Sin el hay que
Ramiro abrió la puerta y, de repente, se halló en una cocina como de otro mundo: tres platos con restos secos de espaguetis parpadeaban sobre la mesa, un vaso de yogur volcado se deslizaba lentamente hacia el borde, y una libreta cuadriculada esperaba abierta, como un pasillo sin final. La mochila de Mateo yacía atrapada en el pasillo, mientras que Lucía se hundía en el sofá, absorbida por la luz azul de su móvil.
Dejó el maletín en el suelo, se quitó los zapatos despacio. La tentación de nombrar los platos era un lago espeso en la garganta, pero solo se acercó flotando a la mesa y cogió uno de los platos, llevándolo hasta el fregadero.
Papá, que ahora los lavo yo murmuró Lucía, sus ojos pegados a la pantalla.
Vale.
Ramiro abrió el grifo, el agua empezó a cantar. Los espaguetis se disolvían, deslizándose por la rendija, viajando quién sabe si a alguna plaza de Granada bajo la ciudad. Apagó el agua y se quedó allí, mirando los platos mojados como quien busca algo entre las nubes.
Luci, ¿y Mateo?
En su cuarto. Está con las mates.
¿Y tú?
Todo hecho.
Secó sus manos en el trapo, cruzó la estepa del pasillo. Mateo estaba tirado en la alfombra, con una mano apoyando la cabeza. En la libreta, apenas un ejemplo entero y medio.
Hola susurró Ramiro.
Hola respondió el eco.
¿Cómo va todo?
Normal.
¿Los deberes?
Haciendo.
Ramiro se sentó en el borde de la cama, vaya uno a saber si era en el borde del mundo. Mateo levantó la vista fugazmente, luego volvió a sumergirse en la página.
Papá, ¿pasó algo?
No lo sé admitió Ramiro. Creo que estoy agotado.
Y no lo sabía. Por la mañana, su madre le había llamado desde Salamanca pidiéndole ayuda con el armario, después el jefe se había alargado hasta las ocho, y después el metro, donde cuerpos apretados, aromas de otra vida, la puerta cerca de la mejilla. Ahora, sentado en la habitación azul de Mateo, no sentía ganas de hablar de platos, ni de deberes, ni del orden como obligación flotante. No quería transformarse en una función más, en algo que se activa con la llave.
Oye, ¿qué tal si nos juntamos en la cocina? propuso, palabras como burbujas.
¿Para qué?
Hablar, simplemente.
Mateo arrugó la cara.
¿Otra vez por la nota de lengua?
No, nada de eso.
Papá, aún no terminé los deberes.
Luego los terminas. Son cinco minutos.
Ramiro se levantó; la luz, un faro antiguo. Llamó a Lucía, que levantó la mirada de sopetón, con una mueca de fastidio.
¿En serio?
En serio.
Dejó el móvil sobre el sofá y lo siguió. Mateo apareció en el umbral de la cocina, como si la puerta picara.
Ramiro se sentó y corrió la libreta a un lado. Lucía se sentó enfrente; Mateo se quedó justo en el filo de la silla, medio en el suelo, medio en el aire.
¿Qué pasa? preguntó Lucía.
Nada ha pasado.
¿Entonces?
Ramiro los miró uno por uno. Mateo tenía los ojos apretados, esperando quizá una tormenta.
Solo quiero hablar dijo Ramiro, las palabras flotando. Hablar de verdad, sin los hay que hacer los deberes, hay que fregar los platos, todo eso.
¿O sea que los platos se pueden dejar? preguntó Mateo, con cuidado.
Los fregamos después. Estoy hablando de otra cosa.
Lucía cruzó los brazos como quien abraza un secreto.
Hoy estás raro acusó.
Sí, estoy raro asintió Ramiro. Supongo que cansa fingir que todo es normal.
El silencio era de terciopelo. Buscaba palabras entre las sombras.
No sé cómo decirlo empezó. Pero me parece que todos estamos interpretando un papel. Yo llego, vosotros hacéis que todo va bien y yo hago que lo creo. Hablamos de clase, de comida, pero en realidad no decimos nada.
Papá, nos estás agobiando dijo Lucía bajito. ¿Por qué?
No lo sé. Tal vez porque siento que no llego, me da miedo que tampoco podáis y, ni siquiera, sé de qué se trata.
Mateo frunció el ceño.
Yo sí que puedo.
¿Seguro? Ramiro le miró. ¿Por qué entonces estas dos semanas duermes después de medianoche?
Mateo guardó silencio, mirando el mantel inventado.
Escucho cómo te das vueltas continuó Ramiro. Y por la mañana, pones cara de haber peleado con el tiempo toda la noche.
No tengo ganas de dormir, eso es todo.
Mateo.
¿Qué Mateo? respondió, a la defensiva.
Dime lo que pasa de verdad.
Mateo se encogió de hombros, evitó los ojos de todos.
En el cole normal. Los deberes también. ¿Qué más?
Lucía intervino:
Papá, tampoco le interrogues tanto.
No estoy interrogando, intento entender.
Pero no quiere contarlo. Tiene derecho.
Ramiro la miró.
