El marido infiel escondía su móvil, pero la memoria le jugó una mala pasada

Cada hombre guarda sus propios secretos. Unos esconden billetes de veinte euros debajo del colchón, como quien esconde el sol un domingo lluvioso en la Plaza Mayor. Otros mienten sobre partidos de fútbol inexistentes jugados en campos polvorientos de Valdemoro. Y luego está Álvaro Ortega, que dejaba siempre el móvil boca abajo.

Siempre. En la mesa de la cocina, boca abajo; en la mesilla, antes de dormir, boca abajo. En el restaurante, de tapas con los suegros, boca abajo. Como si la pantalla de aquel aparato fuera un portal a otro mundo que hubiera que cerrar de tanto en tanto.

Camila no lo notó al principio. Primero, lo registraba con cierta anodina naturalidad, como quien oye el murmullo distante del tráfico de la Gran Vía. Luego, empezó a rumiar la idea, aunque acabó por dejar a un lado esos pensamientos, porque sabían amargos como el café frío. Así enfrentan algunas mujeres la inquietud: apartando la cabeza hasta que el dolor llama con los nudillos.

Su matrimonio era anodino, pero sin estridencias. Ni pasión, ni gritos. Álvaro tenía su trabajo en una oficina del centro, ella el suyo en una biblioteca de Chamberí. Los fines de semana, mercado, alguna serie en la tele, de vez en cuando invitados. Los invitados solían ser Manu y Lucía. Manu era el mejor amigo de Álvaro desde la universidad en Salamanca, y Lucía, su esposa, una mujer enérgica, de carcajada fácil y atuendo siempre chillón, que a veces fatigaba a Camila aunque ella fingiese alegría.

Todo sería corriente, salvo por el dichoso móvil.

Camila veía el móvil de Álvaro, siempre boca abajo, y pensaba: qué más da, cada persona sus manías.

Una mañana cogió la sal, rozó el aparato y este cayó al asiento, boca arriba.

Álvaro fue más rápido que un relámpago sobre las colinas de Segovia; cubrió la pantalla con la mano.

Perdón susurró Camila.

No pasa nada respondió él.

Ambos fingieron que nada había ocurrido. Porque así se hace cuando pasa algo de veras.

Camila era lista. Eso le traía más problemas de los que le solucionaba.

Una mujer lista no monta una furia por un móvil. Una mujer lista observa, hace tablas mentales: columna de hechos, columna de excusas. Y mientras las excusas aguanten, una mujer lista calla.

Y Camila calló durante meses. Su tabla mental rebosaba.

Hecho uno: Álvaro empezó a llegar tarde del trabajo. Antes, las ocho era tope; ahora, quizá nueve y media, un día hasta las once. Explicación: cierre de trimestre, informes, cliente en Barcelona.

Hecho dos: andaba disperso, como las hojas de otoño en el Retiro. Miraba la tele sin ver, contestaba preguntas tarde, como si el wifi se le cortara por las paredes gruesas del piso.

Hecho tres: se tensaba al recibir llamadas de Manu.

Eso sí era sorprendente. Manu era su hermano elegido desde hace veinte años. Siempre contestaba a sus llamadas con entusiasmo, a veces se iba a la cocina y charlaba media hora para volver exultante. Ahora, ante la pantalla con el nombre de Manu, algo en la expresión de Álvaro cambiaba: apenas perceptible, pero ahí estaba.

Camila preguntó una vez:

¿Todo bien con Manu?

Claro. ¿Por qué?

Te veo raro cuando te llama.

Ideas tuyas zanjó él, agarrando el móvil como una roca en el naufragio.

Una noche, Lucía llamó para charlar. De esas llamadas sin nada que contar, solo por el placer del murmullo. Lucía era como una tormenta de verano alborotando historias banales.

¿Cómo vais? preguntó Lucía.

Bien. Álvaro otra vez llega tarde.

Ay, lo de siempre, trabajo soltó Lucía, con demasiada ligereza.

La semana siguiente cenaron los cuatro, como tantas veces, en el pequeño piso de Camila. Manu y Lucía trajeron vino de La Rioja y una tarta, Álvaro asó carne, intentaba ser el alma de la fiesta. Camila observaba cada gesto desde su rincón de la mesa.

Había algo raro entre Álvaro y Lucía. Antes, hablaban juntos como dos comadres en un mercado, pero esa noche evitaban lanzarse palabras, ni siquiera miradas.

Manu se dedicó al vino y relatos laborales. Su voz era monótona, ojos cansados. Camila pensaba: ¿lo sabe? ¿O se hace el loco como yo? ¿O sospecha y está en silencio, porque los listos callan?

Te noto rara dijo Álvaro al terminar la noche.

Cansada dijo ella.

Acuéstate temprano.

Eso haré.

Se tumbó, mirando al techo desconchado, oyendo la tele tras la pared. El móvil, siempre al borde de la mesita, boca abajo. Camila se giró y abrazó el frío de la pared.

Seguía concediéndole a las excusas un último intento.

