¡ELIGE: O TU PERRO O YO! ¡NO AGUANTO MÁS EL OLOR A CHUCHO! — DIJO SU MARIDO. ELLA ELEGÍA A SU MARIDO…

ELIGE: ¡O TU PERRO O YO! ¡YA ESTOY HARTO DE AGUANTAR EL OLOR! DIJO EL MARIDO. ELLA ESCOGIÓ AL MARIDO, LLEVÓ AL PERRO AL MONTE… Y POR LA NOCHE, EL ESPOSO DIJO QUE SE IBA CON OTRA

Hace ya muchos años, recordamos en los rincones tranquilos de Madrid la historia de Inés, una mujer cuyo corazón se debatió entre el amor y la lealtad. Inés amó a su marido, Alfonso, con una entrega ciega. Compartieron cinco años juntos, sin hijos, pero con un fiel compañero: Bruno, un viejo pastor alemán que Inés había recogido de la calle cuando era un cachorro, mucho antes de conocer a Alfonso.

Para Inés, Bruno era familia. Sabio, noble, sin apenas necesidad de palabras, entendía todo. Pero los años no perdonan: las patas de Bruno comenzaron a fallar, su pelaje ralo caía a mechones, y su aliento se volvió fuerte. Alfonso aguantó durante meses. Pero el día que Bruno, incapaz de esperar el paseo, orinó en el pasillo recién reformado, la paciencia de Alfonso se rompió.

¡Se acabó, Inés! ¡No aguanto más! gritó Alfonso, empujando con rudeza el hocico del perro hacia el charco. ¡Tengo la casa hecha una cuadra! ¡Pelos en la comida, olor insoportable, y ahora esto! Tienes que decidir: o él, o yo.

Alfonso, por favor… ¿qué hago con él? Tiene doce años… sollozaba Inés, abrazando al perro avergonzado.

¡Al refugio, al monte, haz lo que quieras! ¡Me da igual! sentenció el marido. Si esta noche sigue aquí, me largo. Quiero vivir en una casa limpia, no recoger la porquería de tu “niño” lleno de pulgas.

Inés era débil ante el miedo a la soledad, le aterraba la posibilidad de perder a Alfonso, que era quien sostenía la familia y con quien tenía sueños de vacaciones y una hipoteca por pagar…

Eligió al marido.

Llevó a Bruno fuera de Madrid, a unos kilómetros del pequeño pueblo donde pasaba los veranos. El perro, con gran esfuerzo, se subió al coche, gimoteando de dolor pero lamiéndole la mano, creyendo que iban de paseo. Inés condujo llorando durante todo el trayecto.

En un claro del monte, ató la correa de Bruno a un roble para evitar que corriera tras ella.

Perdóname, Bruno… perdóname… susurraba entre lágrimas, sin valor para mirar sus cansados ojos.

Bruno no forcejeó. Simplemente se sentó y la miró, como entendiendo todo.

Dejó su cuenco con pienso y subió al coche, arrancando rápidamente. En el retrovisor vio cómo Bruno, olvidando sus patas enfermas, intentó correr tras ella, aullando ronco y triste, tirando de la correa.

Ese lamento quedó grabado en los pensamientos de Inés todo el camino de vuelta.

Al llegar, agotada y con los ojos hinchados, encontró a Alfonso empaquetando sus cosas.

¿Qué haces…? preguntó, confusa. Ya está, Bruno no está. Lo llevé…

Alfonso la miró con una mueca fría.

Muy rápido, Inés. Pero aun así, me voy.

¿Cómo que te vas? ¿Adónde?

Con Clara, la del departamento de contabilidad. Llevamos juntos medio año. Está embarazada.

A Inés se le derrumbó el alma y se desplomó en la silla. El mundo le daba vueltas.

Pero… diste un ultimátum… el perro o tú… ¿por qué?

Era una prueba replicó Alfonso con cinismo . Para ver si tenías carácter. Esperaba que me sorprendieras. Pero has traicionado a tu amigo por un par de pantalones. Ahora es a mí a quien me asustaría seguir contigo. Si has abandonado a quien te dio diez años de lealtad, a mí, cuando esté enfermo, directamente me tirarás a la basura.

Cerró la maleta.

Adiós, Inés. Por cierto Bruno era el único hombre de verdad en esta casa. Tú solo has traicionado.

Cuando la puerta se cerró, Inés rompió en llanto desesperado.

Comprendió entonces el alcance de sus actos. Para complacer a quien no la amaba, quitó del mundo la luz de quien la idolatraba.

Corrió a por las llaves del coche y volvió al monte a toda prisa.

Era de noche. Llovía con fuerza.

Llegó al roble. La correa estaba rota, el cuenco volcado y Bruno ya no estaba allí.

¡Bruno! ¡Bruno, mi chico! gritaba entre la maleza, arañándose el rostro con las ramas.

Lo buscó tres días, pegando carteles y pidiendo ayuda a los voluntarios de protectoras. No dormía ni comía.

Al cuarto día, sonó el teléfono.

¿Buscabas un pastor alemán? Encontraron uno igual en la autovía. Le atropelló un camión.

Acudió a reconocer el cuerpo.

Allí estaba él.

Bruno, al parecer, rompió la correa e intentó volver a casa. Recorrió kilómetros, con sus patas doloridas, guiado solo por el amor. Murió en la cuneta, sin alcanzar aquello que más quería.

Inés enterró a Bruno bajo un viejo almendro.

Han pasado dos años.

Vive sola. No ha vuelto a casarse: ni confía en la gente, ni en sí misma.

Alfonso es feliz con su nueva esposa y su hijo. Olvidó a Inés, como se olvida una pesadilla. Para él, solo fue una prueba, el pretexto perfecto para irse sin remordimientos, cargando su culpa en otros hombros.

Pero Inés ahora es voluntaria en un refugio de perros ancianos. Limpia jaulas, recoge excrementos, cuida a los cojos y acaricia a los olvidados, tratando de redimir su error.

Cada noche sueña lo mismo: está otra vez junto al roble, y Bruno la mira con tristeza infinita. Ella lo llama, pero él no se acerca. Solo la mira. Sin odio. Solo esa pena perruna, que es su condena.

Moral: La traición no se perdona. Jamás sacrifiques a un amigo fiel por quien te pone a prueba. Quien te ama nunca exigirá elegir. Si lo hace, ya te ha traicionado, y solo retrasas el final inevitable, cometiendo el error más doloroso.

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MagistrUm
¡ELIGE: O TU PERRO O YO! ¡NO AGUANTO MÁS EL OLOR A CHUCHO! — DIJO SU MARIDO. ELLA ELEGÍA A SU MARIDO…