BARBA CANOSA, ALMA HERMOSA
¡Me has mentido en todo! Termino nuestra correspondencia. Muy decepcionado con las mujeres. ¿Cómo pudiste fingir y mentir durante tanto tiempo? Quería casarme contigo, y lo has echado todo a perder. No se puede empezar una vida juntos con mentiras y desconfianza. Adiós. No me escribas más. No responderé. Tu ex-caballero.
Así empezaba la carta que recibí de un inglés. Yo llevaba casi un año carteándome con Connor. Todo parecía encaminarse hacia un encuentro en su ciudad, Sheffield. Pero al final…
No pudo ser.
Yo entonces tenía cuarenta y nueve años. Ya hacía mucho que me había divorciado. Tenía hijos y hasta nietos. Quería, aunque fuera una última vez, sentirme mujer. El tiempo pasa sin compasión. Los hijos ya andan en sus propias cosas, tienen sus vidas. No podía quedarme entre cuatro paredes rememorando los mejores momentos del pasado. Así sólo acabaría marchitándome antes de tiempo, dedicándome a tejer calcetines por metros y bordar sábanas con punto de cruz. Mis amigas, casadas todas, pendientes de la casa y la familia. Y después de analizar detenidamente a todos los candidatos en el trabajo, ninguno me convenció.
Por consejo de una compañera, decidí probar suerte en una página de citas. Total, por probar, no se pierde nada.
Rellené un cuestionario larguísimo. Me describí de forma muy favorecedora y puse una foto en la que me veía genial. Me senté a esperar el milagro. Eso sí, sin lanzarme a escribir a cuanto hombre soltero veía. Una tiene su dignidad.
Un par de semanas después, entre todos los mensajes, sólo encontré uno. Con nervios, abrí aquel correo extranjero mientras estaba sentada en Segovia.
Un inglés, 59 años, empresario, divorciado, con dos hijos mayores. En la foto, elegante y seguro de sí mismo, de pie ante una preciosa casa de tres plantas. Me proponía conocernos. Quizás, quién sabe, con intenciones de boda.
Ahí estaba: la felicidad sencilla, serena, esperando a que sólo tendiera la mano y supiera redactar una carta inteligente Yo, llena de ilusión, hasta me puse a tararear coplas de mi tierra. Quería contestar un sí, por supuesto, me planto ya mismo en Sheffield y nos casamos, o como lo llamen en Inglaterra, pero acabé diciendo que tenía que pensarlo bieny léase, hacerme un poco la difícil.
Dije que tenía muchos pretendientes y no podía responder a todos. Connor, no se enfade si tardo, le dije.
Connor fue todo delicadeza y tacto. Respondió que lo entendía; una mujer como yo debía tener el corazón de muchos, incluso el suyo propio. Semejantes piropos de un inglés, y yo me venía arriba.
Nuestra correspondencia se convirtió en algo sincero y confidencial. Parecía que estábamos hechos el uno para el otro. ¿Por qué, entonces, nacimos y vivimos en países distintos? Connor me llamaba Rosa Misteriosa, yo a él Mi caballero. Me acostumbré tanto a sus dulces cartas que no concibo mis días sin ellas. Ya me veía casada, viviendo en su gran casa, charloteando por las mañanas con mi marido. Todo encajaba a la perfección. Cuanto más nos conocíamos, más próximos sentía nuestros espíritus.
Les conté a mis hijos que pronto me iría, que les dejaría el piso, que dejaría el trabajo. Ni mi hijo ni mi hija se cortaron un pelo en bajarme a la realidad:
Mamá, no te reconocemos. Te jubilas dentro de nada y te casas. ¡Vaya locura! ¿Quién te quiere allí? Ese inglés pronto va a estar para pasarle la fregona, a correr al médico y levantarse siete veces por la noche ¿Vas a irte a cuidar abuelos a Gran Bretaña? Y luego se pone a refunfuñar todo el día. No corras, mamá, no vayas a servir a un inglés.
Pero los argumentos de mis hijos no me importaban. Quiero ser una dama, y punto. Para el viaje, renové vestuario, cambié de peinado, hasta los modales. Estaba esperando la visa. Y entonces, recibo de Connor aquella carta tan dura No eres ninguna Rosa Misteriosa, sólo una mentirosa del montón. No escribas más; no contestaré.
No entendía nada. ¿Cuándo había mentido yo? En mi cabeza, un millón de ideas, sospechas, teorías. Aun así, le escribí una carta a Connor. En balde esperé seis meses una respuesta. Nada.
Y cuando ya había perdido la esperanza, y decidido dejar el piso a los hijos, recibí carta de Mi caballero:
Rosa Misteriosa, ¡perdóname! He estado mucho tiempo en el hospital, al borde de la muerte. Todo fue incierto y duro. No quise preocuparte. Le pedí a mi hijo Oliver que continuara contigo la correspondencia. Le pedí que fuese educado. Pero él me dijo que, de repente, cesaste el contacto. ¿Por qué?
Ahora estoy recuperado y deseo, de verdad, recibirte en mi casa como mi esposa.
Leí la carta varias veces, y rompí a llorar. No sabía qué contestar. Lo tenía claro, Oliver no quería que su padre se casara. Fue el propio hijo de Connor quien me acusó injustamente de mentir.
Después de meditarlo y entristecerme, decidí no contestar a Connor. Imaginad que iba a Sheffield, y Oliver, en cuanto pudiese, me ponía veneno en las gachas o se inventaba mil calumnias para su padre. Connor, por supuesto, creería antes a su hijo que a mí, y acabaría echando a esta diosa de su palacio. ¿Para qué embarcarme en semejante lío? Que ellos se apañen, que al fin y al cabo, son familia.
Y aquí, los nietos van a empezar el cole en otoño. Hay que ayudarles a leer, y con las mates. Y aún tengo que ir a la huerta, plantar tomates, cortar la hierba, regar las flores Al final, cada uno, donde crece, es donde echa raíces.
Voy a descansar de nuevas citas. Por mucha energía que quitan. Y la vida, entretanto, se escurre como el agua.
¡Hola, vecina! Ya no pensaba volver a verte, hace mucho que no vienes. ¿Líos o te has casado? el vecino de la huerta no me dejaba pasar, mirándome con curiosidad.
¡Buenas, Nicolás! Pues la verdad, te he echado de menos. ¿Y tú? ¿No te has casado aún? ¿Me ayudas a cortar leña? Te invito a un té esta tarde. No sabes la de cosas que tengo pendientes, no te haces idea me alegró tanto verle que me daban ganas de abrazarle.
¿Pero cómo iba a casarme, Antonia, si la novia no ha asomado en todo un año? respondió Nicolás, juguetón.
¿Eso qué significa? yo, por supuesto, lo entendía, pero tenía que hacerme la interesante.
Cásate conmigo, Antonia. ¿A estas alturas, vamos a seguir con tonterías? Nos conocemos de toda la vida Como decía mi abuelo, árbol viejo cruje, pero aguanta.
Bueno, pues mi novio tiene la barba canosa, pero un corazón hermoso.
Llevo siete años felizmente casada con Nicolás.





