“¡Calvo, despierta!” – Mi marido solía despertarme por las mañanas. El año pasado decidí hacer alg…

¡Pelona, despierta!. La voz de mi esposo, Jaime, retumbaba cada madrugada, inundando la habitación de luz y de una mezcla de ternura y burla.

El año pasado me lancé a algo jamás imaginado. Tiempo atrás, empecé a notar que mi cuero cabelludo se llenaba de pequeños granos, picaba sin remedio y el pelo caía sin piedad. Visitas al dermatólogo y tricólogo en Madrid no sirvieron de nada. La doctora me desaconsejó tomar vitaminas; decía que nunca habían hecho milagros. Pero en El País leí un artículo asegurando que raparse el pelo fortalecía los folículos. Me lo pensé cien veces. Incluso cuando mi hijo Lucas confesó que le daría miedo verme calva, al final, me decidí

Le pedí a Jaime que primero pasara la maquinilla de cortar por mi cabeza y después la afeitadora. Dudó, pero obedeció. Cuando me miré en el espejo, me sorprendió lo perfecta que era la forma de mi cráneocasi me habría creído una escultura renacentista de Salamanca.

Pero el frío era insoportable al salir a la calle sin nada en la cabeza. Más tarde, al crecer el pelo, se quedaba pegado a la almohada y era desagradable.

Desde aquel día, Jaime empezó a despertarme cada mañana con su ¡Pelona, despierta! y las carcajadas salían disparadas de mi pecho. Era, sin duda, la más pelona de la familia. Al principio, mis hijos se quedaron pasmados, pero luego Lucas quiso parecerse a mí y se rapó también.

Mi madre, Carmen, me rogó que no la visitara hasta no tener otra vez melena; decía que no soportaría verme así. Mi hija Paula me suplicaba ponerme gorro al ir a las reuniones del colegio y Jaime, con esa calma suya, decía que si iba sin nada, nadie recordaría a qué habían ido y que las niñas del curso envidiarían a Paula por tener una madre tan moderna.

Después de todo, los granos desaparecieron solos y Paula no paraba de reírse, diciéndome que ya no sabe qué locura esperar de mí. Un día, la espié hablando con Lucas: decía que estaba convencida de que lo siguiente sería tatuarme la cabeza pelada.

La vida, a veces, se escribe con tijeras, maquinillas y una pizca de humor a la española.

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MagistrUm
“¡Calvo, despierta!” – Mi marido solía despertarme por las mañanas. El año pasado decidí hacer alg…