Algunas personas, cuando vienen a casa de alguien, se olvidan de que son invitados. Son poco educadas, dan instrucciones y no tienen prisa en marcharse.
Siempre he sido muy hospitalaria, pero cambié de actitud con el tiempo. Al superar los cuarenta años, decidí dejar de invitar gente a casa. ¿Para qué querría hacerlo? Es agotador tener ese tipo de invitados.
Mi último cumpleaños lo celebré en un restaurante. Fue una experiencia estupenda, y ahora siempre lo hago así. Permíteme explicar por qué.
Preparar una fiesta en casa cuesta bastante dinero. Para una simple cena, tienes que gastar una buena cantidad de euros. Y si preparas una reunión de Navidad, la cifra sube aún más. Los invitados traen regalos modestos, comprensible, porque no corren tiempos fáciles. Pero luego se quedan hasta altas horas. Yo quiero descansar, no fregar montañas de platos ni limpiar toda la noche.
Ya no espero a nadie entre las paredes de mi piso. Hago la limpieza y cocino cuando me apetece. Antes, tras las reuniones navideñas, acababa siempre cansada y desanimada. Ahora, después de Navidad, tengo tiempo de darme un baño y acostarme temprano.
Dispongo de mucho tiempo libre y lo aprovecho. Mis amistades pueden venir a tomar un té, pero si no hay nada para picar, no me preocupo. Ahora hablo sin filtros. Si quiero tranquilidad, señalo la puerta. Puede no parecer muy correcto, pero no me importa. Antepongo mi comodidad.
Lo que más me sorprende es que quienes siempre están encantados de ir a casas ajenas, nunca invitan ellos mismos. Les resulta más sencillo divertirse en la casa de otro, sin tener que preocuparse por limpiar o preparar nada.
¿Recibes tú invitados? ¿Te consideras una persona hospitalaria?






