Ana está ocupada con las tareas del hogar cuando su amiga Marta la llama por teléfono. La interrumpe de inmediato, animándola a ir a su casa porque Jaime la ha dejado. Se ha marchado con otra mujer de Madrid, algo completamente inesperado. Sin pensarlo mucho, se juntan alrededor de la mesa para celebrar este nuevo comienzo. Marta convivió con Jaime durante años, pero su relación siempre fue difícil; él era muy celoso y posesivo. Le exigía una atención constante, era descortés y no dudaba en tirar platos si la comida no era de su gusto. Sus cambios de humor podían condenar a Marta a semanas enteras de silencios tensos e hirientes.
Liberada ahora de esa relación tóxica, Marta no puede esconder su alivio. Jaime le prohibía salir con sus amigas por miedo a malas influencias. Pero ahora está deseando recuperar ese tiempo perdido y compartir más momentos juntas. Entre risas y confidencias, las amigas recuerdan los malos ratos, la desconfianza y la presión que Jaime ejercía siempre sobre Marta.
Nadie sabe muy bien cómo Jaime conoció a su nueva pareja, aunque solía poner de excusa entrenamientos para visitarla a escondidas. En ese ambiente desenfadado, las amigas se preguntan si Jaime seguirá cumpliendo con la manutención de sus hijos, y Marta no descarta la posibilidad de denunciarlo a la policía si deja de hacerlo. Terminan la tarde brindando con una copa de vino, compartiendo recuerdos y anécdotas de amores que no acabaron bien.
Cuando Jaime decide regresar un mes después, Marta lo recibe sin emoción alguna. Él, convencido de que será bienvenido de nuevo en casa, se queda de piedra ante su mirada fría y distante. Le pregunta, casi suplicando, qué es lo que realmente quieren las mujeres. Marta, confiada, le responde sin dudar: Cariño y respeto. Ha encontrado la fuerza en sí misma y no quiere volver a saber nada más de él. Jaime solo puede mirarla sorprendido, sin entender cómo ha perdido su poder sobre ella.





