Aguantar a la suegra: esta es la historia de cómo la paciencia de una nuera llevó a un inesperado de…

¿Gemelos? se le escapó a Doña Carmen Fernández.

La mujer intentó, sin mucho éxito, disimular su desagrado. Lucía entendía bien que no debía esperar nunca de su suegra ni un ápice de afecto genuino. Carmen jamás la aceptó, considerando que su hijo, Tomás, merecía algo mejor. Paradójicamente, quienes los conocían opinaban justo al revés: era Tomás el afortunado por tener a Lucía.

Lucía era dulce, inteligente, y a sus veintitrés ya había finalizado la carrera de económicas y trabajado en una conocida red de clínicas privadas. Aunque había nacido en una pequeña ciudad castellana, su padre dirigía una empresa local y su madre era profesora en la universidad del pueblo. Lo que es la vida: ni falta de formación ni malas maneras, y sin embargo para Doña Carmen siempre sería una “chica sencilla”.

Bueno, pues enhorabuena… ¡Vaya suerte! ¡Doble alegría! murmuró la mujer.

Claro que participar en esa alegría no entraba en los planes de Carmen. El embarazo de Lucía fue complicado: le diagnosticaron riesgo de aborto y después amenaza de parto prematuro. La futura madre pasó largas temporadas en el hospital. Tomás hacía hasta lo imposible por visitarla cada día. Su madre, que vivía apenas a dos paradas de autobús, ni una sola vez se acercó a ver a la nuera.

Tampoco apareció el día del alta de las niñas. Ni la insistencia de Tomás logró que su madre se acercara a conocer a sus nietas durante las primeras seis semanas.

¡Eso no se estila! ¿Y si les llevo algún virus? Mejor esperar a que estén más fuertes para conocer a su abuelita.

Las gemelas tenían ya tres meses la tarde en que, saliendo del supermercado, Lucía se cruzó de frente con su suegra. Carmen forzó una sonrisa y dijo entre dientes:

¿Qué tal estáis, chicas?

Lucía respondió con cordialidad sincera.

Paseando… El carrito es enorme, pero el aire fresco les sienta bien.

Carmen asintió, dispuesta a marcharse, cuando una conocida apareció agitando la mano.

¡Carmina! ¡Buenas! ¡Vaya, esas son tus nietas?

Sí, María Dolores… ¡mi mayor tesoro!

Lucía recordaba a doña María Dolores. Saludó con timidez.

¡Dos de golpe! Lucita, ¿cómo lo has conseguido? ¡Tan frágil y menudita!

¡Lucía es toda una valiente! confirmó Carmen, cambiando el tono.

Lucía observaba atónita el cambio en su suegra, que pasaba en un instante de la actitud distante a la de abuela orgullosa.

María Dolores y Carmen se enzarzaron en una charla animada, diciendo cuánto suerte era tener gemelas y cómo Carmen ayudaba tanto… Lucía estaba tan sorprendida de oír historias sobre sí misma que ni palabra pudo articular. Pero al cabo, su conocida recordó sus prisas.

¡Bueno, me voy! ¡El banco cierra ya! Cuidaos mucho, chicas.

Carmen esperó a que su amiga se marchara, y, quitándose la máscara de abuela feliz, se despidió con sequedad.

Por la noche, Lucía relató la escena a Tomás. Él solo encogió los hombros.

Lucía, es mi madre. ¿Qué esperas? Con nosotros igual; decía que me ayudaba con los deberes hasta la madrugada, pero se pasaba las noches viendo culebrones y nunca tocó un cuaderno. Presumía de pasear tres horas con mi hermana Marisa, pero mientras yo sacaba a la niña, ella se acicalaba delante del espejo… No le des vueltas, te lo pido.

Lucía había escuchado esas historias mil veces, pero seguía asombrándose al ser ella la protagonista de semejantes farsas.

***

Los años pasaban y el trato de Carmen con hijos y nietos seguía igual. Hasta que tuvo un tropiezo: bajando de un taxi, resbaló y se rompió la pierna. Entonces anunció su brillante idea.

Me quedaré a vivir con vosotros unos meses notificó a Lucía y Tomás.

La pareja se miró: sabían cómo acabaría aquello, pero no se atrevieron a negarse.

Y así empezó el caos. Cedieron la habitación matrimonial a Carmen y ellos se mudaron al cuarto de las niñas; su suegra se convirtió en la tercera hija. Había que cocinarle, asearla, limpiarle, atenderle todos sus caprichos… Y no olvidarse de traerle recados del supermercado.

Las gemelas, con dos años y medio, ya iban a la guardería porque Lucía intentaba reincorporarse al trabajo a media jornada. Cada mañana era una batalla: las niñas lloraban, protestaban y no querían salir de la cama para enfrentarse al mundo.

Un día, a punto de salir, el móvil de Tomás sonó:

¿Mamá? Si estás en la otra habitación…

No puedo levantarme, tengo la pierna rota…

Mamá, tienes muletas…

¡Cállate, Tomás! Para lo que te voy a decir no necesito levantarme.

Dime de una vez, mamá…

No soporto el ruido con el que os movéis por la mañana. ¡No puedo dormir con esos portazos y vuestras hijas chillando todo el rato!

A Tomás se le subieron los colores de la rabia. Fue derecho a la puerta, la abrió de par en par y le gritó:

Si tanto te molesta, ¡te dejamos las niñas a cargo y nos vamos!

