Iván y María: Entre el arraigo rural, los sueños de ciudad y el precio de la belleza — Una historia …

4 de mayo

Nunca tuve el deseo de abandonar mi pueblo en Castilla y mudarme a Madrid. Me encantaba respirar el aire entre los trigales, pasear por la ribera del Duero, perderme por el robledal y compartir tardes con mis vecinos. Decidí dedicarme a la ganadería, criar cerditos y vender carne de calidad; quién sabe, si el negocio salía bien, soñaba incluso con ampliarlo. Imaginaba un hogar grande, aunque de momento sólo tenía un coche viejo y los ahorros de la venta de la casa de mi abuela que reinvertí en mi pequeña empresa.

Pero había otro sueño más íntimo que guardaba: casarme con Mercedes y convertirla en la reina de esa casa que apenas empezaba a levantar. Llevábamos un tiempo enamorados, aunque Mercedes sabía perfectamente que mis comienzos eran humildes: el dinero aún no llegaba y el futuro hogar era sólo cimientos.

Mercedes era una mujer guapísima, y la verdad, nunca se planteó buscarse un porvenir propio.

¿Para qué me ha dado Dios este físico? le decía entre risas a su amiga Teresa. Que sea mi marido quien se encargue de todo; sólo tengo que encontrar un hombre que lo haga por mí. Mi belleza cuesta, no es gratis.

Hombre, Mercedes, que Iván está construyendo su casa y tiene coche, aunque sea modesto. Dale tiempo, que aún está arrancando le aconsejaba Teresa.

Yo lo quiero todo ya, sin esperar resoplaba Mercedes mimando sus labios. Iván siempre igual, que si no tiene para esto o lo otro Qué futuro me espera si no se espabila.

Yo la quería de verdad, pero sabía que el sentimiento no era recíproco. Aún así, confiaba ingenuamente en que acabara queriéndome de la misma forma. Todo habría seguido su rumbo si no hubiera aparecido por el pueblo Rodrigo. Venía de vacaciones desde Salamanca con un amigo para ver a su abuela. Le veía en la plaza, aburrido y escéptico con la gente del pueblo, hasta que cruzó mirada con Mercedes.

Al principio, Mercedes no le hacía caso al forastero. Pero al enterarse de que Rodrigo venía de familia acomodada su padre era un político importante en la ciudad, pronto centró toda su atención en él. Rodrigo, con más años y experiencia, era experto en tratar con mujeres, sabía decir galanterías y la agasajaba con flores que no se podían comprar en la floristería del pueblo; Mercedes pronto supo que él las encargaba a la capital y aquello le pareció de lo más sofisticado.

Verla recibir los ramos me daba una rabia tremenda.

Deja de aceptar las flores de ese madrileño, que me haces daño le pedía yo, casi suplicando.

Pero si sólo son flores, ¿qué tiene de malo? se reía, sin darle importancia.

Acabé yendo donde Rodrigo:

Deja de regalarle cosas a Mercedes. Es mi chica y tengo mis planes con ella.

Él ni me escuchó y todo terminó en una pelea en la plaza. Menos mal que mis amigos nos separaron rápido. Aquello puso una barrera entre Mercedes y yo. Ella empezó a evitarme, y yo, orgulloso, también mostré mi enfado. Mercedes sabía que Rodrigo sólo iba a pasar un verano allí, pero sentía que lo del pueblo no iba a dar para más.

Tengo que hacer algo rápido pensaba ella. Tiraré los tejos a Rodrigo, quizás me lleve con él a Salamanca o Madrid; aquí ya no tengo nada que ganar.

Llevar a Rodrigo a su casa fue pan comido. Sus padres estaban en Valladolid en el mercado y Mercedes lo planeó todo para que los pillaran juntos. Cuando entraron sus padres y vieron a ambos en la cama, a Mercedes desaliñada y a Rodrigo ajustándose los pantalones, su padre se puso hecho una furia.

¿Qué demonios es esto? gritó, fuera de sí.

Mercedes agachó la cabeza y Rodrigo, incómodo, no sabía dónde meterse.

Está claro. Rodrigo, ahora tienes que casarte con nuestra hija o te va a pesar. Ven aquí un momento le soltó su padre y entraron en la salita.

Nadie supo lo que hablaron, pero al día siguiente Mercedes y Rodrigo estaban en el juzgado firmando papeles, el padre de Mercedes conduciendo y la madre empezando a empaquetar para la mudanza a la ciudad. El rumor corrió como la pólvora por el pueblo. Yo me sentí derrumbado, aunque procuré guardar la compostura delante de todos.

Rodrigo, por dentro, no levantaba cabeza.

¿A qué demonios vine a este pueblo? Me tenía que haber andado listo, menuda trampa me ha tendido esta chica. No es tan ingenua como parecía.

Mercedes, por su parte, sólo pensaba en mudarse y en una nueva vida más cómoda.

Se acostumbrará a quererme, tendré hijos y será feliz soñaba en voz alta. Ojalá sus padres me acepten.

Sin embargo, los padres de Rodrigo se alegraron de que, por fin, su hijo trajese a casa una muchacha sencilla del pueblo, cansados de las chicas de ciudad sólo preocupadas por las apariencias y el dinero. Mercedes era maja y limpia, sabía llevar una casa y siempre estaba dispuesta a ayudar.

Pasa, hijita, pasa, siéntete como en tu casa le decía afectuosamente la madre de Rodrigo, Esperanza, y el padre, Don Joaquín, sonreía satisfecho.

Mercedes se esforzaba como nunca, la casa era amplia y se sentía cómoda con los padres de Rodrigo, que la trataban con cariño y comprensión. Rodrigo, observando el día a día, se convenció de que tal vez Mercedes no era tan calculadora y, aunque la boda le pilló por sorpresa, podría acabar siendo feliz.

