Te cuento lo que me pasó con una compañera en la oficina, por si alguna vez te ha sucedido algo parecido. Resulta que Martina llegó a nuestro equipo hace cosa de año y medio; una mujer amable, discreta, muy cumplidora y madre de dos niños. Al principio, sus peticiones parecían inocentes: Ay, estoy esperando en el ambulatorio, ¿puedes coger una llamada por mí?; Tengo que recoger antes al niño de la guardería, ¿me ayudas a subir el informe al sistema? Son solo dos clics. En el equipo somos de ayudarnos, así que yo veía normal echarle una mano.
Pero una cosa es hacer favores puntuales y otra muy distinta que te acabe pasando sus tareas de manera constante. Al cabo de unos meses, lo de los dos clics se había convertido en que me delegaba bloque de tareas enteros. Me escribía casi a última hora, tipo las cinco, con el típico: Tú vas a estar hasta las seis, y el pequeño está malo…. Es el clásico chantaje emocional; juega con la culpa y con la idea de cómo va a negarse a ayudar a una madre. Aquí, ya sabes, la figura de la madre es casi sagrada y, claro, muchos caen en ese argumento. Hasta que noté que, por mucho que ayudara, mi trabajo iba quedando relegado y mis tardes las llenaban tareas ajenas.
Martina se creó esa imagen de mujer luchadora, corriendo de aquí para allá, sacando adelante casa y trabajo a la vez. Pero la realidad era otra: las dos cobramos lo mismo, la diferencia era que ella dejaba parte de su faena en mi escritorio y yo veía cómo desaparecía mi tiempo libre. Cuando por primera vez le dije que no porque tenía mis cosas, lo primero que recibí fue lo típico: Claro, tú no tienes niños, no sabes lo que es estar sin respiro. Es el típico truco: te quita el derecho a cansarte, como si tus motivos fueran menos válidos.
La cosa explotó al final del trimestre. Teníamos que entregar las tablas de ventas, una tarea laboriosa en la que hay que estar súper concentrada. A las 16:45, me llega un correo de Martina con datos incompletos y el mensaje: Han cambiado el horario del festival en la guardería, me tengo que ir corriendo. Hazlo tú, eres la crack del Excel, te lleva 15 minutos y yo no puedo dejar al niño solo. Mañana te invito a un café. En ese momento, supe que si volvía a decir que sí, iban a abusar eternamente de mi tiempo. Decidí que había que cambiar de estrategia y convertir el asunto en un tema del departamento, no de favores personales.
No le contesté con enfado. Lo que hice fue reenviar el correo a nuestro jefe de equipo, Ignacio Fernández, con este mensaje, sin malas palabras ni indirectas: Ignacio, buenas tardes. Te envío el mensaje de Martina porque por motivos familiares necesita que otros compañeros asuman parte de su carga, y no llega a tiempo con sus tareas. Quizá habría que replantear su volumen de trabajo o facilitarle una reducción de jornada, para que tenga margen con su familia sin perjudicar la gestión del departamento. Hoy estoy a tope con mis tareas y no puedo asumir más cosas sin que baje la calidad.
Te juro que me temblaba el pulso antes de darle a enviar. Pensé: Van a pensar que soy una chivata, Aquí nadie me va a soportar después. Pero ya estaba harta de hacer el trabajo de otra persona y cargar con todo.
La respuesta de Ignacio fue inmediata. Ni sabía que yo estaba sobrellevando el trabajo de Martina, todo parecía estar bien desde fuera. A la mañana siguiente llamó a Martina a su despacho. No sé qué hablaron, pero salió seria y roja. Desde entonces, dejó de pedirme favores de ese tipo.
Podrán decir que hay que ser comprensivos, que los niños son lo primero. Por supuesto. Pero la bondad ajena no puede convertirse en abuso. Si una persona tiene problemas reales, lo normal es que pida flexibilizar el horario, teletrabajar o pedir vacaciones, no que otros se carguen con su trabajo por detrás.
Lo que hice no fue venganza, simplemente marcar límites. En la empresa hay una ley sencilla: si tú coges trabajo ajeno y nadie dice nada, parece que todo está bien. Las peticiones de Martina desaparecieron y ahora nos tratamos con educación y formalidad, y la oficina funciona como siempre. Y, sorpresa: si Martina no intenta que otros hagan lo suyo, resulta que puede cumplir perfectamente.




