Mira, te tengo que contar algo de la familia de mi amiga Lucía, que ha pasado de todo, y no sé cómo explicártelo sin emocionarme. Su padrastro, Miguel, la verdad es que nunca les trató mal, no les negaba un plato de comida ni les echaba en cara los estudios, sólo se ponía hecho una furia cuando Lucía volvía más tarde de lo normal.
¡Tu madre me pidió que te vigilara! le gritaba Miguel, mientras Lucía intentaba decirle que ya era mayor de edad. ¡Y sé mejor que tú lo que puedes hacer y lo que no! ¡Mayor de edad dice! ¿Te crees que por tener el título de bachiller ya puedes con todo? Busca un trabajo de verdad y luego hablamos de ser adulta.
Cuando ya se le pasaba el enfado, Miguel hablaba más tranquilo:
Ese chico te va a dejar, Lucía, ya verás. ¿No he visto yo quién te recoge? Buena pinta, coche caro ¿para qué quiere alguien así a una chica normalucha como tú? Luego llorarás, acuérdate de mis palabras.
Pero Lucía no le hacía caso. O sea, Rodrigo sí era guapo y estudiaba en la universidad, en una privada, pero Lucía también hubiese querido estudiar ahí, sólo que no le dieron plaza y el ciclo formativo al que entró no le gustó nada. Así que trabajaba repartiendo flyers y llevando periódicos, mientras se preparaba para los exámenes del siguiente año. Ahí fue donde conoció a Rodrigo. Le dio un folleto, él cogió uno, luego dos, luego tres y de repente suelta:
Oye, chica, ¿qué te parece si me das todos los flyers y nos vienes a tomar algo al café con nosotros?
No me preguntes qué le pasó a Lucía, pero aceptó. Ya era experta y no tiró los papeles por ahí, los metió en la mochila y a la vuelta los tiró al contenedor.
En el café, Rodrigo la presentó a sus amigos y le invitó a pizza y helado. Ella y su hermana pequeña, Alba, sólo comían esas cosas en cumpleaños, nunca tenían dinero para más, y Miguel no les dejaba gastar la pensión por si pasaba algo. En realidad él sí tenía buen sueldo, pero gastaba la mitad en su coche, que siempre se averiaba, y el resto se le iba en el bingo. Lucía no se quejaba, bastante era que no las hubiera echado del piso, que era suyo; tuvieron que vender el de su madre cuando ella enfermó. Claro que le apetecía un chocolate, una pizza, un refresco, pero si conseguía algo lo compartía solo con Alba. Allí en el café le pidió a Rodrigo un trozo de pizza para llevar, para su hermana, y él se quedó todo sorprendido. Al final, le compró una pizza entera para Alba y una súper tableta de chocolate con avellanas.
Miguel estaba equivocado, Rodrigo era majo de verdad. Lucía se sentía pequeña a su lado y se puso a estudiar más duro, logró trabajo de cajera en un supermercado, donde cobraba bien y por fin pudo comprarse unos vaqueros decentes y cortarse el pelo en una peluquería de verdad, para que Rodrigo estuviera orgulloso de ella.
Cuando Rodrigo le propuso ir a la casa de campo, Lucía ya se olía lo que iba a pasar y, la verdad, no se asustó, que ya no era una niña. Se gustaban los dos. Temía que Miguel no la dejase, pero él también empezó a volver tarde a casa, y a veces ni venía. Lucía sabía dónde estaba, que lo veía con la enfermera del centro de salud, Carmen, que llevaba tiempo resistiéndose, pero al final acabaron juntos. Carmen no quería jaleos con un hombre que tenía dos hijas de otro matrimonio, y aunque ya estuvo casada y se divorció, terminó por caer ante los encantos torpes de Miguel.
A Lucía eso le venía de lujo, aunque Alba se puso a llorar cuando supo que pasaría la noche sola, pero Lucía le solucionó con una chocolatina, unas patatas y un refresco, y Alba se conformó.
Lucía se enteró muy tarde de que estaba embarazada, porque siempre fue irregular y nunca le explicaron cómo manejar el tema. Fue Ana Belén, otra cajera, la que en broma le dijo:
¿Y tú qué, que tienes una cara tan luminosa y estás más redondita? ¿No estarás embarazada?
Después de reírse, Lucía se compró un test. Cuando vio las dos rayas, pensó que no podía ser cierto. Rodrigo se lo tomó mal, dijo que era un mal momento y le dio dinero para el médico. Lucía pasó la noche llorando, fue al médico y resulta que ya llevaba dieciséis semanas. Se había quedado embarazada, justo en aquella escapada a la casa de campo, y ella pensaba que la primera vez nunca pasaba.
