Cuando Carmen fue a recoger a su hijo del cole, el pequeño salió disparado a sus brazos y le susurró con urgencia al oído:
Mamá, mamá, ¿por qué no adoptamos a la abuela de Nacho?
¿Perdona? ¿Qué abuela? ¿De qué estás hablando? Carmen no entendía ni papa. Venga, ponte la chaqueta, que papá nos está esperando en el coche.
¡Esa abuela! Dieguito señalaba insistentemente a una señora mayor que, despacito, llevaba de la mano a un niño hacia la puerta. ¡La de Nacho! ¡Te lo estoy diciendo!
No digas tonterías, hijo, esa abuela no es de nuestra familia.
¿Y qué? empezó a gimotear el niño. Pídele que también sea mi abuela, por favor…
Tú ya tienes a tus abuelas. Y no una, ¡sino dos! ¿Para qué quieres más? Y deja de decir disparates. Vamos, ponte los pantalones.
Pero mamá Dieguito puso cara de cordero degollado mientras se subía los pantalones de pana. Mis abuelas no son abuelas de verdad. La de Nacho sí que es de verdad.
¿Cómo que las nuestras no son de verdad? Carmen sonrió, pero se le notaba la duda. Si son más auténticas que el jamón de bellota. ¡Si nos han criado a papá y a mí!
¿Y qué? El niño la miraba con la melancolía de un bolero. Criaros, pues vale, pero eso no las hace abuelas auténticas.
¿Ah, no? ¿Y qué tipo de abuelas quieres tú? ¿Qué hace una abuela “auténtica”?
Como la de Nacho, mamá.
¿Y en qué se diferencia esa señora de tus abuelas, eh?
Pues que la de Nacho deja que le grite ¡abuela! bien fuerte por la calle empezó a explicar Dieguito muy serio. En cambio, una de las mías dice que la llame simplemente Marisa, y la otra me regaña cuando le grito ¡abuela! en el parque.
¿Te regaña, dices?
Sí. Dice: ¿Qué abuela ni qué abuela? Yo soy joven todavía. ¡No me hagas pasar vergüenza delante de los vecinos!
¿En serio? ¿Eso te lo dice mi madre?
Sí, y también dice que tú le encasquetas a propósito el marrón de cuidarme. Y la de Nacho dice que Nacho es lo mejor que le ha pasado nunca. Yo también quiero ser lo mejor que le pasa a alguien.
No puede ser que mi madre te diga eso… Carmen miró a Dieguito con cara de circunstancias. Venga, vamos, que papá se va a desesperar esperándonos. Y Marisa, ¿ella también te regaña por llamarla abuela?
No me regaña Dieguito frunció el ceño. Simplemente pasa de mí cuando la llamo así. Pero si le digo Marisa, entonces sí me sonríe y me da la mano. Mamá, ¿por qué mis abuelas no saben hacer comida de verdad?
¿Qué dices? Carmen lo miró como si le hablara en arameo. ¿Te dejan sin comer o qué?
Claro asintió el niño, dignísimo. Me dejan muerto de hambre.
No digas bobadas. ¡Te ponen mejores cosas que a tu padre cuando era pequeño! Lo he visto con mis propios ojos.
Sí, ya gruñó el niño. Embutidos, croquetas industriales, ensaladas raras ¿Eso es comida buena?
¿Y cuál quieres, pues?
Tortitas.
¿Tortitas? repitió la madre.
Sí. O magdalenas. La abuela de Nacho le ha dicho que cuando lleguen a casa le va a hacer tortitas calentitas, con nata y mermelada. Que hace poco hicieron mermelada casera juntos, ¿te acuerdas, Nacho?, le decía. Y Nacho, tan feliz, le daba la mano y sonreía. Yo nunca hago mermelada con mis abuelas.
Ay, Diego Carmen le miró con compasión. Si quieres, esta tarde tomamos té con mermelada. Paramos en el súper y la compramos.
Bah, la del súper no sabe igual
¿Y tú cómo lo sabes?
Se lo pedí a mis abuelas, la compraron y nada. Un rollo
¿Y las tortitas, les has pedido que te hagan?
Sí Diego, tristón, se abrochó el anorak. Me dicen que es mucho lío. Mejor vamos a una cafetería. Pero ahí siempre están frías y llevan mermelada que empalaga. La abuela de Nacho dice que las auténticas son recién hechas en la sartén y con la mermelada buena, de verano.
Pues sí suspiró Carmen con nostalgia, tomando la mano de su hijo mientras dejaban atrás la guardería. Recién hechas son una maravilla. Me acuerdo que mi abuela también nos las hacía
De camino al coche, donde Nacho padre ya estaba haciendo aspavientos con el móvil, Carmen marcó el número de su amiga.
¿Sole, estás en casa? preguntó, con voz de niña pillada en falta.
Sí respondió la amiga al otro lado.
¿Te puedo pedir un favor? No te rías, ¿vale?
¿Qué pasa?
¿Tú no ibas de experta en tortitas caseras? Decías que tu hijo se las zampa a pares.
¿Y?
¿Me pasas la receta? Cuando su amiga soltó una carcajada, Carmen protestó: ¡Que no te rías! Es una emergencia.
Mejor vente a casa y te enseño en directo.
¿Cuándo?
Ahora mismo.
No puedo, estoy con el niño, y mi marido está esperando en el coche.
Pues os venís todos. Que así Diego y mi Nico se conocen. Venga, os espero y colgó.
Al día siguiente, Carmen pidió permiso en el trabajo y fue directa a casa de su madre, armada con una libreta para apuntar la receta. Su madre empezó a refunfuñar sobre la vida moderna y lo ocupadas que están las abuelas modernas, pero Carmen no se dejó amilanar:
Mamá, si te estorbamos, te prometo que no vuelvo a traerte a Diego. Pero dime, ¿sabes en qué se diferencia una abuela de verdad de una abuela de pega? ¿Y por qué nunca haces mermelada ni tortitas, eh? ¡Que tienes un nieto!
Su madre estuvo a punto de soltarle una bordería, pero al ver la mirada de Carmen, se quedó callada… por si acaso.
Cuando Vera fue a recoger a su hijo del colegio infantil, él corrió hacia ella, se le abrazó al cuello y le susurró apasionadamente al oído:





