Cada hombre tiene sus propios secretos. Unos esconden dinero en el cajón de los calcetines. Otros inventan excusas sobre partidos del Real Madrid con los amigos. Pero Álvaro Jiménez tenía una costumbre inquebrantable: dejaba el móvil siempre boca abajo.
En la mesa de la cocina, en la mesilla de noche, en cualquier restaurante de Madrid o en la casa de sus padres en Salamanca, el móvil siempre ocultaba la pantalla.
Lola, su mujer, no se dio cuenta al principio. Solo lo notó de pasada. Después lo pensó. Luego se obligó a no pensarlo más, porque en el fondo sabía que sólo conseguiría angustiarse. Es el modo en que, a veces, una mujer se protege; dejar los miedos a un lado hasta que te arrollan como una ola en la orilla.
Su matrimonio era normal, tirando a aburrido, pero sin grandes broncas. Álvaro trabajaba, Lola también. Los fines de semana eran de compra, alguna serie española, a veces visitas. Las visitas solían ser Javier y Carmen. Javier, el mejor amigo de Álvaro desde la universidad. Carmen, su esposa, exuberante, ruidosa, con esa confianza en sí misma que a veces agotaba a Lola aunque nunca lo mostrara.
Todo era normal. Si no fuera por el móvil de Álvaro.
Lola sabía que tenía esa costumbre, y aunque le incomodaba, pensaba: Allá él, es un hombre adulto. Igual es solo manía.
Hasta que un día, en la cocina, al pasar la mano por encima para coger la sal, lo empujó sin querer. El móvil resbaló y cayó sobre la silla. Boca arriba.
Álvaro fue más rápido que ella; en un instante cubrió la pantalla con la mano.
Lo siento dijo Lola.
Tranquila respondió él.
Ambos fingieron que no había pasado nada. Porque así se hace cuando pasa algo grave.
Lola era una mujer inteligente. Y quizás eso era su mayor problema.
Una mujer inteligente no monta una escena por un móvil. Observa, compara, hace cuentas en su cabeza. Tabla de hechos, tabla de excusas. Y mientras las excusas valen mínimamente la pena, la mujer inteligente calla.
Lola calló meses enteros. Su tabla ya no admitía más líneas.
Hecho uno: Álvaro empezó a llegar tarde del trabajo. Antes, como muy tarde a las ocho. Ahora, las nueve, las nueve y media, una vez incluso a las once. Las explicaciones siempre eran del manual: Cierre de trimestre, informe, cliente de Barcelona.
Hecho dos: se volvió distraído, ausente. Miraba la televisión y no veía nada. Respondía tras una pausa, como si tuviera mala señal.
Hecho tres: se ponía tenso cuando llamaba Javier.
Ese detalle era curioso. Javier, su mejor amigo, veinte años de amistad, siempre cogía el teléfono encantado, a veces se iba a la cocina y charlaba media hora. Últimamente, el rostro de Álvaro cambiaba apenas sonaba la llamada. No mucho, pero Lola lo notaba.
Un día le preguntó.
¿Todo bien con Javier?
Sí, claro. ¿Por?
Pareces raro cuando te llama.
Te lo imaginas dijo él, cogiendo el móvil.
Carmen, esposa de Javier, llamó un miércoles por la noche. Sin motivo, solo por charlar. A veces lo hacían, una taza de té y conversación trivial. Carmen era de esas que ríe a carcajadas en cualquier terraza, y nunca se aburre en una cola.
¿Cómo vais, Lola? preguntó Carmen.
Bien. Álvaro otra vez se ha quedado en el trabajo.
Bueno, el trabajo es el trabajo dijo Carmen, demasiado ligera.
La semana siguiente, se reunieron los cuatro el viernes, como siempre, en casa de Lola. Javier y Carmen trajeron vino Ribera y una tarta, Álvaro estaba en la cocina intentando mostrarse contento mientras asaba carne. Lola ponía la mesa y observaba.
Era evidente que algo raro pasaba entre Carmen y Álvaro.
Solían bromear con todos; ahora apenas cruzaron comentarios.
Javier bebía vino y hablaba de la oficina, voz tranquila, ojos agotados. Lola pensó: ¿Él lo sabe? ¿Lo sospecha? ¿Se lo imagina y finge no ver nada? ¿O es solo cosa mía?
¿Por qué estás tan callada? le susurró Álvaro cuando se quedaron a solas.
Estoy cansada.
Acuéstate antes.
Sí musitó Lola.
Se tumbó mirando el techo. Tras la pared, el televisor murmuraba bajo, Álvaro no entraba aún. El móvil, como siempre, reposaba en la mesilla, boca abajo.
Lola se giró hacia la pared.
Seguía intentando convencerse con excusas.
El sábado, Álvaro le dijo que debía ir a pasar la ITV del coche. Tres horas fuera, calculó.
Lola tomó café, hojeó una novela, luego se puso a limpiar. Aspirador, bayeta, ordenar un poco en la estantería. Al llegar al salón, lo vio.
El móvil, sobre el cojín, boca arriba.
Olvidado.