Carmen se quedó muda del susto. Pronto abandonó el piso familiar, sin esperar a que le retirasen la escayola. Tomás no lo lamentó, pero Lucía no paraba de sentirse culpable por la tensión de su marido con su madre. ¿Qué otra cosa podía hacer?

***

Por lo general, Lucía los viernes trabajaba solo por la mañana. Recogía a las niñas, compraban alguna golosina y veían juntas una película animada. Ese viernes no fue diferente: dispersó cojines en el suelo, puso el proyector… De repente, el timbre interrumpió la siesta.

Lucía abrió y vio a Carmen, que sujetaba de la mano a David, el hijo de Marisa.

¿Qué pasa, Carmen?

Marisa me lo ha dejado hasta la tarde, pero tengo que salir urgentemente. Quédate con él, no será ni hora y media.

Lucía vaciló. David tenía medio año menos que las gemelas y era un niño dulce, así que le sonrió desde su altura.

¿Te quedas conmigo, David?

El niño asintió tímido. Cuando Lucía volvió la cara, su suegra ya esperaba el ascensor.

¿A qué hora vuelves?

En dos horas, como mucho.

Ni se despidió de nuera ni nieto.

***

Tomás llegó a casa a las siete, y se encontró a su sobrino sentado en la cocina comiendo croquetas.

¡Hola, campeón! ¿Has venido de visita? ¿Y tu madre?

El niño sonrió. Lucía suspiró hondo. No quería desatar una discusión, pero no podía omitir los hechos.

Tu madre lo ha dejado aquí un rato”. Sólo se fue… hace casi cinco horas.

Tomás la miró preocupado.

¿Y Marisa?

Lucía bajó la mirada.

No le he escrito… No quería dejar mal a Carmen. Es a ella a quien Marisa le confió el chiquillo.

Tomás enrojeció.

Eres demasiado buena… Pero esto no es normal. Ni siquiera te dijo a dónde iba.

Lucía negó con la cabeza. Tomás marcó a su hermana y le explicó la situación. Marisa prometió ir a buscar a David cuanto antes.

***

Era casi las nueve y media. Los niños jugaban en su habitación y los adultos charlaban en la cocina.

¿De verdad va a venir tu madre? Los críos deberían irse a la cama…

Solo un día se dormirán tarde. Pero hay que aclarar esto con mamá.

Al terminar la frase, sonó el timbre. Lucía salió a abrir:

Venga, dame a David dijo Carmen, segura.

Lucía contuvo el aire. Detrás de ella ya estaban Tomás y Marisa.

Mamá, ¿tienes vergüenza?

¡Cómo le habláis así a vuestra madre!

¡No cambies de tema! ¡El niño te lo dejé a TI, mamá, no a Lucía! ¿En qué estabas pensando?

Carmen se rió.

Bah, ¿qué más da, Marisa? Ella tiene dos, se apaña bien. Yo tenía unos asuntos.

Tomás dio un paso al frente.

Mamá, ¿qué clase de desprecio es ese? ¿Le has preguntado siquiera si podía quedarse con el niño?

¡Ay, no hace falta preguntar!

Tomás insistió:

¿Dónde has estado?

Marisa empezó a reírse con nervios.

Pues mira, seguro que nuestra madre fue primero a la peluquería, que esta mañana llevaba el pelo más largo. Y después se hizo las uñas; esta mañana las tenía rojas, ahora son rosas…

Carmen bajó la mirada, incapaz de responder.

¿No se te cae la cara de vergüenza? volvió a preguntar Tomás.

Ella seguía callada. Los tres hijos la miraban, esperando.

¿Te das cuenta, mamá? Por una vez que te piden ayuda, lo pasas a Lucía. ¿Y si a ella también le apeteciera ir a la peluquería? ¿O hacerse las uñas?

Entonces Carmen se puso roja y, con tono altivo, exclamó:

¡Por favor, Tomás! ¿Pero qué va a hacer ella en una peluquería? ¡Si siempre fue una simplona de la Castilla profunda! ¡Siempre lo fue y lo será!

El silencio se hizo un instante. Pero rápidamente fue roto por un grito:

¡Fuera de mi casa!

Tomás tomó a su madre del brazo y sin más la condujo fuera, cerrando la puerta de golpe. Al mirar, vio a Lucía con lágrimas en las mejillas. Él y Marisa corrieron a consolarla.

Lucía se sentía herida y dolida. Sin embargo, comprobó que Carmen ni siquiera valoraba a sus propios hijos y nietos, lo que le hizo entender que el problema no era ella, sino el corazón de su suegra. Ese pensamiento le daba cierto alivio: por más que deseara gustar a todos, nunca se puede ser bueno para quien no quiere ver bondad.

Desde aquel día, el contacto con Carmen desapareció. Tomás y Marisa le hacían algún favor ocasionalmente, pero Carmen no volvió a implicarse en la vida familiar. Estuvo resentida durante un tiempo, aunque finalmente el deseo de estar presente la llevó a buscar la reconciliación. Pero la ayuda a los nietos nunca llegó.

Solo una vez, repasando antiguas fotos en el móvil, Lucía vio el estado de Carmen con un mosaico de los tres nietos y la frase: Feliz Día de las Abuelas a todas las que han criado a sus nietos. Lucía esbozó una sonrisa amarga, y esa noche Tomás y Marisa pusieron a su madre en su sitio con bromas tan bien lanzadas que hasta Lucía, aunque intentó contenerse, no pudo evitar reír.

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