Pudo ocultarlo un tiempo, pero luego la tripa creció a toda velocidad y tocó contarlo. Miguel montó en cólera:
¿Y ese chico? ¿Piensa casarse contigo?
Lucía bajo la vista. Rodrigo llevaba un mes desaparecido, desde que supo que ella no podía abortar, no volvió a dar señales.
Lo sabía, dijo Miguel. Ya te lo advertí.
Tardó en decidir qué hacer, seguro que consultó con Carmen, porque luego dijo:
Ya que ha pasado, tendrás que tener el niño, pero lo dejamos en el hospital. No puedo con otro boca más. Y te aviso, me caso con Carmen y va a tener mellizos. Tres bebés en casa, imposible.
¿Va a vivir aquí? preguntó Lucía.
Claro, ya es mi mujer. ¿Dónde quieres que esté?
Parece una broma, ¿verdad? Pero Miguel no estaba de guasa. Lo repetía cada día, amenazando con echarlas si Lucía aparecía con el bebé. Lucía sabía que repetía las palabras de Carmen, pero no cambiaba nada. No podía dejar a su hija.
Tranquila, dijo Carmen. Esos bebés se los llevan rápido, alguien los adopta y les da amor.
Lucía lloraba, llamaba a Rodrigo, pensaba dónde podrían vivir con Alba y el bebé y no encontraba salida. Un día, Ana Belén vio a una pareja vestida de negro en la caja y comentó:
Llevo años viéndoles de luto, toda la vida dedicada al duelo podrían haber adoptado o tenido otro hijo.
Lucía conocía a esa pareja de vista. Él era médico y ella profesora de inglés, educados y amables, aunque siempre algo tristes. No sabía lo que les había pasado hasta que Ana Belén le contó la historia: su hija murió en accidente de autocar, los niños iban de excursión y el conductor se quedó dormido. Desde entonces, mucha gente les llevó angelitos de cerámica, porque la niña llevaba uno el día del accidente. Aquello no les hizo daño, al contrario, parecía que les ayudaba.
Lucía recordó una peli donde una chica daba a su bebé a una pareja sin hijos. No es que pensara que ellos quisieran adoptar, pero no podía dejar de pensar en ellos. Estaba ya de ocho meses, seguía trabajando para no perder el puesto, cuando la pareja se plantó en la caja y él le dijo:
Chica, deberías estar ya de baja maternal, que vas a dar a luz entre los packs de arroz.
Nunca nadie le había preguntado cómo estaba, excepto la médica del centro. Aquella preocupación le conmovió tanto que casi llora ahí mismo.
Después de un par de días, cuando iba cargada de bolsas rumbo a casa, ese hombre la alcanzó y le ayudó. Lucía se sintió incómoda pero a la vez muy agradecida. Era buena gente.
Entre los escaparates vio un angelito en oferta, era verano y debían sobrar, y lo compró. Luego, pidió la dirección a Ana Belén y se fue allí.
Cuando llamó al timbre se asustó, igual ya era raro llevarles otro angelito. Le abrió la puerta la mujer, y nada más verla, Lucía le dio el figurita, sin levantar la cabeza, temiendo que le cerrara la puerta.
Pero no lo hizo. La mujer sonrió, cogió el angelito y dijo:
Pasa, ¿quieres un té?
Con el té, Lucía escuchó su historia de nuevo, esta vez de sus labios, y fue todavía más dura.
¿Por qué no tuvisteis más hijos? preguntó Lucía, apenas susurrando.
Tuve un parto muy complicado. Tuvieron que operarme y ya no podía tener hijos.
Se sintió fatal por meterse en su vida, quería preguntar por la adopción pero no se atrevía. La mujer lo adivinó:
Pensamos en adoptar, hicimos hasta el curso de padres adoptivos. Pero al final, no pude. Pedí una señal a mi hija, pero no llegó nada. Nada.
En ese momento se oyó el golpe de un vaso rompiéndose. Las dos se levantaron. Lucía esperaba encontrar una sala oscura llena de velas y fotos, pero sólo había una foto y muchos angelitos de cerámica. Uno estaba en el suelo, hecho añicos. La mujer sostuvo los trozos mucho rato y al final murmuró:
Es el de mi hija, el que llevaba ese día.
Lucía sintió el corazón saltar en el pecho. ¿No era aquello una señal?
Y así, Lucía tuvo a la niña a término. Carmen ya vivía con ellas y también tuvo a los mellizos, prematuros; los dos seguían en el hospital, ya les habían comprado sus camitas, preciosas, con colchón de coco. Nadie pensaba comprar nada para la bebé de Lucía, que iba a quedarse allí. Solo Alba preguntaba:
¿No podemos esconderla? Para que no sepan que está aquí, yo te ayudo.