En tres años Álvaro jamás olvidó el móvil. Podía dejarse las llaves, la cartera, incluso una vez se fue sin chaqueta en pleno noviembre, pero el móvil, jamás.
Lola se detuvo, bayeta en mano.
La pantalla brillaba. Sin más, brillaba.
Dejó la bayeta. Se acercó.
Había una notificación. Pocas palabras. Lola nunca leía mensajes de su marido. No porque confiara ciegamente, simplemente era su manera de entender una pareja: cada uno con su espacio. Era principio sagrado para ella. Buen principio. Cómodo para todos, menos para una misma.
No leyó el mensaje.
Pero sí vio la foto del contacto.
Un pequeño círculo, el típico avatar del WhatsApp. Un rostro de mujer, pelo oscuro, sonrisa clara.
Conocía demasiado bien esa sonrisa. Carmen.
Permaneció inmóvil, mirando el pequeño rostro de Carmen. Un segundo, dos, cinco. La pantalla se apagó. Lola ni pestañeó.
Fue a la cocina. Llenó un vaso de agua.
Carmen. Esposa de Javier. Amiga solo en la medida en que se puede ser amiga de la mujer del amigo de tu marido. Alguien con quien compartes algunos viernes, sabes de su alergia al marisco, del cumpleaños el veintitrés de abril. Siempre le compraban regalo con Álvaro.
El año pasado también.
Regresó al salón. El móvil se había encendido de nuevo: otro mensaje. Pantalla iluminada, otra notificación. Se apagó. No leyó esa tampoco.
Sabía que si lo leía, todo cambiaría para siempre. Mientras no lo hiciera, había una remota posibilidad de inocencia; podía ser una tontería, una felicitación, algo de Javier. Error de contacto, aunque en WhatsApp no se falla con los nombres.
Pero Lola sabía que no.
Se sentó junto al teléfono en el sofá. Lo miró. El móvil callaba, como un testigo mudo que lleva demasiado tiempo observando.
En su mente empezaron a encajar las piezas: las tardes fuera, la mirada perdida, el gesto hosco cuando llamaba Javier. Aquella cena en la que Carmen y Álvaro casi no hablaron, lo vio entonces raro. Y la vez que Carmen excusó las ausencias de Álvaro demasiado rápido.
Ya lo sabía. Carmen lo sabía porque era la razón de todo.
Lola se sentó, notando como, por dentro, algo se recolocaba despacio.
Javier, su mejor amigo de dos décadas.
¿De verdad no se habría dado cuenta? ¿O sí? ¿O hacía como ella, callaba porque sabía demasiado?
Sonó la puerta del portal; pasos en la escalera.
Álvaro volvió antes de lo previsto. Tal vez la ITV fue rápida. Quizá recordó el móvil olvidado.
Lola no se movió. Siguió en el sofá.
Álvaro entró, la vio, luego vio el móvil junto a ella. Su cara cambió apenas un suspiro, pero Lola llevaba meses aprendiendo a leerle.
Me lo he dejado dijo, mirando el móvil. Como si no pasara nada.
Ya veo respondió Lola.
Se levantó y fue a la cocina. Tomó el segundo vaso de agua que nadie había tocado y lo consumió de un trago.
Detrás, silencio.
Lola llamó Álvaro.
Ahora no respondió ella sin variar el tono. No estoy lista aún.
Y era cierto. No estaba lista para hablar, ni para llorar, ni para preguntas que no traían ya ninguna respuesta. Solo estaba lista para aceptar lo mucho que ya sabía.
La conversación llegó el domingo. Sin gritos, ni portazos, ni el drama que Lola tanto temía imaginar. Se sentaron en la cocina. Álvaro rompió el silencio, incapaz de aguantar más.
No sé cómo explicarlo intentó.
No hace falta dijo Lola. Me ha bastado ver la foto de perfil.
Él guardó silencio mucho rato. Luego preguntó:
¿Lo sabías?
Lo sospechaba. Me he inventado todo tipo de justificaciones.
¿Y ahora qué?
No sé qué harás tú ahora. Yo voy a pensar en el divorcio.
Carmen lo supo esa misma noche; Lola la llamó. Fue la conversación más expeditiva de su vida.
Carmen, lo sé. No hace falta que digas nada. A Javier cuéntaselo si quieres, es cosa tuya. Pero no vuelvas a llamarme.
En la línea fue todo silencio. Luego un Lola… suave, y ella colgó.
Javier lo supo al día siguiente. No preguntó cómo ni quiso saberlo Lola. Solo notó que Álvaro llegó a casa ceñudo, se sentó en el sillón, miró al vacío, y al fin dijo:
Javier ha llamado.
Está claro repuso Lola.
No había nada más que decir.
Tres años de matrimonio. Veinte de amistad. Un avatar con sonrisa ajena, y dos hogares cayendo como casas de naipes. Silenciosos, casi respetuosos, sin escenas.
Una semana más tarde, Lola hacía las maletas. Libros, ropa, algunos cacharros de cocina que ya eran suyos de antes. Álvaro estaba en la habitación de al lado, cambiando de postura en el sillón.
Al cruzar la puerta, Lola se detuvo. El móvil seguía en la mesa.
Boca abajo.
Salió y cerró la puerta.




