Espigas de Oro: Tradición y Sabores Auténticos de Castilla

Mira, te voy a contar una historia de hace unos veinticinco años, cuando yo era todavía una cría, bastante inocente y un poco soberbia. El médico de cabecera, a pesar de todas mis protestas, me mandó a ingresar en el área de medicina interna del hospital.

Por entonces yo tenía veintitrés años y mi marido, Julián, veintiséis. Julián era ingeniero en una oficina técnica aquí en Madrid, y yo estaba terminando los últimos exámenes de la carrera. Llevábamos dos años casados y los niños no entraban aún en nuestros planes ni pañales, ni baberos ni nada de eso.

Y yo, la verdad, me consideraba la esposa perfecta, sin apenas defectos. Pero en Julián, como si se tratara de un espejo, cada día le veía más cosas que no me convencían. Sobre todo me parecía que pasaba más tiempo mimando su Vespa que pasándolo conmigo. Estaba convencida de que podría cambiar en él todo lo que no me gustaba. Qué ilusa, ¡si quien tenía que cambiar era yo!

Total, que después de una época de exámenes agotadores, mi cuerpo dijo basta y me dio un buen susto el estómago. No me entraba ni un sorbo de agua, náuseas, fatal.

Hija me dijo don Ramón, el doctor del ambulatorio, mientras se ajustaba las gafas, cuida tu salud de joven para no lamentarla de mayor, y no discutas conmigo, Catalina. Te tienes que quedar ingresada, hacerte pruebas en condiciones y ponerte bien. Ya de niña mimada nada, ¿eh? Ahora a ver si mis compañeros pueden hacer algo por ti.

Me dio el volante, y yo, con el pañuelo arrugado de tantas lágrimas, caminé desolada para ingresar en el hospital.

En la habitación éramos cuatro: dos mujeres de unos cincuenta años, una viejecita pequeña con un pañuelo de lunares y yo. Aquella abuela se llamaba Doña Carmen, y a las otras ahora mismo ni me acuerdo de sus nombres.

No tenía ninguna gana de hablar con nadie, estaba enfadada con el mundo y, sobre todo, con Julián. Pensaba que lo único que quería era librarse de mí, que si me hubiese cuidado y defendido habría convencido al doctor de tratarme en casa.

Me acurrucaba en la cama, de hierro, de ésas de hospital de toda la vida, dándole vueltas a lo desgraciada que era y culpando a todos de mi desdicha.

Quita esas tarteras de aquí, Julián, no pienso tocar nada le decía cada vez que venía con bolsas de comida.

Catalina, cariño, que el médico ha dicho que el pescado a la plancha es lo mejor, y te he hecho unas patatas que seguro te entran…

¡Ni lo sueñes! Dáselo a los gatos callejeros, aunque ni ellos se lo comerán.

Julián suspiraba y se iba, cabizbajo, y yo aún más borde, le soltaba alguna bordería para hacerle daño.

No hace falta que vengas más le soltaba siempre.

Pero él, cabezón, venía todos los días, antes y después del trabajo. Y cada mañana allí estaban los tuppers recién hechos, envueltos en una manta para que siguieran templados. Y yo sin valorar ni su paciencia ni su amor.

No sé cómo sacaba tiempo para preparar tantas cosas ricas solo para mí. Ahora lo pienso y sé que Julián lo tenía cuesta arriba conmigo, pero entonces ni lo veía.

Las pastillas, los pinchazos y sueros no me hacían efecto. Adelgacé muchísimo, me hundían los pómulos, ojeras de mapache. Me hicieron pruebas y ¡zasca!, diagnóstico: gastritis crónica. Ya sé, no parece gran cosa, pero para mí fue una prueba de fuego.

Me arrastraba hasta la cama cada vez más hundida, y ni compañeras ni enfermeras se acercaban, porque solo irradiaba mal rollo. Lo notaba, pero no sabía salir de ese pozo.

