Ya tienes medio siglo, ¿a quién le vas a interesar? se reía su marido. Pero Carmen decidió comprobarlo.
El marido de Carmen, Ignacio García del Castañar, era un hombre con teorías. No con una, claro. Tenía como veinte, todas igual de inamovibles. Que la mejor fabada sólo lleva compango asturiano. Que los gatos son más listos que los perros. Que la tele hay que verla siempre con el volumen en veintitrés, ni más ni menos. Pero su gran teoría era esta: una mujer, pasada los cincuenta, ya no interesa a ningún hombre.
Esa teoría la soltaba de muchas formas, según el día.
A veces, académico: así está hecho el mundo, Carmen, nada personal.
Otras, filosófico: es la vida, no se puede luchar contra eso.
Lo más frecuente, sobre todo cuando Carmen se ponía un vestido nuevo o se pintaba los labios, era algo casero y mordaz: ya tienes medio siglo, ¿para quién te vas a arreglar?
Sin interrogación, como quien dicta sentencia.
Carmen tenía cincuenta y dos. Trabajaba de contable en una promotora, hacía gimnasia por las mañanas, por las noches leía novelas, y los domingos horneaba rosquillas que Ignacio devoraba, sin establecer nunca ninguna conexión entre aquellas dulzuras y el tema de para quién servía su autora.
Llevaban veintiséis años casados. Durante ese tiempo Ignacio había engordado, se quedó calvo y afianzó sus teorías. Carmen no. O mejor dicho, no exactamente. Había cambiado de otra forma.
Su amiga Rocío fue la primera en notarlo.
Carmen le dijo una tarde, tomando café y entrecerrando los ojos como quien va a soltar una locura muy seria. ¿Tú eres consciente de que eres guapa?
Anda ya le soltó Carmen en automático.
En serio, total y absolutamente. Y oye, ¿por qué no nos hacemos un perfil en una web de citas? Por experimentar.
Carmen dejó la taza sobre la mesa.
¿Te has vuelto loca?
Sólo rellenamos la ficha. Le buscamos una foto chula. Veremos qué pasa.
No va a pasar nada contestó Carmen. Ya tengo medio siglo. ¿A quién le intereso?
Lo dijo y se quedó corta. Porque reconoció el tono y las palabras de Ignacio García del Castañar.
Rocío no era de las que insisten mucho, simplemente hacía las cosas de modo que te era incómodo decirle que no, no físicamente, sino como un cargo de conciencia. Así que esa noche se presentó en casa de Carmen con el portátil bajo el brazo, una botella de vino y esa cara de quien ya viene con todo decidido.
Venga anunció nada más cruzar el umbral, dejando el vino en la mesa. Te vamos a hacer un perfil. Rápido, bonito, sin dar mucho la chapa.
Pero espera ni le dio tiempo a quitarse el delantal.
En una web de citas, Carmen. Que ya te lo he dicho.
Ya, y yo te dije que no.
Tú dijiste ¿A quién le intereso?. Y eso es otra cosa distinta.
Carmen la miró. Rocío la miró también, con esa expresión de que sabe que tiene razón y tarde o temprano te darías cuenta.
Tengo cincuenta y dos.
Me lo sé, Carmen, llevamos treinta años de amigas.
¿Y?
Y nada. Siéntate.
Carmen se sentó, no por rendición, sino porque le dolían las piernas del día. Larga jornada, cierre de mes, atascos. Así que se sentó. Sólo a descansar, en teoría.
A ver la foto ordenó Rocío abriendo el portátil.
¿Cuál foto?
Una buena mujer, ¿no tienes ninguna buena?
Carmen pensó. Las últimas eran del evento de empresa. En una esquina, copa en mano, casi de perfil, mirando a otra parte porque Ignacio la llamó tres veces esa noche preguntando cuándo volvía a casa.
Hay una de Nochevieja dijo insegura.
Enséñamela.
La mostró. Rocío la observó un rato largo.
Está bien sentenció. Aquí pareces otra. ¿Por qué siempre te encorvas en la vida real y en las fotos no?
En las fotos no me ve nadie respondió Carmen, sin comprender del todo sus propias palabras.
Rocío la miró fijamente. Guardó silencio. Luego abrió el vino.
La ficha les llevó su tiempo; bueno, Rocío rellenaba y Carmen objetaba cada dato.
¿Motivo del contacto? Carmen, pon compartir conversación.
No quiero hablar con nadie.
Da igual. Tú ponlo.
¿Describe algo sobre ti? ¿Qué pongo, contable, experta en cocido, casada con quien cree que las mujeres de más de cincuenta son invisibles?
Pondremos: Activa, interesante, me gusta leer y viajar.
Si yo no viajo…
¿Pero quieres hacerlo?
Carmen lo pensó.
Sí.
Pues no mentimos entonces.
Eligieron la foto de Nochevieja: Carmen en vestido burdeos, pelo recogido, ojos chispeantes. Ignacio no conocía ese vestido; ya estaba dormido cuando ella llegó esa noche.
Listo dijo Rocío cerrando el portátil. Perfil hecho.
¿Y ahora qué?
Ahora, se espera.
¿A qué?
Ya lo verás.
Carmen se sirvió vino, miró por la ventana. Afuera, un farol, la rama desnuda de un olmo y nada especial. Lo de cada anochecer. Ignacio en la sala viendo la tele volumen en veintitrés exactos. Murmullo de fondo. Cuánta costumbre.
Bueno, vale, pensó Carmen. Si hay perfil, hay perfil. No va a pasar nada
Se acabó el vino y fue a fregar los platos.
A la mañana siguiente, ni se acordó del perfil.
Fue al trabajo, batalló con el informe trimestral, almorzó sopa recalentada de la cafetería del bajo, y a las tres se sorprendió contando palomas en el alfeizar.
