Prepara tus cosas, que he reencontrado a mi primer amor me soltó mi mujer. Y una hora después, era ella la que estaba en el pasillo con la maleta.
Javier volvió de la cena de antiguos alumnos un domingo al atardecer. Yo estaba terminando de fregar los platos en la cocina de nuestro piso en Vallecas.
Noté que venía cambiado. Animado, colorado, como si le acabasen de dar la buena nueva de que le ascendían en el trabajo o de que había ganado la lotería. Le miré de reojo mientras me secaba las manos en el paño y pensé: Se nota que lo han pasado bien.
No dijo nada más. Se quitó la chaqueta, se metió en la cama y se quedó dormido.
A la mañana siguiente le encontré en la cocina, sentado como quien ha tomado una decisión crucial. De esas escenas de película en las que se cruzan las manos sobre la mesa y se pone cara de importancia. Le puse el café delante y abrí el frigorífico para ver si podía apañar unas croquetas con los restos del domingo. Y ahí habló.
Ana, tenemos que hablar.
Ya. La famosa frase. Prólogo de cualquier desgracia.
Ayer vi a Berta. Te lo conté alguna vez. Mi primer amor.
Me acordaba. El nombre de Berta aparecía cada lustro en alguna conversación, sobre todo cuando Javier se ponía sentimental con dos copas de más. Éramos tan jóvenes. Una historia cualquiera.
Charlamos mucho. Total, Ana, que vayas recogiendo tus cosas.
Me giré. Las croquetas se quedaron en la balda.
¿Cómo?
Que lo hemos decidido. Berta y yo, digo. Queremos estar juntos. ¿Lo entiendes?
Le miré largo rato.
El piso es mío, de todas formas añadió Javier, medio a la defensiva, con ese tonillo de y punto. Conviene que vayas buscándote algo.
Dejé las croquetas en la nevera, cerrando despacio para que no se cayese el imán de Tenerife.
¿Ya lo tienes decidido? pregunté.
Sí.
Asentí y salí del comedor.
Me senté en el borde de la cama y me quedé mirando la pared, donde colgaba el calendario con gatitos que habíamos comprado en enero en el mercadillo de Fuencarral porque había que comprar algo y ése costaba apenas dos euros y poco. Enero ya había pasado, febrero también, pero ahí seguían los gatos. Uno naranja, con un lazo, me miraba como compadeciéndose.
Así que es esto, pensé.
Veinte años llevaba con el hombre que ahora estaba en la cocina, esperando verme preparar una maleta. Veinte años, que se dicen pronto.
El primer piso en El Retiro lo alquilamos juntos, con goteras y el vecino Tomás berreando tras la pared hasta las tantas. La ruina cuando Javier montó el fallido negocio de reformas, esos tres meses grises mientras yo hacía como si no veía que él se ahogaba en latas de Mahou en el balcón. La vez del hospital, cuando le llevé a urgencias con apendicitis a las tres de la mañana y el cirujano me dijo: Una hora más y no lo cuenta. El acto de fin de curso de mis alumnos, cuando yo era profe de Lengua, y él apareció con un ramo y una sonrisa apurada. Todo estuvo ahí, y resulta que nada de eso contaba.
Me levanté. Di un paseo lento por la habitación. Me paré ante el armario.
Arriba del todo, en la balda al fondo, guardaba los papeles importantes.
Javier seguía sentado, pegado al móvil. Seguramente escribía a Berta, porque a ratos sonreía, esa mueca de quien espera reconocimiento por una gran hazaña.
Me senté a su lado. Coloqué la carpeta de documentos sobre la mesa.
¿Ya recoges papeles? dijo Javier, mirándome de soslayo.
No. Quería enseñarte una cosa.
Abrí la carpeta.
Ana, ahora no.
Calla un poquito.
Encontré lo que buscaba y lo planté ante él.
Era el contrato matrimonial. Quince años atrás, cuando Javier se metió con su primer negocio, el abogado sugirió hacerlo. Javier lo firmó sin prestar demasiada atención. Es papeleo, mujer, ya sabes. Somos familia. Fui yo sola al notario, lo firmé y me llevé la copia.
