Buenas tardes, amigo. Hace poco me crucé con una mujer que paseaba por la calle acompañada de su hija pequeña, que tendría alrededor de año y medio, sin prestar atención a nada de su alrededor. Si no le hubiese llamado la atención, habría pasado por mi lado sin ni siquiera verme. Cuando me reconoció, al principio se alegró, pero enseguida volvió a mostrar un gesto extraño de indiferencia. Le pregunté si le pasaba algo y entonces, casi sin querer, me contó todo lo que le estaba ocurriendo en casa.
Se casaron enamorados. El noviazgo fue una etapa preciosa, llena de detalles y momentos de complicidad. Tras la boda, su marido realmente la llevó en brazos, como se suele decir aquí. Ambos buscaban siempre la paz y la comprensión, intentando que todo marchase bien aunque, con el tiempo, sus caminos se fueron distanciando.
Pero cuando nació su hija, todo cambió de raíz. El marido, por fin, entendió de verdad lo que supone ser padre, y la realidad es que no le hizo demasiada gracia. Él trabajaba desde casa y la niña, que era muy llorona y escandalosa, solo conseguía interrumpirle continuamente. Como suele pasar, casi toda la responsabilidad del cuidado de la niña recaía en mi amiga, aunque alguna bronca también se llevaba él de vez en cuando.
Al ver que su mujer estaba de baja por maternidad y que los ingresos familiares se habían reducido mucho, el marido empezó a aprovecharse y a dejar sobre sus hombros toda la carga del cuidado de la pequeña. Al cabo de un tiempo, le pidió que volviera al trabajo y que dejara a la niña con alguno de los abuelos.
El marido no aceptaba las explicaciones que le daba su mujer sobre por qué los abuelos no podían hacerse cargo de una niña tan pequeña, y solo pensaba en que necesitasen más dinero en casa. Valoró todas las posibilidades, incluso guarderías donde dejar a la niña a tiempo completo, con tal de no tener que ocuparse él. Desde entonces, dejó de darle dinero a su mujer para la compra y empezó a ir él mismo al supermercado, convencido de que ella gastaba los euros demasiado a la ligera y en cosas que no necesitaban.
Mi amiga empezó a salir cada vez más de casa, llevando a su hija a los parques y a las zonas de juego, para evitar estar bajo el mismo techo que su marido.
Desesperada, y con los nervios a flor de piel, me preguntó qué debía hacer. Yo no supe qué decirle. ¿Divorciarse? Ni se lo planteaba; a pesar de todo lo malo, ella le sigue queriendo y está demasiado unida a él. Además, su hija crece y no quiere que pase por un divorcio, porque prefiere que la niña tenga a sus dos padres juntos. También está cansada de que la culpe constantemente por no traer dinero a casa, cuando en realidad la situación no es culpa suya.
Al despedirme, solo pude decirle cosas como sé fuerte, todo saldrá bien o las cosas terminarán arreglándose. Ojalá de verdad así sea. Esta experiencia me ha hecho entender lo importante que es escuchar sin juzgar y lo poco que cuesta mostrar una palabra amable cuando alguien la necesita.







