En medio de una bruma difusa, donde los relojes derretidos cuelgan de los balcones de Madrid y la realidad parece doblarse como un pañuelo olvidado, Magdalena cuida sola de sus dos hijos. Tras un latido que se pierde como una campana que suena bajo la lluvia, su hijo Alfonso la recoge del suelo y la lleva, flotando, a su pequeño piso en Lavapiés, donde los azulejos murmuran secretos en voz baja. Mientras tanto, su hija Eulalia, que vive en una espaciosa vivienda en Chamberí, siempre tiene un motivo para no acoger a su madre: una reunión, una reforma, una colección de plantas que no pueden ser molestadas.
Alfonso y su esposa, Pilar, enredados en el vaivén de compromisos, hacen malabares entre cuidar de Magdalena, criar a su propia hija Luna y sobrevivir a sus empleos en oficinas que parecen girar sobre sí mismas como tiovivos en la Plaza Mayor. De vez en cuando, Alfonso le pide ayuda económica a Eulalia, pues los medicamentos y visitas al médico engullen euros como agujeros en un calcetín viejo. Pero Eulalia, siempre vestida de terciopelo y promesas, prefiere invertir su dinero en cenas sofisticadas o viajes a las costas del Cantábrico.
Sin embargo, el cariño que Alfonso y Pilar brindan a Magdalena, tejida por hilos de paciencia y tazas de café compartidas al amanecer, logra que la anciana vuelva poco a poco a la vida y, casi como si la gravedad cambiara de dirección, empieza a ayudar en las tareas domésticas. Todo parece balancearse en una calma dorada, hasta que, una noche en la que las farolas parecen ojos cerrados, Alfonso escucha una conversación de Magdalena; ella planea ceder el piso de Lavapiés a Eulalia, para que lo venda y compre una casa nueva junto al Retiro, donde los búcaros de geranios nunca se marchitan.
Alfonso siente como si el suelo se abriera bajo sus pies, como si los adoquines se transformaran en peces inquietos. Se siente traicionado, pues mientras él y Pilar han sido las únicas anclas para Magdalena en la tormenta, la hermana que la esquiva recibirá toda la herencia, metros cuadrado y promesas. Cuando confronta a Magdalena, ella confirma la decisión: Eulalia necesita el dinero, tú eres fuerte, tú puedes seguir adelante.
Preso de una indignación que parece crecer detrás de sus ojos como una lluvia loca, Alfonso recoge sus cosasun paraguas que nunca cierra bien, fotos descoloridas, un reloj parado a las cincoy lleva a Magdalena a la puerta de Eulalia, dejando que el viento de la calle decida el rumbo. Así, en ese Madrid de sueños desarmados, Alfonso se despide de la madre que prefiere recuerdos y promesas ajenas, entendiendo que a veces, el amor se desvanece como el humo de los churros en una mañana de domingo.