Vale. Entonces dime tú cómo vas.
Levantó una sonrisa que era más bien un suspiro.
¿Yo? Muy bien. Estudio, hablo con amigas, lo que toca.
Luci.
Ella calló, apartó la vista.
¿Sí?
Llevas un mes sin salir apenas de casa. Tus amigas te han llamado dos veces y has dicho que no.
¿Y qué? No me apetecía.
¿Por qué?
Apretó los labios.
Porque me cansan, porque solo hablan de chicos y chorradas. ¿Vale?
Vale dijo Ramiro. Pero parece que estás triste.
Sacudió la cabeza, como espantando un pájaro invisible.
No lo estoy.
Está bien.
El silencio fue de algodón. El frigorífico palpaba el aire con su rumor.
Mirad pronunció Ramiro muy lento: ahora no quiero educar. Ni que me tranquilicéis. Solo deciros la verdad: tengo miedo. Todos los días. Miedo de que el dinero no alcance, de que abuelo enferme y no lo diga, de que me despidan, de que os pasen cosas y yo no lo note, ocupado solo en mí. Y estoy harto de fingir que todo lo controlo.
Lucía parpadeó, le miró distinta.
Pero si eres adulto musitó, deberías poder con todo.
Ya lo sé. Pero a veces no puedo.
Mateo levantó la cabeza.
¿Y qué pasa si no puedes?
No lo sé admitió Ramiro. Quizás tenga que pedir ayuda.
¿A quién?
A vosotros, por ejemplo.
Mateo lo miró con un nudo en la frente.
Pero somos niños.
Lo sois, claro. Pero también sois parte de esto, de la familia. Y a veces necesito que digáis la verdad. No todo bien, sino lo de verdad.
Lucía pasó la mano por la mesa, recogiendo migas invisibles.
¿Y para qué lo quieres saber?
Para no sentirme solo.
Le devolvió la mirada, con algo de comprensión.
Me da miedo ir al colegio soltó Mateo, de repente. Hay un chico que cada día me llama tonto. Y todos se ríen.
Un nudo de vino creció en el pecho de Ramiro.
¿Cómo se llama ese chico?
No te lo diré. Porque irás a la escuela y será peor.
No voy a ir. Te lo prometo.
Mateo le examinó, receloso.
¿De verdad?
De verdad. Pero necesito saber que no estás solo.
Mateo asintió, cabizbajo.
No lo estoy. Está Pablo, él sí es majo. Nos sentamos juntos.
Me alegro.
Lucía suspiró.
No quiero ir al instituto confesó, casi inaudible. Todos me preguntan a dónde voy a ir, y yo no tengo ni idea. Siento que no voy a ir a ningún sitio, porque no sé hacer nada bien.
Luci, tienes catorce años.
¿Y qué? Todas ya lo saben. Yo no.
No todas.
Todas las que conozco.
Se hizo el silencio.
Yo a tu edad quería ser geólogo le confesó Ramiro. Luego cambié de idea. Y otra vez. Y ahora trabajo en algo que no imaginaba.
¿Y qué tal?
Depende. A veces bien, otras no. Así es la vida: no está resuelta antes de empezar.
Lucía asintió, insegura.
Pero todos dicen que hay que decidir ya.
Lo dicen, sí convino Ramiro. Pero son sus palabras, no las tuyas.
Le miró y casi sonrió.
Hoy estás diferente.
Me he hartado de ser correcto.
Mateo se rió.
¿Puedo preguntarte algo?
Dime.
¿Tienes miedo de verdad?
Mucho.
¿Y qué haces con el miedo?
Ramiro meditó.
Me levanto y hago algo, aunque no sepa si está bien. Solo lo hago.
Mateo pareció entenderlo.
Guardaron silencio. Ramiro los contempló, sin resolver nada, sin respuestas. Pero algo había cambiado: les enseñó que era más que una función; y ellos se lo devolvieron.
Bueno dijo Lucía, levantándose. Habrá que fregar los platos.
Te ayudo dijo Mateo.
Yo también añadió Ramiro.
Se pusieron en pie. Lucía abrió el grifo, Mateo cogió el estropajo. Ramiro secaba. Trabajaron en silencio, uno nuevo, lleno de algo que antes no estaba.
Cuando el último plato descansaba en el escurreplatos, Lucía se secó las manos y miró a su padre.
Papá, ¿podemos tener otra charla así, algún día?
Cuando quieras prometió.
Ella asintió y desapareció, como agua por una grieta. Mateo dudó un momento.
Gracias por no meterte con ese chico susurró.
¿Pero si va a peor me lo cuentas?
Te lo cuento.
Venga, vamos con las mates.
Fueron a la habitación de Mateo, se sentaron juntos en la alfombra. Ramiro abrió la libreta; Mateo se acercó, y juntos resolvieron los ejercicios, sin prisa, casi como de costumbre. Pero ahora Ramiro sabía que, detrás de cada ejemplo, había un niño asustado, y que él mismo podía estar ahí no solo como el que vigila, sino también como el que teme y, sin embargo, se levanta cada día.
Era poco, pero era el principio.