El sábado Álvaro avisó que iba a pasar la ITV al coche. Tres horas, dijo. Camila se sirvió un café y se puso a limpiar con parsimonia dominguera. Polvo, estanterías, algun jarrón descolocado. En el salón, vio el móvil sobre un cojín, boca arriba.

Se lo había dejado olvidado.

En tres años nunca antes había ocurrido. Podría olvidar el paraguas en un banco de la Castellana, la cartera en la barra de un bar, hasta la chaqueta en el trabajo… pero el móvil, jamás.

Camila se quedó congelada, trapo en mano, viendo el rectángulo brillante. La pantalla encendida, silente, sólo un aviso: apenas unas palabras. Nunca había leído los mensajes de su marido, no por fe ciega sino por respeto. Era su regla: los adultos merecen un rincón propio.

No leyó el mensaje.

Pero sí su pequeña foto de contacto. El redondo y minúsculo icono, como una moneda, con rostro de mujer de cabello oscuro y sonrisa reconocible.

Lucía.

Se quedó mirando ese pequeño círculo con la sonrisa de Lucía. El móvil se apagó solo, la pantalla se oscureció. Camila no se movía.

Fue a la cocina. Se sirvió agua del grifo.

Lucía. Esposa de Manu. Amiga, o eso que son las amigas de los amigos de tu marido. Personas con las que compartes viernes, recuerdas su alergia al melocotón, y el cumpleaños: 22 de marzo. Camila recordaba bien el cumpleaños de Lucía. Siempre le hacían un regalo conjunto con Álvaro.

El año anterior también.

Volvió al salón. El teléfono vibró de nuevo, destelló otro aviso, enseguida volvió a morir. Camila no miró el texto esta vez tampoco.

Sabía que, si lo leía, algo estallaría ya imposible de recomponer. Mientras no leyera, quizás Lucía escribía por algo inocente: un cumpleaños, una pregunta sobre Manu. Quizás un error… pero en el móvil no hay números equivocados, sólo nombres.

Camila ya no dudaba.

Se sentó junto al móvil mudo, como quien se sienta junto a un testigo que prefiere el silencio.

En su cabeza, los hechos empezaron a encajar como piezas de madera vieja: las tardes tardías, la distracción, la incomodidad al hablar con Manu, la frialdad entre Lucía y Álvaro… el comentario precipitado de Lucía sobre las excusas por el trabajo.

Lucía lo sabía. Porque era la causa.

Camila sólo estaba ahí, sintiendo cómo algo se deslizaba y recolocaba suavemente dentro de ella.

Veinte años de amistad con Manu.

¿Será que él no lo sabe? ¿O sí? ¿Sospecha, como yo, y prefiere el silencio de los listos?

Se oyó el portazo del portal, pasos en la escalera.

Álvaro apareció antes de lo previsto. ¿La ITV fue rápida o se acordó del móvil?

Camila no se movió del sofá.

Álvaro entró, la vio, luego reparó en el móvil junto a ella. Su cara se crispó apenas un segundo. Pero ella llevaba meses mirando esos gestos.

Me lo he dejado dijo Álvaro, señalando el móvil, intentando sonar natural.

Ya lo veo contestó Camila.

Se levantó, pasó por su lado hacia la cocina, tomó el otro vaso de agua y lo bebió.

Silencio a su espalda.

Cami… intentó Álvaro.

Ahora no respondió ella, con calma. Todavía no estoy lista.

Era cierto. No estaba lista para palabras urgentes, lágrimas, reproches. Sólo estaba lista para aceptar lo ya sabido. Y sabía bastante.

La conversación llegó el domingo. Sin gritos, sin platos estrellados. Simplemente sentados en la mesa. Álvaro rompió el silencio, anticipándose al temido interrogatorio.

No sé cómo explicarlo murmuró.

No lo expliques. Lo he entendido todo por la foto de perfil cortó ella.

Silencio seco y largo. Por fin preguntó:

¿Lo sabías?

Sospechaba, y me contaba historias.

¿Y ahora qué…?

No sé lo tuyo. Yo tengo que pensar en el divorcio.

Lucía lo supo esa noche; Camila la llamó personalmente. Fue la llamada más breve de su vida.

Lucía, lo sé. No tienes que darme detalles. A Manu dile lo que quieras. Pero no vuelvas a llamarme.

Silencio. Después, un apenas perceptible: Cami… y Camila colgó.

Manu se enteró al día siguiente: cómo, ella no quiso saberlo. Álvaro volvió a casa sombrío, se dejó caer en el sillón, miró largo rato un punto en la pared y dijo:

Ha llamado Manu.

Ya dijo Camila.

Nada más que hablar.

Tres años de matrimonio. Veinte de amistad. Una sonrisa ajena en una pantalla, y dos hogares caen como castillos de cartas. Despacio, sin apenas ruido. Sin espectáculo.

Una semana después, Camila hacía maletas: libros, ropa, algún cacharro de cocina rescatado del pasado. Álvaro, en el cuarto contiguo, cambiaba de postura sin saber qué hacer con tanto silencio.

En el umbral, Camila se detuvo. El móvil estaba en la mesa.

Boca abajo.

Cerró la puerta tras de sí, dejando todo en pausa como una plaza vacía al amanecer de Madrid.

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