Una noche, las dos señoras pidieron permiso para dormir en casa, y sólo nos quedamos Doña Carmen y yo.

¿No duermes, Catalina? susurró la abuela.

No puedo. El estómago…

Mira, muchacha me dijo, yo vengo aquí tres veces al año para controlarme la gastritis. Como tú. Y te digo una cosa: puedes cuidarte en casa si sabes cómo.

¿Ahora viene la charla de nutrición? De verdad, ahórratela, que lo sé todo ya.

No, hija, solo quería decirte que tú me recuerdas a mí de joven, igual de arisca y cabezota.

Entonces me giré y la miré. Era bajita, encorvada, parecía casi de cuento, pero esa mujer irradiaba una calidez impresionante. Sus ojos celestes brillaban de bondad.

Me acordé entonces de que todos venían a buscarla al cuarto: pacientes, enfermeros, gente del personal. Le contaban sus penas, ella escuchaba con atención y luego, con dos palabras, les calmaba el alma. Unos se iban llorando, pero casi todos salían sonriendo.

Antes de irse les traían detallitos alguno le dejaba una caja de galletas, una botella de yogur, otros un trocito de queso manchego o bombones. Ella los abrazaba y les daba mil gracias. Cuando se iba el visitante, se secaba las lágrimas con su pañuelo de lunares.

Si quieres, Catalina, te cuento una historia de mi vida, ¿te apetece? dijo ella, medio sonriendo, pero con los ojos tristes. Me dio hasta vergüenza mi actitud.

Le pedí perdón y acepté encantada.

Pero antes prueba un poco de sopa de albóndigas, que seguro que te sienta bien me indicó Doña Carmen, señalando una tacita envuelta en manta.

La abrí, y, para mi sorpresa, al probar la sopa, mi estómago se calmó. Me la comí casi entera y me encantó.

¿Ves, niña? Eso es… Pero poco a poco, que tu estómago está delicado. Tienes que aprender a valorar a los demás, sobre todo a tu Julián. Te quiere de verdad. No le cierres la puerta ni le hagas el feo. Y bueno, que yo también fui bastante tonta de joven, déjame que te cuente…

Doña Carmen sorbió un poco de té y se mojó un trozo de pan.

En mi casa éramos siete hermanos empezó. Mi padre trabajaba en una fábrica de Segovia y mi madre se pasaba el día cosiendo y llevando la casa. Media aldea iba vestida con ropa que mi madre les hacía.

Yo era lista, sacaba buenas notas y me metí en Magisterio, en Salamanca. Cuando volví como maestra al pueblo, los chicos venían a rondarme pero ninguno me gustaba. Que si uno era ganadero y olía a campo, que si otro, el panadero, tenía manos siempre llenas de harina… Nada, que yo me veía para más.

Mi madre decía: ‘Carmen, no vayas de señora. Bájate del burro y cuida al que te toca, que no todos los días da la vida una buena persona’. Pero yo a lo mío.

Hasta que un día mandaron de Valladolid a un director joven, don Jacinto, rubio con ojos claros y buen tipo. Los críos lo adoraban, era adorable, buen profesor y se quedaba después de clase ayudando a los menos espabilados sin cobrar un duro. Nos casamos, felizmente.

Carmen se levantó y me recolocó la almohada.

Mi madre me advertía: ‘No le enseñes todo tu genio, Carmencita. Sé cariñosa’. Pero yo, en mis trece. Trabajé en el cole con Jacinto. A los tres años tuvimos a nuestra hija mayor, Beatriz. Siempre enfermiza, con problemas de corazón. Falleció con once años, justo antes de la guerra civil

La segunda hija, Marisa, era igualita a su padre lista, manitas, guapísima. Jacinto traía telas de Madrid, y mi madre me hacía los trajes. Era la más elegante del pueblo pero yo seguía quejosa. Que si el color era soso, que si quería otra tela…

En el 36 llegó el hambre. Repartíamos la comida del mes en treinta montoncitos, para que llegara. Hoy en día nunca tiro ni una pepita de sandía, te lo juro.

