Cuando llegué a casa después del trabajo, no encontré al gato.
Me llamo Alfonso García y nunca he sido un hombre de vicios. En mi vigésimo quinto cumpleaños, mis padres me apoyaron para que pudiera independizarme y comprar mi propio piso en Madrid; me ayudaron a reunir lo necesario para la entrada de la hipoteca. Así, empecé a vivir solo. Trabajo como programador y me gusta la vida tranquila; no suelo tener trato con mucha gente.
Para hacer mi existencia más amena, decidí adoptar un gatito. El pobre tenía un problema en las patas delanteras; la familia que lo tenía pensaba sacrificarlo, pero me dio tanta pena que lo llevé conmigo y le puse de nombre Guapetón. Nos adaptamos el uno al otro y pronto él se acostumbró a esperarme cada tarde en la alfombrilla de la entrada.
Al tiempo, empecé a salir con una compañera de trabajo, una chica llamada Covadonga. Covadonga tenía mucha iniciativa y en menos de un mes decidió mudarse a mi piso. Desde el principio, no le cayó bien Guapetón y me pidió que lo diera en adopción, pero me negué y le expliqué que el gato era muy importante para mí.
Covadonga insistía, y cada vez que podía trataba de convencerme para deshacerme de Guapetón. Le dije claramente que el gato se quedaba con nosotros. Ella justificaba su actitud diciendo que el animal daba mala imagen cuando venían invitados, porque a todos les incomodaban sus patitas. Me sentía atrapado entre los dos, ya que a ambos los quería.
Mi familia tampoco veía a Covadonga con buenos ojos. Creían que era demasiado descarada y poco respetuosa. Me aconsejaron que no precipitara nada, y que observase bien antes de comprometerme más.
La visita de los padres de Covadonga fue definitiva. Su padre, en cuanto cruzó la puerta y vio al gato, lo llamó “bicho raro” y se puso a reírse. Defendí a Guapetón, pero durante toda la velada Covadonga y su padre se burlaron de la apariencia del gato y no paraban de dar ideas sobre qué hacer con él. La madre también se sumó a las risas.
Al día siguiente, cuando regresé del trabajo, Guapetón no estaba en casa. Le pregunté a Covadonga y me dijo, sin reparo, que lo había dejado en una clínica veterinaria.
Corrí a buscar a mi pequeño amigo y estuve cinco horas rastreando hasta que por fin lo encontré. Cuando lo tuve en brazos, Guapetón ronroneó suavemente, feliz de verme.
Al volver a casa, le dije a Covadonga que preparase sus cosas y se marchara. No quería volver a verla jamás. Su actitud me pareció despreciable.
A la mañana siguiente, Covadonga recogió sus pertenencias y se fue, sin decir palabra. Jamás imaginó que el gato sería más importante que ella.
Hoy Guapetón y yo vivimos tranquilos. Siempre está esperándome alegre en la entrada, y yo he aprendido que la lealtad y la bondad valen más que cualquier compañía superficial.






