Mi marido siempre ha sido muy egoísta, lo pienso ahora y todavía lo recuerdo con cierto pesar. Siempre ponía sus necesidades por delante de las de los demás, hasta el punto de no dejar ni siquiera nada para nuestro hijo.
Me acuerdo una tarde cualquiera, hace años, cuando le pregunté:
Fernando, ¿qué ha pasado con los plátanos?
Me los he comido, me apetecían me contestó con toda la tranquilidad del mundo.
¿No podías dejar aunque fuera uno para la merienda de nuestro hijo?
De verdad que exageras, mujer. Si en el mercado nunca faltan plátanos.
Pues baja y compra unos cuantos, ¿no te parece?
Ahora no puedo, juega el Real Madrid y no pienso perdérmelo.
Así era siempre en casa. Tenía que esconder hasta el queso fresco o las galletas, porque con un padre así, me daba miedo que Pablo pasara hambre. Cada vez que compraba algo especial, tenía que ingeniármelas para ocultarlo, ya fueran manzanas o un simple postre, porque él lo devoraba todo enseguida, sin pensar en nadie más.
Habíamos estado casados ya cinco años. Nuestro hijo pronto cumpliría los dos. Teníamos una hipoteca del piso, y claro, el dinero no nos sobraba. Fernando siempre decía que era el proveedor de la familia solo porque nos había dado una vivienda, aunque para la entrada vendió su pequeño apartamento y, además, mis padres nos ayudaron mucho. Mi madre, Carmen, siempre dijo que Fernando era un egoísta; con el tiempo he tendido a darle la razón, aunque me pesara.
Nunca olvidaré el día en que preparábamos el cumpleaños de Pablo. Yo andaba de un lado para otro cocinando para los invitados, y él en vez de ayudar solo se dedicaba a picotear lo que encontraba. Lo peor fue cuando se le ocurrió lanzarse sobre la tarta. La había dejado en la terraza, porque no cabía en la nevera, y al ir a cortarla para servirla, me la encontré ya empezada; sólo quedaba parte del chocolate y alguna decoración. Imaginaos la vergüenza que pasé delante de todos.
Era el cuento de nunca acabar. Él traía el dinero, sí, pero no pensaba en organizar la despensa ni cuidar de los suyos. Su respuesta a todo era:
¡Ya compraremos más, no te preocupes!
Pero claro, yo sí que me preocupaba. ¿Cómo es posible no pensar en tu hijo? Y más aún con los gastos: la hipoteca, la ropa, las cosas básicas… A ese ritmo, la comida de una semana desaparecía como si fuera para un mes.
Mi suegra, Mercedes, lo defendía a capa y espada:
No le riñas, hija. Es un hombre, que coma, que para eso trabaja. Y si falta comida, prepara más.
Pero aunque cocinase el doble, a Fernando nunca le era suficiente. No daba abasto. Comprar más no era viable, teníamos que pagar el préstamo, el colegio, las facturas.
Llegó el día que no pude más. Le dije a Fernando:
Si lo vuelves a hacer, nos separamos. Partimos el piso y cada uno por su lado.
Se lo tomó fatal. Corrió a contárselo todo a su madre, y desde entonces Mercedes ni me dirigió la palabra. Y yo sigo convencida de que tenía razón. ¿Tú qué opinas? Ahora, años después, todavía me pregunto si no debí actuar antes.





