Después de salpicar a la señora mayor con el barro de los charcos, la rubia exclamó: “¡Abuela, ¿a dónde vas vestida así? Ya es tarde! Las abuelas deberían estar en casa a estas horas”.

Carmen, profesora de matemáticas, se preparaba para celebrar el cumpleaños de su querida amiga y compañera, con quien había compartido la caminata diaria hacia el colegio durante cuarenta años. Al amanecer, Carmen se arregló cuidadosamente, escogiendo una blusa blanca impoluta y una falda de lino azul marino, como si quisiera flotar naranja entre los rayos del sol lejano. A pesar de la tormenta nocturna y los charcos que brillaban como espejos rotos bajo sus pies, salió al mercado a comprar una tarta y un ramo de claveles para su amiga.

En pleno paseo, una mujer rubia al volante de un coche plateado cruzó la calle como un relámpago, empapando a Carmen y sus regalos con el barro de los charcos. La mujer, con voz aguda y sonrisa torcida, le soltó: Abuela, ¿adónde vas tan arreglada? ¡Ya es tarde! Las abuelas deberían estar en casa a estas horas.

Carmen, irritada por el comentario y el desprecio, le respondió sin pensarlo: ¡Tengo cosas importantes que hacer! ¡Deberías avergonzarte! Como si el aire temblara, la discusión se volvió ruidosa y la mujer comenzó a criticarla por andar cerca del charco, como si el agua tuviese la culpa. De repente, apareció un hombre corpulento y elegante, envuelto en abrigo rojo, salido de una casa de piedra llena de balcones decorados con geranios. Al notar el bullicio, preguntó, entre las sombras del sueño: ¿Ha pasado algo?

La mujer rubia, rápida como el viento, señaló a Carmen: Todo esto es culpa de esta vieja, y ahora me molesta. Pero el hombre, al fijar la vista en Carmen, su rostro se iluminó como Madrid en fiestas y exclamó: ¡Carmen! ¡Qué alegría reencontrarte! La abrazó con la nostalgia de los años escolares, y al darse cuenta de que la mujer rubia, su secretaria, había pasado demasiado cerca de Carmen, empezó a pedir disculpas en nombre de su empleada.

Tomando consigo la responsabilidad de la joven secretaria, hizo que le pidiera disculpas personalmente a Carmen. Con desgana y voz apagada, la mujer murmuró un Lo siento. Por el comportamiento insolente, el hombre decidió despedirla, como si las reglas del sueño lo exigieran. Después, acompañó amablemente a Carmen a su casa, esperó a que se cambiase de ropa, y compró él mismo flores frescas y una gran tarta de San Marcos, pagada con billetes de euro que parecían flotar por la Calle Mayor, para que pudieran celebrar el cumpleaños de su colega junto al fuego de las velas que bailaban como fantasmas madrileños.

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MagistrUm
Después de salpicar a la señora mayor con el barro de los charcos, la rubia exclamó: “¡Abuela, ¿a dónde vas vestida así? Ya es tarde! Las abuelas deberían estar en casa a estas horas”.