Diario de Carmen Ruiz González 14 de abril
Nunca imaginé que la jubilación sería una trampa tan bien disfrazada de celebración. El viernes pasado, mis compañeros del instituto organizaron una pequeña fiesta: trajeron una tarta de nata y fresa muy bonita, y me regalaron un ramo de claveles junto a una tarjeta firmada por todos, incluso por el conserje Fernando, que jamás acertó con mi nombre en todos estos años pero hoy parecía realmente emocionado. Sonreí, comí un poco de tarta, fingí alegría Todo marchaba según el guion.
El domingo por la noche, mi hija Laura llamó por teléfono.
Mamá, hemos estado hablando Pablo y yo. Ahora que te has jubilado, tienes mucho tiempo libre, ¿verdad?
Bueno, sí en principio respondí despacio, notando dentro de mí un clic suave, casi imperceptible.
¡Genial! Entonces podrías ir a recoger a los niños al cole y quedarte con ellos hasta que lleguemos a casa.
¿Cada día? pregunté, buscando confirmar.
Pues claro, mamá, si ya no tienes nada que hacer en casa
Esa frase si ya no tienes nada que hacer en casa fue dicha con ese tono que implica no tienes ninguna responsabilidad. Le dije que sí, y noté como algo empezaba a hervir dentro de mí, despacito, por la zona del estómago.
El caso es que ese lunes tenía pensado por fin estrenar mi inscripción en clases de sevillanas para adultos. Las había reservado en una academia de la calle Mayor, lo pagué con antelación y llevaba soñando con esto desde que vi, hace dos años, a una señora mayor, erguida y con un andar ligero, cruzar la plaza de la Virgen. Me enamoré de esa imagen. Quería sentirme así.
Pero el lunes fui al colegio a por los niños.
Natalia, nada más llegar, me pidió una trenza como las de Elsa. Diego tiró zumo de naranja sobre la alfombra, blanca, por supuesto. Al llegar la noche, sentía el cuerpo igual que esos libros de texto a finales de septiembre: deslucida, con las esquinas dobladas.
Laura vino a recogerlos alrededor de las ocho, me dio un beso en la mejilla y exclamó:
¡Eres un sol, mamá! ¡Gracias!
Claro, un sol, pensé al cerrar la puerta sin mucho entusiasmo.
Esto se repitió durante tres semanas. Puede que tres semanas no sea mucho depende de para quién. Para una mudanza, no es nada; para una dieta, tampoco. Pero para darse cuenta de que simplemente te están usando, sin mala intención, claro, es más que suficiente.
Ya era rutina. Laura llamaba por la mañana, con el tono animado de quien tiene todo bajo control:
Mamá, ¿vas hoy tú?
No era una pregunta. Era una notificación, tipo saldo descontado del banco.
Yo decía sí, por puro hábito arraigado tras sesenta y tres años de no querer dar problemas. Una costumbre práctica para cualquiera menos para mí.
Tuve que cancelar las clases de sevillanas. Llamé a la academia, expliqué que quizá retomaría más adelante. La administradora me aseguró que la reserva se mantendría hasta final de mes. El mes pasó. No retomé nada.
Luego cancelé la cita de cine con mi amiga Lucía, excompañera de francés jubilada antes que yo. Ahora hace senderismo y prepara mermeladas de grosellas. Iba a ser divertido… Una comedia francesa, incluso tenía ganas. Fue imposible.
No te preocupes me dijo Lucía, la próxima vez será.
La próxima vez. Esas palabras siempre suenan a nunca.
Todos los días iguales. Recoger a los niños, aguantar que Natalia exigiera atención continuo y que Diego tratara de desafiar todas las leyes físicas. Terminaba agotada: dolor de cabeza y de lumbar. Pasadas las ocho, la soledad de mi salón me dejaba pensando: Algo no encaja. Pero no lograba ver qué.
Hasta que la pista llegó de la tele. Un programa de entrevistas, una señora mayor declaró: He vivido para los demás toda mi vida. Y sólo con sesenta años entendí que tenía derecho a vivir por y para mí.
Me atrapé mirando la pantalla.
Qué curioso murmuré.
Saqué entonces mi hoja con el horario de la academia de sevillanas. La temporada acababa a finales de abril. Quedaba mes y medio. Todavía era posible, si realmente lo quería.
Sí, lo quería.
Al día siguiente, llamé. Me apunté y puse el horario visible, bajo un imán con la catedral de Burgos en mi nevera. Llamé a Lucía: el sábado que viene, al cine.
¡Hecho! contestó ella entusiasmada.
Y así, tan sencillamente, dos llamadas bastaron para recuperar algo mío.
El domingo me fui a pasear sola. Sin nietos, sin prisas. Recorrí el Paseo del Prado, tomé un café en una terraza mirando el río Manzanares. En la mesa de al lado, una pareja de mi edad reía bajito por cualquier cosa suya. Pensé que la jubilación no es el final. Simplemente, otro principio. La vida ya no es un informe pendiente; ahora, es mía.
El lunes volví a por los niños.
Laura, esa tarde, notó algo.
¿Estás contenta, mamá?
Simplemente tengo buen ánimo respondí.
Ah y no le dio importancia.