Entonces Javier simplemente dijo vale y guardó el papel en el cajón más fondo. Yo luego lo pasé al armario, sin decir nada.
No es que yo fuera previsora. Es que siempre he sido ordenada.
Por cierto, el negocio de reformas duró apenas catorce meses, y se vino abajo como las casas mal hechas. Dejando unas deudas respetables. Por entonces propuse vender el piso y saldar, pero Javier insistió: ni hablar, lo arreglo yo. Tardó seis años, a trocitos, mientras yo doblaba las horas y nunca me quejé.
Javier cogió el contrato. Empezó a leer.
Me serví el café frío y lo bebí de un trago.
Espera musitó de pronto, con otra voz, mucho más cuidadosa . Aquí pone…
Sí le confirmé.
Que el piso es tuyo si nos separamos.
Eso mismo.
Pero, entonces…
Volvió a mirar el papel. Bajó la cabeza.
No le apuré. Que lea, que relea. Tuvo quince años para enterarse, no lo hizo. Ahora que se entere bien.
¿Y las deudas? preguntó, casi con un hilo de voz.
Son tuyas, Javier. Léelo en el punto cuatro.
Silencio. En el móvil parpadearía un mensaje de Berta, seguramente para saber cómo iban las cosas. Él ni contestaba.
Ana…
¿Sí?
¿Has hecho esto aposta? ¿Por si acaso?
Me lo pensé. Contesté con sinceridad:
No. Simplemente no tiro los papeles.
Era la verdad. Lo guardaba todo: facturas, garantías, manuales de lavadoras rotas hace años, volantes de la seguridad social del 2005. Soy ordenada, nada más.
Volvió a mirar al contrato, luego a la ventana.
Recogí la carpeta y la taza y me levanté.
Javier. Uno de los dos sí debe buscarse sitio dije. Tienes razón.
Y me fui.
Javier se quedó en la cocina unos veinte minutos más.
Quizá media hora. Yo dejé de contar. Estaba en la habitación haciendo lo que uno hace cuando el mundo se tambalea: nada en particular. Apilé unos libros del suelo, coloqué la maceta de geranios en la estantería, quité el polvo del armario. Cuando tienes las manos ocupadas, la cabeza grita menos.
Javier apareció en la puerta.
Ana.
Me giré. Sostenía el contrato como si pudiera resucitarle o condenarle según el caso.
Ana, espera. Hablemos, de verdad.
Hablemos respondí, seca pero serena.
Este contrato… Eso era otra época, ya sabes. Entonces ni nos pasaba por la cabeza…
¿El qué?
Se quedó sin final para la frase. Que nunca pensó que nos separaríamos. Que no pensó que aquel papel valdría. O que simplemente, no pensó.
Lo firmó el notario dije. Es todo legal. Ya lo comprobé.
¿Cuándo?
Hace cinco años. Por otra cosa. Me dio por preguntar.
Me miró como quien descubre tarde su error de cálculo.
¿Lo tenías planeado?
Me lo pensé.
No. Simplemente soy ordenada repetí.
Verídico. Llamé a la notaría por un asunto sobre la herencia de mi madre, pregunté por el contrato al final de la conversación. No te preocupes, sigue en vigor, me dijo el notario. Asentí y lo olvidé hasta el desayuno de hoy.
Javier volvió a la cocina. Le oí trajinar, luego quedarse inmóvil, luego buscar de nuevo en los armarios.
Fui a la puerta y miré.
Javier se apoyaba en una esquina, la mirada perdida.
¿Qué haces? pregunté.
Pensar.
¿En qué?
No contestó.
Entré, puse el hervidor del agua.
Javier. Quiero preguntarte una cosa. ¿Sabes adónde vas a ir?
Me miró en silencio.
Ya veo suspiré.