El móvil seguía en el bolso.
A las cinco lo sacó, sólo para ver si Ignacio había escrito algo. De Ignacio, nada. Pero allí estaba una notificación: un círculo rojo con número en blanco.
Once.
Once mensajes, en un día.
Carmen miró el móvil. El móvil parecía devolverle la mirada. Lo guardó, se quedó sentada tres minutos, y volvió a sacarlo.
Once.
Seguro que es publicidad, pensó.
Pero no. No era spam. Había once hombres con foto, nombre y mensajes bien escritos. Algunos, cortos: Hola, interesante tu perfil. Otros, más largos y profundos. Uno, Fernando, cincuenta y cuatro años, escribía tres párrafos: sobre libros, sobre no encontrar miradas así desde hacía años, sobre lo mucho que le gusta viajar.
Carmen lo leyó dos veces.
Viajar, eso yo también puse, recordó, y sintió un ligero rubor. Pero era pequeño y no molestaba.
Esa tarde llamó a Rocío.
Han llegado once le soltó de golpe.
¿Ya? Rocío sonaba radiante. ¡Si te lo dije!
Uno habla sobre libros.
Respóndele.
No voy a responder.
Carmen
¿Qué, Carmen? Tengo cincuenta y dos años, soy casada.
Respóndele.
Carmen no respondió. Esa tarde friega platos pensando en Fernando y sus párrafos sobre viajes.
Vaya disparate, se decía.
Pero a la mañana abrió la aplicación. El círculo rojo ya no marcaba once.
Veintiocho.
Carmen se dejó caer sentada en la cama. Ignacio dormía aún.
Veintiocho la habían escrito en una noche.
Fue paso a paso mirando, temerosa de romper algo. Andrés, cuarenta y ocho, ingeniero, cómica foto con un gato. Manuel, cincuenta y seis, en corbata: Es usted una mujer guapísima. Ivány ahí Carmen sintió una pausa, cuarenta y uno, con las montañas al fondo: Hola, cuéntame algo de ti.
Cuarenta y uno. Once menos que ella.
Carmen cerró el móvil. Lo volvió a abrir.
Al final del segundo día ya pasaban de cincuenta.
Cincuenta y tres mensajes. Cincuenta y cuatro mientras los contaba.
Sentada en la cocina, Carmen hojeaba los mensajes con el asombro de quien iba por pan y encuentra un tesoro. Vicente, cincuenta, empresario, envió un poemaprestado, pero bonito. Rodrigo: Me has gustado, quisiera conocerte mejor. El tal Iván volvió a escribir, por si no leía el primero: ¿Estás ocupada? No pasa nada.
Carmen leyó ese texto, despacio.
Ignacio conversaba con la tele en el salón. La tele le contestaba. Hacían buena pareja, pensó Carmen.
¿A quién le interesas?, recordaba.
Cincuenta y cuatro. Algunos de su edad. Algunos más jóvenes. Uno escribió versos. Otro esperó respuesta y volvió a intentar, con cuidado y sin exigir.
La teoría de Ignacio García del Castañar se resquebrajaba. Como madera vieja bajo los pies, crujía.
Carmen terminó el té. Dejó la taza en el fregadero. Por primera vez en mucho tiempo se miró bien en el ventanal negro de la cocina, no de paso, sino de verdad.
Allí estaba la mujer de cincuenta y dos. Erguida. Con ojos bonitos. A quien, en dos días, habían escrito cincuenta y cuatro desconocidos.
Vaya cosa susurró Carmen a su reflejo.
El reflejo asintió.
El móvil descansaba en la mesilla.
Ignacio buscó sus gafas, justo cuando la pantalla del móvil se encendió: una notificación nueva. Ignacio lo agarró con la apatía del que espera nada. Echó un vistazo. Frunció el ceño.
Luego miró otra vez.
En la pantalla: Iván: Buenos días. Pensando en ti
Ignacio se sentó en la cama. Despacio. Como quien recibe una noticia grave, sin pillar sí es para bien o para mal.
Carmen llamó.
Carmen estaba en la cocina, haciendo café. Escuchaba, pero no fue deprisa.
¡Carmen!
Voy.
Entró con la taza en la mano. Tranquila. Ignacio sostenía el móvil como quien ha cazado algo vivo y no sabe soltarlo.
¿Y esto qué es? preguntó.
Carmen miró la pantalla. Luego a Ignacio. Bebió un sorbo.
Una notificación dijo.
Ya veo. ¿Y quién es ese Iván?
De la web de citas.
Pausa. De las de verdad.
¿Qué web? Ignacio saltó. ¿Tú te has inscrito ahí?
Sí.
¿Para qué?
Carmen dejó la taza en la mesilla. Miró a su marido con atención, sin enfado, algo divertida. Como quien resuelve un enigma cuyo final sospechaba.
Para comprobar tu teoría dijo.
¿Cuál teoría?
La de las mujeres de más de cincuenta. ¿Te acuerdas? ¿A quién le interesas?
Ignacio abrió la boca. La cerró. Miró de nuevo el móvilmás notificaciones estaban entrando, una tras otra.
¿Y cuántos hay? no terminó.
Cincuenta y cuatro le informó Carmen. En dos días.
Cincuenta y cuatro repitió Ignacio en voz baja. Como quien trata de vestirse con un número que no cabe.
Y algunos son más jóvenes añadió Carmen, se llevó la taza y volvió a la cocina.
Ignacio García del Castañar se quedó de pie, móvil en mano, en medio del dormitorio. Afuera era una mañana cualquiera: farola apagada, olmo pelado, gorriones chillando en el alféizar. Todo habitual. Sólo que la teoría ya no funcionaba.
Y, ahora, ni siquiera parecía un sueño.