Tras la boda todo parecía marchar bien, hasta que Mercedes anunció durante una cena familiar:

Estoy embarazada, vamos a tener un bebé

¡Enhorabuena, hija! Llevábamos años deseando un nietecito se alegró Esperanza, mientras Rodrigo comprendía que ya no valía la pena poner pegas al embarazo.

La boda fue por todo lo alto y les regalaron un piso completamente amueblado. Sin embargo, Mercedes notó pronto que Rodrigo no compartía su alegría por la paternidad.

Seguro que cuando nazca el bebé, Rodrigo cambiará; descubrirá lo que es tener una familia pensaba Mercedes, inocente, ignorando la inquietud que ya barruntaba en su marido.

Rodrigo empezó a ausentarse cada vez más de casa.

Es que tengo trabajo y muchos viajes le decía, mientras Mercedes, creyéndole, se quedaba sola esperando, preparando guisos, limpiando, cuidando al niño y añorando las tierras de Castilla, a sus amigas y, cada vez más, a mi recuerdo.

Dudaba ya de si su decisión había sido la acertada y sentía que su marido no la amaba. Esperanza, la madre de Rodrigo, intuía la infelicidad en su nuera y sabía que su hijo no era el esposo ideal.

El nacimiento del bebé trajo alegría, incluso a Rodrigo, pero duró poco. El llanto, los pañales y las noches en vela le irritaban. El amor se convirtió en hastío y empezó a irse aún más de casa, dejando a Mercedes a su suerte.

Pero pronto notó que todas sus antiguas amigas le daban la espalda.

¿Quién quiere un hombre casado? decían.

Rodrigo nunca hablaba de Mercedes, y sentía vergüenza por su origen humilde y falta de estudios.

¿Qué haré con ella cuando el niño crezca? Ni quiero que trabaje de limpiadora ni vendedora en el mercado. Sería un escándalo para la familia. Mejor me ocupo yo solo del dinero Aunque igual el divorcio me saldría más barato.

Rodrigo mantenía una relación estable con Julia, una ejecutiva con buen sueldo y piso propio, a la que jamás le preocupó tener hijos. Allí desconectaba, se divertían de fiesta y escapadas por la sierra.

Julia, ni te imaginas el caos de mi casa. No aguanto más, ya odio a mi mujer y hasta al niño. Mercedes es guapa, sí, pero sólo conoce el pueblo y las vacas No sé cómo podría sacarla a la ciudad, me da hasta apuro.

Mercedes ya sospechaba que Rodrigo tenía otra. Llegaba oliendo a perfume ajeno y, a veces, con marcas de carmín en la camisa. Su humor era cada vez más agrio; apenas miraba ni al niño ni a ella y a veces hasta alzaba la voz.

Desesperada, llamó a su madre buscando consuelo.

Hija, tú elegiste ese camino. Nadie te obligó a casarte con Rodrigo, pensamos que acabarías con Iván. Decídelo tú, pero si vuelves a casa, hazlo para siempre y con todas sus consecuencias.

Mercedes se sintió desplomada y una noche, mientras Rodrigo dormía, revisó su móvil. Allí estaban todos los mensajes con Julia, tan explícitos que se quedó petrificada. Intentó encontrar apoyo en Esperanza, su suegra, pero ella fue tajante:

Si te separas, ten en cuenta que intentaremos quedarnos con el niño. Sabes las conexiones que tiene mi marido. Al fin y al cabo, Rodrigo es el padre, tiene dinero, un buen piso y futuro para el niño. ¿Qué le puedes ofrecer tú, sin estudios ni trabajo?

El bebé enfermó con fiebre y le estaban saliendo los dientes. Rodrigo, cansado y agobiado, recibió un mensaje de Julia instándole a que fuera con ella esa misma noche. Él respondió que iría en cuanto el niño durmiera y Mercedes estuviera dormida. Ella le respondió: Dales el somnífero que te di, caerán redondos.

Cuando Rodrigo se fue a la ducha, dejó el móvil en la mesa. Mercedes, aterrorizada, pensó en lo peor.

¿Y si de verdad les droga? ¿Y si pasa una desgracia?

Aterida, me llamó y me contó lo sucedido.

Ven a buscarme, Iván. No soporto más esta vida.

No te preocupes le calmé. No te van a quitar a tu hijo, solo quieren asustarte. Intenta tranquilizarte y en cuanto se vaya Rodrigo, llámame. Estoy en la ciudad esperándote.

Mercedes acunó al niño hasta que al fin se durmieron. Rodrigo se asomó a ver si estaban dormidos y, creyendo que sí, se fue. Ella recogió lo imprescindible, me llamó y en minutos fui a recogerla, llevándola conmigo al pueblo.

Rodrigo regresó tarde al día siguiente y encontró la casa vacía. Llamó a su madre:

No, hijo, Mercedes no ha pasado por aquí. ¿Se ha fugado? Llamaré a la policía se alarmó Esperanza.

No, por favor, no llames. De hecho, me siento aliviado. Ya no la aguanto. Hazme ese favor, mamá logró convencerla tras mucho insistir.

Con el tiempo, yo y Mercedes terminamos casados, después de que ella se divorciara. Volvimos a la casa grande entre los campos y pronto fuimos bendecidos con más familia. Ahora, por fin, Mercedes ha comprendido y yo también que la felicidad, como el buen vino, se cultiva lento, con dedicación, arraigada a la tierra y a las personas sinceras.

He aprendido, después de todo, que lo auténtico no necesita adornos, y que elegir con el corazón siempre vale más que escoger con la cabeza.

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MagistrUm
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