Miguel estaba convencido de tener a la mejor esposa, así que, en el día de su cumpleaños, le regaló a Sara unos preciosos pendientes de oro. Sin embargo, su mujer, madre de cuatro hijos, no se alegró por motivos muy particulares…

Pues mira, te cuento lo que pasó. Por la mañana, Miguel recordó de repente que el cumpleaños de su mujer era al día siguiente. Se quedó pensando un buen rato sobre qué regalo podía hacerle, porque te lo juro que para él, Isabel es la mejor esposa del mundo y la madre más increíble que podría tener sus hijos. La casa siempre está impecable, la comida lista y los niños, llamándose Marcos, Javier, Lucía y Elena, bien cuidados. Isabel nunca se olvida de su marido: siempre está pendiente de lo que él pueda desear, intentando que no le falte de nada.

Tienen cuatro hijos, entre 6 y 17 años, y la verdad es que ella es una madre ejemplar. Tiene una relación preciosa basada en la confianza con todos, le encanta organizar escapadas con la familia, se le dan genial las manualidades para el cole, participa en varias asociaciones de padres, ayuda con los deberes, recibe con cariño a los amigos de sus hijos y siempre habla con todos de corazón a corazón. Ah, y aún así, consigue limpiar la casa seis veces más que cualquier otra persona. Cocina para todos y encima, le sale riquísimo y lo hace en cantidad.

La verdad es que Isabel parece bastante feliz y satisfecha, y lo dice mucho, porque no es de las que se queja. Cuando los niños eran más pequeños, Miguel le preguntó una vez qué le apetecía recibir por su cumpleaños. No sé, le dijo ella, aunque creo que sí lo sé: ¡una jornada libre! Un día solo para mí. Quiero estar sola desde la mañana hasta la noche… Dormir, relajarme, darme un baño largo… Pero vamos, nadie nunca se lo tomó muy en serio. Se lo tomaron a broma, rieron y lo olvidaron en seguida.

Y es que era casi imposible: los niños eran aún pequeños, ¿quién iba a quedarse con ellos todo el día? ¿Miguel? Era más bien como una broma, casi imposible. Isabel pensó que habría sido una tontería decirlo. Al final, su marido le regaló una batería de cocina y la conversación quedó en el olvido.

Ahora los niños ya son algo más mayores, y ella lleva tiempo sin bebés en casa. Empezó a decir cada vez más que tenía ganas de que crezcan rápido, que se hagan independientes y pueda ver cómo se abren camino por su cuenta. Por ahora, eso sí, sigue pendiente de todos. En este último cumpleaños, Miguel le dio a Isabel unos pendientes de oro preciosos. Ella estaba encantada, se los puso al momento.

Montó una mesa bonita, reunió a los más cercanos y la familia entera celebró por todo lo alto. Ya de madrugada, a la una, Miguel se despertó y notó que Isabel aún no había ido a la cama. Primero acostó a todos los niños y luego, en la cocina, se puso a fregar los platos. Su mujer parecía agotada, muy cansada.

Y al día siguiente, cuando Isabel despertó, se dio cuenta de que no había nadie en casa. Era rarísimo, porque nunca había disfrutado de ese silencio. Fue a la cocina y allí vio una nota sobre la mesa. Nos hemos ido al pueblo a ver a mamá, había escrito Miguel. No quisimos despertarte. Volveremos mañana, así que aprovecha y descansa de verdad. Y justo entonces, sonó el timbre: el repartidor le entregó a Isabel un ramo enorme de flores.

Pues fíjate, al final Miguel sí recordaba aquel deseo.

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MagistrUm
Miguel estaba convencido de tener a la mejor esposa, así que, en el día de su cumpleaños, le regaló a Sara unos preciosos pendientes de oro. Sin embargo, su mujer, madre de cuatro hijos, no se alegró por motivos muy particulares…