Error.
El viernes por la noche volvió a sonar el teléfono. Voz despreocupada, cero remordimientos:
Mamá, Pablo y yo nos vamos tres días a Valencia la semana que viene. Necesitamos descansar. ¿Te puedes quedar con los niños?
Justo esos días, yo ya tenía pagado un viaje a Salamanca con Lucía y dos amigas más. Hotel con desayuno, guía turístico, visita al monasterio y cata de hornazo. Ya todo impreso y listo.
Miré el móvil, luego el horario bajo el imán, luego la reserva del viaje. Allí estaban, ambos papeles: pequeños aliados en silencio.
Lo que llevaba semanas gestándose en mi interior, al fin alcanzó su punto de ebullición.
No contesté enseguida.
Soleía decir: Sí. O bueno. O qué remedio. Tres salidas posibles, conversación cerrada. Pero esta vez, guardé silencio. Tres segundos. En teléfono, tres segundos son una eternidad.
Laura No puedo.
Silencio.
¿Cómo dices? preguntó Laura. No enfadada, sólo perpleja.
Ya tengo reservado un viaje esos días. Salamanca. Con Lucía.
Silencio otra vez.
¿Vas en serio?
Muy en serio.
Mamá, pero Si ya estás jubilada, deberías estar con tus nietos dijo Laura, segura, como si fuera obvio. El mundo es así: una abuela jubilada cuida nietos. ¿Acaso hay discusión?
Guardé otro instante de pausa.
Laura, soy abuela. No soy niñera gratuita.
¿Cómo?
Lo que has oído.
Mamá, sabes bien que trabajamos. Que contamos contigo.
Lo sé respondí con tranquilidad. Y os he ayudado. ¿No valen tres semanas de ayuda todos los días?
Pero si tú ya estás en casa
Otra vez la misma frase.
Laura, viví treinta y cinco años sólo por ti. Sola, sin ayudas ni vacaciones. No me quejo, fue mi elección. Pero ahora quiero disfrutar un poco.
No esperaba mi respuesta.
Eso es egoísta.
Llámalo como quieras le respondí, y colgué.
Ni yo misma creía lo que acababa de hacer.
Dejé el móvil sobre la mesa, preparé un té y me senté junto a la ventana.
A los veinte minutos, volvió a llamar.
Mamá ¿Sabes que ahora no tenemos claro qué hacer?
Lo entiendo. Yo tampoco lo tenía claro a vuestra edad. Pero salí adelante.
¡No es lo mismo!
¿Por qué?
No supo o no quiso responder. O tal vez daba vergüenza decirlo en voz alta.
Pero mamá ya estás jubilada ¿A qué vas a dedicarte entonces?
A lo que quiera. A bailar. A viajar. A tomar café mirando el río. Al cine francés. O a mirar por la ventana. Es mi derecho. Tú no me entierras tus fines de semana.
Yo trabajo.
Treinta años también trabajé yo.
Silencio largo.
Mamá, has cambiado.
Sí, lo sé. Un poco tarde, pero más vale tarde.
No te entiendo.
Ya lo harás.
Colgamos. Sin adiós, mamá, sin te quiero. Un mero hasta luego de personas desconocidas al encontrarse en un ascensor.
Me quedé mirando la calle mucho rato, desconectada de todo, sin pensar ni en nietos, ni en Laura, ni en si estaba haciendo lo correcto.
Luego escribí un mensaje breve a Lucía: Vamos. Confirma hotel.
La respuesta llegó en un minuto y tres signos de exclamación.
¡Genial!!!
Sonreí. Afuera, abril desplegaba sus brotes tiernos en los plátanos de sombra, deprisa, alegremente, sin mirar atrás.
Como si también dijese: ya basta, hay que vivir.
Laura no llamó durante cuatro días.
En ese tiempo, me recorrí Salamanca, probé el hornazo a pequeños sorbos, saqué fotos a las torres, y reí con Lucía por cosas tan insignificantes que sólo hacen gracia si has soltado lastre y no tienes prisa por llegar a ningún lado.
Volví a casa el domingo por la tarde.
El lunes Laura me llamó. Ella. Hablaba despacio, con pausas, como quien ha ensayado el discurso y aún así duda.
Mamá, creo que no tenía razón. Claro que tienes tu derecho a vivir tu vida.
Me alegra que lo entiendas.
Es que siempre hemos dado por hecho que tú…
Lo sé. En parte es culpa mía.
Silencio.
Mamá, ¿me ayudarás algunos días? No cada día, sólo cuando puedas.
Cuando pueda, sí, con mucho gusto le aseguré. Mis nietos son mi debilidad. Pero a veces no es lo mismo que siempre, porque total estás en casa.
No, claro. No es lo mismo reconoció, suave.
Ahora recojo a mis nietos los viernes. Por decisión propia. Disfrutamos haciendo croquetas, viendo dibujos, y a veces les hablo de Salamanca, de catedrales doradas y del hornazo dulce si se elige bien.
Y los martes, voy a clases de sevillanas.
Natalia y Diego ya cuentan en el cole que su abuela baila. Y se les nota el orgullo. Una abuela bailarina es mucho mejor que una abuela que siempre está en casa.





