación económica y Carmen acepta, necesita arreglar el tejado y los suelos podridos.

En verano, Julián ayuda con la obra. Trae dos amigos, cambian los suelos en dos fines de semana, arreglan la cubierta. Solo cobra materiales.

¿Por qué? pregunta Carmen.

Por ser vecinos.

No solo por eso.

La mira.

No, no solo.

Pilar observa todo desde el porche. La cara no se ha recuperado del todo, la voz solo vuelve en un setenta por ciento, pero es mucho. Sale cada día, ve a su hija y a Julián y calla, pero sus ojos hablan.

Un día le dice a Carmen:

Buen hombre.

Sí, mamá.

¿Tú lo ves?

Lo veo.

Asiente. Nada más.

Sebastián llama en julio. Primera vez en dos meses, desde el divorcio.

¿Cómo vais? pregunta. Su voz es distinta, más humana, menos fría.

Bien. Mamá anda sola de nuevo. Ya hemos reformado la casa.

Me alegro. Pausa. He pensado Quizá no actué bien, el otoño pasado.

Carmen no dice tranquilo ni no pasa nada. No sería verdad.

Quizá no.

¿Me guardas rencor?

No. Hace mucho que no.

Me alegro. Silencio. ¿Eres feliz allí?

Mira por la ventana: su madre en la butaca que trajo Julián, la novela en las manos, mirando el jardín donde la higuera ya da frutos. En la valla canta un mirlo.

No sé si feliz es la palabra, responde. Pero aquí estoy bien.

Entiendo dice Sebastián. Y por la forma de decirlo, sabe que de verdad ha entendido algo que antes no veía.

Se despiden con calma.

Carmen sale al porche.

¿Un té, mamá?

Pon uno.

Va a la cocina, pone el agua a hervir. La tetera tiene una mancha en el asa, siempre ha querido comprar una nueva pero nunca lo hace. En la ventana, el geranio rojo que cuida Pilar desde hace treinta años. Huele a césped segado y a madera bajo el sol.

A las seis menos cuarto, Julián llama.

Doña Pilar, buenas tardes. He traído las primeras frambuesas.

Gracias, Julián. Pase usted.

Carmen escucha sus voces, la de su madre y la de Julián, intercambiando palabras bajas, y se para un instante con las tazas en la mano. Porque hay algo sencillo y grande en esa cocina, en esas voces, en el olor a té y geranio, en saber que en una ciudad, en un piso impecable, hay alguien que eligió el sofá correcto y la vida equivocada.

Y ella eligió la vida correcta.

O la sigue eligiendo, cada día un poco más.

Sale con las tazas.
Julián, quédate a tomar un té.

Encantado.

Pilar sonríe, su lado izquierdo levantado, una sonrisa incompleta pero real.

Sentaos, los dos dice Pilar.

Se sientan.

El sol se pone tras las tejas, las sombras cruzan todo el patio, el mirlo canta su repertorio. Las frambuesas en el cuenco huelen a verano.

Y ya no hace falta decir nada más.

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Elige: tu madre o yo