Entendí perfectamente. Javier, probablemente, se había imaginado todo mucho más sencillo. Él daba el discurso, yo me desmoronaba, recogía y me iba a casa de una amiga. Él se quedaba en el piso. Berta venía. Todo claro, aparentemente lógico.
Pero nunca contaba con que yo tuviese aquel contrato arrinconado en el desván de su olvido.
El agua hirvió. Me preparé un té.
No me voy a ningún sitio aclaré. El piso es mío y aquí pienso seguir.
Javier no respondió.
¿Y yo…?
Con Berta le recordé. Tú mismo lo dijiste. Lo habéis decidido.
Sobre Berta no sentía ni rabia ni lástima. Era una parte de la historia que Javier se había inventado bajo los efluvios del cava y de nostalgia. Para mí, solo era un obstáculo.
Y bueno, suele pasar.
Es que… musitó Javier, quedándose sin explicación.
¿Qué?
Berta no lo tiene claro. No lo hemos hablado en detalle. Aún no está lista.
Dejé la taza en la encimera.
¿Estás diciéndome que me eche del piso, cuando ni siquiera sabes si puedes irte con ella?
Se le quedó cara de niño pillado en falta.
Algunos hombres toman grandes decisiones rápidas. Lo de prever los pormenores, ya tal.
Saqué una bolsa de viaje marrón del armario y la puse en la mesa.
Toma. Lo que necesites, lo metes aquí.
Ana.
Javier. Ya tomaste una decisión. Ahora cúmplela.
Miró la bolsa. Algo se quebró en él en ese instante.
Fue a hacer la maleta.
Yo me quedé sentada en la cocina. Oí cómo abría y cerraba cajones, cómo rechinaba la cómoda, cómo chocaba algo metálico, supongo que la maquinilla de afeitar.
Veinte años. Y las cosas llenaban apenas esa bolsa.
A la hora apareció en el recibidor. Sostenía la bolsa como quien lleva una vida más ligera de lo que esperaba. En la cara, la mezcla de alguien que no es que se haya arrepentido, pero sí que no calculó lo que estaba en juego.
Ana dijo. Te llamo, ¿vale?
Bien.
Tenemos que ver lo del divorcio y los papeles.
Llámame y lo hablamos.
Dudó un poco más en la puerta. Puede que esperase llantos, ruegos, algún escándalo que lo devolviese todo a su rutina. Nada de eso ocurrió.
Javier abrió la puerta y se fue.
Tres semanas después me enteré por la señora Rosario, antigua compañera que todo lo sabe, que con Berta la cosa no había ido como esperaba.
Resulta que Berta vivía de prestada con su hermana y familia en un piso pequeño de Tetuán. Javier ni lo intentó. Se mudó a una habitación en Puente de Vallecas con una casera mayor que prohibía fumar y le exigía avisar si recibía visitas.
Al enterarse de la falta de piso propio y de que Javier no aspiraba a más, Berta perdió rápidamente el interés. Esas pasiones de juventud lucen mejor desde lejos. Cuando se acercan, la realidad les hace mella.
Yo asentí, serví té a Rosario.
¿Y tú qué, Ana? me preguntó con esa mirada lista para consolar lo que hiciera falta.
Estoy bien respondí.
Y era cierto. En esas tres semanas me apunté a clases de masaje, quedé con Estrella mi mejor amiga, con la que no salía hace años y pasamos la tarde en una cafetería contando todo lo pendiente. Saqué por fin ese bono de piscina. Cositas pequeñas. Pero la vida se compone de eso, al fin y al cabo.
Por las noches, cuando la casa quedaba en silencio, alguna vez pensaba en Javier. Sin rencor. Simplemente. Me pillé incluso pensando que menos mal que fue él quien abrió esa puerta, que, de no ser así, yo la habría mantenido cerrada mucho tiempo más.
El calendario de gatitos seguía puesto. Enero, febrero, y el gato naranja con lazo permanecían igual. Le miré y pensé que debería pasar la hoja al mes actual.
Ya lo haría. Tiempo de sobra.