Eso le rompía el corazón, aunque delante de Alba se aguantaba las lágrimas.
La carta la preparó con tiempo. Explicó que no podía quedarse con la niña, que estaba sana, que no se preocuparan. Recordó la señal del angelito roto. En el sobre metió todo el dinero que tenía ahorrado, su pensión; pensó que sería suficiente, que eran buena gente.
Le dieron el alta por la mañana, pero dejar a la niña en pleno día le parecía imposible. Se pasó todo el día en un centro comercial y cuando cerraron, se quedó otra hora sentada fuera. Cuando cayó la noche, entró en el portal aprovechando que salía un señor con perro.
Llevaba la niña en una mochila especial, comprada por ella y que Ana Belén llevó al hospital. La dejó en el portal, metió el sobre con la carta y el dinero entre las mantas, y justo cuando iba a llamar al timbre y salir corriendo, la puerta se abrió. Apareció el padre de la niña muerta.
¿Qué haces aquí parada?
Lucía se sobresaltó. Él vio la mochila.
¿Pero eso qué es?
Lucía no pudo contenerse y lo contó todo: lo de Rodrigo que la dejó, lo de Miguel que llevaba siete años manteniéndolas y ahora tenía sus propios bebés, lo de Carmen que le hacía escribir la renuncia. Él la escuchó, y después le dijo:
Isabel ya está dormida. Hablamos mañana. Vente, te preparo un sitio en el salón.
Dormir rodeada de angelitos le pareció extraño, pero se quedó frita con la bebé abrazada.
Al despertar sintió una ausencia que casi la ahogó. No estaba la niña. En ese instante supo que no podría separarse de ella jamás. Se lanzó a buscarla, pero en ese momento entró Isabel con la niña en brazos.
Toma, sonrió. Dale de comer, que yo la he acunado, pero no aguanta mucho.
Lucía, mientras alimentaba a su hija, no se atrevía a mirar a Isabel. ¿Y si ya habían decidido adoptarla? ¿Cómo iba a decir que se había arrepentido?
¿Cuántos años tiene tu hermana? preguntó de repente Isabel.
Doce, contestó, desconcertada.
¿Crees que querría venir a vivir con nosotros?
Lucía levantó la mirada, alucinada.
¿Cómo dices?
Alejandro me ha contado todo. Que no tenéis dónde ir, que Miguel te echa. Si Alba se queda ahí, acabarán haciendo de ella la criada. Mejor que venga también.
¿Cómo que también? preguntó Lucía, tartamudeando.
Isabel señaló el angelito, pegado y medio roto, junto a la foto de su hija.
Yo creo que eso fue una señal. Que tenemos que ayudarte. Aquí hay espacio, mudaros con nosotros. Te echaré una mano con la niña. Y deja esas tonterías. Una madre no debe separarse de su hija.
Lucía sintió una alegría inmensa y una vergüenza que le sonrojó.
¿Qué dices, aceptas?
Lucía asintió, escondiendo la cara en la manta de su bebé, para que Isabel no la viera llorarLucía apretó fuerte a su hija contra el pecho, como si fuera la llave secreta de su nueva vida. No podía decir palabra, solo miraba a Isabel, tratando de encontrar un truco, alguna condición oculta. Pero no lo había. Era sencillo: le estaban abriendo la puerta, por fin, a una casa donde pudiera contar sus sueños, llorar sin miedo y reír con ganas.
Claro que acepto murmuró al fin, y la voz le tembló con tanta emoción que Isabel se acercó y la abrazó.
Ese mismo día, con el sol iluminando la sala y los angelitos reflejando destellos, Lucía llamó a Alba. Le contó todo, le prometió noches de pizza y tardes de helado, y sobre todo que jamás volverían a separarlas. Alba, entre saltos y lágrimas de alegría, comenzó a hacer la maleta.
A la semana las tres estaban instaladas en el piso bonito, entre fotos, peluches y un olor a bizcocho recién hecho. Isabel y Alejandro no solo les dieron una habitación, les regalaron una familia. Los domingos iban juntas al parque y, al volver, Lucía notaba que el hueco en el corazón se había llenado. Y cuando Alba preguntaba por Miguel o Carmen, Lucía solo sonreía y le decía:
Aquí estamos mejor. Aquí, sí que nos cuidan.
A veces, Lucía encontraba el angelito pegado y roto en la estantería, y recordaba el miedo. Pero también la fuerza, la gratitud y la esperanza que le habían llevado hasta allí.
Y así, entre días nuevos y secretos reparados, Lucía entendió que, aunque todo pareciera perdido, los milagros también llegan, disfrazados de gente buena, de palabras sencillas y de señales en los lugares más inesperados.