Alcanzaba apenas para dos patatas al día, una cebolla, un poco de harina, uno o dos huesos para el caldo, y las cosas las escondía como si fueran tesoros. Si no, habríamos acabado como los vecinos, que se lo comían todo de golpe y ya no tenían qué llevarse a la boca.

Detrás del pueblo estaba el campo de trigo, vigilado día y noche con guardias. Pero el hambre era tal, que Jacinto y yo salimos una noche a coger algunas espigas. Era un miedo atroz si te pillaban, te metían en la cárcel.

Empezamos rápidamente, y de repente oímos un carro acercándose. ¡El guardia! Tiramos todo y nos escondimos entre los arbustos. Tuvimos mucha suerte, no nos vio. Volvimos a casa con las manos vacías… Y entonces me di cuenta de que no llevaba mi falda. Había adelgazado tanto que se me cayó mientras corría.

Me puse a llorar sin consuelo, pensando que si la encontraban, con lo conocida que era la ropa en el pueblo, me detendrían. Mis hijas, al verme, también se echaron a llorar.

A dormir todas, no quiero más llantos dijo Jacinto, serio. Cuando amanezca, iré yo mismo al campo a buscar la falda.

Esa noche no pegué ojo. Pero a la mañana siguiente, Jacinto encontró la falda y me la trajo. Me salvó.

Desde entonces empecé a valorar a mi marido, como se merecía. Dejé de hablar mal de él y empecé a quererle de otra manera.

¿Y después? le pregunté, absorta.

Después, tiramos como pudimos. Con ayuda y fe, ninguno en mi familia murió de hambre. Cuando acabó la guerra, Jacinto se alistó como voluntario. Los nazis ocuparon nuestro pueblo, se llevaron todo… A mi hija Marisa… La voz de Carmen se quebró, le costaba seguir. Sufrió mucho y su corazón no lo aguantó. Yo entonces estaba embarazada. Perdí también a ese niño.

La abracé, y estuvimos así hasta que el sol entró por la ventana.

En el 43 me llegó la carta, Jacinto desaparecido, probablemente muerto. Nunca supe dónde está enterrado. Después, recorrí pueblos de toda Castilla, daba clases y vivía donde podía. Cuando me jubilé, mi sobrina Teresa me trajo aquí a Madrid. Y aquí estoy: vengo al hospital para cuidar mi salud, molestar poco y ahorrar lo que puedo. A Teresa le encanta el chocolate, siempre le compro alguno, y se pone tan contenta como una niña.

Miraba a Carmen y no entendía cómo en una mujer tan frágil podía caber tanta fortaleza y bondad. Todo lo que ha pasado, y sigue ayudando a los demás, siempre con una sonrisa. Y yo siempre quejica, cuando lo tengo todo: un marido que me quiere y mi familia conmigo.

Poco a poco, empecé a mejorar. Me animé, volví a comer y me encontré bien de nuevo.

Al año tuvimos a nuestro primer hijo, Miguel, y cuatro años más tarde, una niña. ¿Adivina cómo la llamamos? ¡Carmen!

Desde entonces te juro que se me cayó la venda de los ojos. Comprendí de verdad lo mucho que vale Julián: detallista, trabajador, paciente. Y aprendí a cambiar mi carácter, a no exigir tanto y cuidar más lo que tengo.

Ahora, siempre que me enfado con mi marido, me acuerdo de la historia de Carmen y las espigas, y de las veces que Julián me cuidó cuando yo solo le echaba en cara mil cosas. Y, ¿sabes qué? Cuando yo ayudo a los demás, también me siento más feliz.

A veces me pregunto si toda aquella enfermedad no era más bien por cabezota… ¿Tú qué piensas?

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