Mi esposo y yo hemos trabajado incansablemente desde el principio de nuestra vida juntos. Siempre quisimos que a nuestros hijos no les faltara de nada, que tuvieran todo lo necesario. Por eso, tras el nacimiento de nuestra hija, mi esposo llegó a tener dos trabajos para poder mantenernos. Procuramos educar a nuestra hija para que fuera una persona educada y sensible. El tiempo fue pasando. Sin darnos cuenta, mi esposo y yo descubrimos que nuestra hija ya era una mujer.
Era realmente hermosa. Jamás le faltaron pretendientes. Con el tiempo, comenzamos a notar que nuestra hija se comportaba de manera especialmente cuidadosa. Al poco tiempo, supimos la razón. Se había enamorado de un chico. La noticia nos llenó de alegría y hasta le pedimos que nos lo presentara. Nos preguntábamos quién habría sido tan afortunado de conquistar su corazón. Nuestra hija prometió que pronto nos lo presentaría.
Hace poco nos dijo que tenía pensado traerlo a casa. Pasé todo el día en la cocina, preparando una variedad de platos típicos. Mi esposo se ocupó de limpiar el piso. Lo organizamos todo con esmero y esperábamos ese momento con mucha ilusión. Veíamos a nuestra hija. Nunca la habíamos visto tan feliz. Sonreía a todas horas, parecía que más que andar, flotaba. Mi esposo y yo nos mirábamos y sentíamos una felicidad inmensa al ver lo bien que le iba en la vida.
Cuando llegó el chico, me causó buena impresión. Era educado, con sentido del humor y muy agradable. Les invitamos a sentarse a la mesa. Sin embargo, durante la cena, algo me preocupaba y no lograba apartarlo de la cabeza: estaba convencida de que había visto antes a ese chico en algún sitio. Tenía el rostro demasiado familiar. Durante buena parte de la noche no logré recordar por qué. Reímos, charlamos mucho. El novio de mi hija mostró su mejor faceta, así que el ambiente fue cordial y natural.
Sin embargo, en cuanto se fueron, lo recordé todo de golpe. Había visto su foto en una noticia. Él y otro hombre estaban buscados por estafas. En el anuncio se pedía informar de su paradero de inmediato. Se lo conté sin demora a mi esposo y a mi hija. Ella rompió a llorar y me dijo entre sollozos que estaba inventando la historia para alejarlos.
Pero no era cierto. Sólo quería advertirle a mi hija de un posible problema, porque nos importa con quién decida compartir su vida. Como respuesta, mi hija hizo las maletas esa misma noche y se marchó de casa.
Llevamos un mes sin tener noticias suyas. Ni siquiera responde a las llamadas. Ahora, la culpa y las dudas me devoran. Puede que me equivocase y que el chico al final sea una persona honesta
Pero, a veces, ser padres implica cuidar, advertir y proteger, aunque eso signifique no ser entendidos. La vida nos enseña que podemos acertar o fallar, pero siempre lo hacemos por amor.






