Convertida en sirvienta
Cuando mi madre, Pilar, decidió casarse de nuevo, mi esposa y yo nos quedamos helados ante la noticia, sin saber muy bien cómo reaccionar.
¿De verdad pensáis cambiar vuestra vida de forma tan radical a estas alturas? preguntó Leticia mientras me miraba de reojo.
Mamá, ¿para qué esos impulsos? me puse nervioso. Entiendo que llevas muchos años sola y has dedicado la vida a criarme, pero ahora casarte me parece absurdo.
Sois jóvenes y por eso veis las cosas así respondía ella con total tranquilidad. Tengo sesenta y tres años, y nadie sabe cuánto tiempo le queda. Soy dueña de pasar el tiempo que tenga con quien quiero.
Al menos, no os precipitéis con la boda intenté hacerle ver. A ese Jorge lo conoces desde hace unos meses y ya estás dispuesta a dar un vuelco a todo.
A nuestra edad, no hay que demorarse, el tiempo apremia reflexionaba mi madre. ¿Y qué tengo que averiguar? Tiene dos años más que yo, vive con su hija y yerno en un piso de tres habitaciones en Salamanca, cobra buena pensión, tiene una casa en el pueblo
¿Y dónde pensáis vivir? yo no lo entendía. Aquí apenas cabemos los de siempre, mucho menos alguien más.
No hagáis un drama, Jorge no quiere mudarse aquí, así que seré yo quien se vaya a su casa nos explicó Pilar. La vivienda es grande, me entiendo bien con su hija, todos tenemos experiencia y años, no habrá conflictos ni problemas.
Me preocupaba su decisión, pero Leticia insistía en que tratara de comprender a mi madre.
¿Estaremos siendo egoístas? se preguntaba ella. Es cierto que nos viene bien que Pilar ayude, que pase tiempo con Claudia Pero tiene derecho a rehacer su vida. Si tiene ocasión, no conviene ponerle trabas.
Bueno, una cosa es convivir y otra casarse y hacer boda seguía yo sin entender. No me imagino la escena, mi madre de blanco y banquete con juegos
Son de otra época, quizá eso les da estabilidad y seguridad racionalizaba Leticia.
Al final, Pilar se fue a vivir con Jorge tras un encuentro casual en la plaza mayor, y al poco se mudó con él a Salamanca. Todo iba bien, todo el mundo le ofreció su mejor cara, el esposo la trataba bien, y Pilar creyó sinceramente que, al final de su vida, había merecido encontrar la felicidad y permitirse ser feliz cada día. Pero muy pronto se presentaron las primeras consecuencias de vivir en una familia ajena.
¿Podrías preparar una merluza al horno para la cena? preguntó Inés, la hija de Jorge. Yo no puedo, estoy a tope en la clínica, no tengo tiempo, y tú ahora estás bastante libre.
Mi madre comprendió la indirecta y enseguida asumió la cocina, y con eso siguieron las compras, la limpieza, la colada y hasta los recados al pueblo.
Al estar casados, la casa del campo es cosa de los dos afirmó Jorge. Inés y su marido tienen mucho lío, la niña es pequeña; entre tú y yo haremos todo.
Pilar no discutía, le gustaba formar parte de una familia numerosa y a la que parecía unirse por ayuda y cooperación. Con mi padre nunca conoció algo así: era vago y listo, y encima nos abandonó cuando yo tenía diez años. Han pasado dos décadas y no sabemos nada de él. Esta vez todo parecía justo, no le pesaban las tareas, ni las fatigas le molestaban.
Mamá, ¿para qué tanto trabajo en la casa del pueblo? le pregunté preocupado. Terminas agotada y te sube la tensión, ¿te compensa?
Claro que sí; además me alegra hacerlo respondía mi madre. Vamos a sacar muchas hortalizas y fruta con Jorge, habrá suficiente para todos y os llevaremos a vosotros también.
Sin embargo, yo tenía mis dudas. En meses, no nos habían invitado ni una sola vez. Leticia y yo invitamos a Jorge, él prometía venir pero nunca encontraba el momento, ni ganas. Al final, dejamos de insistir y nos conformamos: la nueva familia tampoco tenía gran interés. Lo único que pedíamos era saber que Pilar estaba bien y era feliz.
Al principio parecía que todo funcionaba, mi madre estaba encantada. Pero la carga de trabajo aumentaba sin parar, y empezó a resultarle pesado. Jorge, al llegar al pueblo, se quejaba del lumbago o del pecho; Pilar, sacrificada, lo mandaba descansar y ella reunía ramas, barría hojas, vaciaba las bolsas de basura en el corral
¿Otra vez cocido? fruncía el ceño Antonio, el yerno de Jorge. Ya lo cenamos ayer, ¿no pensabas hacer algo distinto?
No tuve tiempo ni de ir a la compra se excusaba Pilar. Hoy he estado lavando todas las cortinas y luego me mareé, así que me tumbé a descansar.
Bueno, pero el cocido no me gusta apartaba el plato Antonio.
Mañana Pilar nos hará un festín de los suyos intervenía Jorge.
Al día siguiente, mi madre se pasaba toda la jornada en la cocina, para que la cena desapareciera en media hora. Luego limpiaba todo de nuevo, y así una vez tras otra. Ahora las quejas de Inés y Antonio eran constantes y Jorge tomaba partido por ellos, dejando a Pilar como la culpable de todo.
Pero yo también me canso, no soy una niña, ¿por qué tengo que hacerlo todo sola? se atrevió a protestar mi madre después de otro enfado.
Eres mi esposa, tienes que mantener el orden de este hogar le recordaba Jorge.
Como esposa, tengo obligaciones pero también derechos lloró Pilar.
Se calmó, siguió esforzándose por agradar a todos y sostener la armonía. Pero un día se hartó y el disgusto fue definitivo. Inés y Antonio iban a visitar a unos amigos y querían dejar a la niña con mi madre.
Que la cría se quede con el abuelo o que os acompañe. Yo hoy voy a ver a mi nieta, decía Pilar.
¿Y por qué todos tenemos que adaptarnos a ti? saltó Inés.
No tenéis por qué, pero tampoco yo, recordó Pilar. Mi nieta cumple años hoy, os avisé el martes. Nadie le dio importancia y ahora encima intentáis atarme aquí.
No hay derecho, de verdad Jorge se sonrojó de rabia. Inés tenía planes, y tu nieta es pequeña, no pasa nada si la felicitas mañana.
No pasa nada si vamos los tres juntos a casa de mis hijos, o te quedas tú con la nieta dijo Pilar firme.
Ya lo sabía yo, que tu boda no iba a acabar bien comentó con veneno Inés. Cocina regular, nunca tiene limpia la casa y encima sólo piensa en ella.
¿De verdad pensáis así de mí tras todo lo que he hecho aquí? preguntó Pilar a Jorge. Dímelo claro, ¿buscabas esposa o alguien que os atendiera a todos?
Ahora eres tú la que está mal y me quieres culpabilizar Jorge se defendía nervioso. No montes lío de la nada.
Te pregunto algo sencillo, merezco respuesta insistía Pilar.
Pues haz lo que quieras, pero en mi casa no tolero ese desprecio por las obligaciones, zanjó Jorge con altivez.
En ese caso, me despido, sentenció Pilar mientras recogía sus cosas.
¿Aceptáis a esta abuela tan poco útil de vuelta? cargaba el bolso y el regalo de su nieta. Me casé, regresé, no me preguntéis, sólo decidme: ¿me recibís?
Por supuesto Leticia y yo corrimos a abrazarla. Te esperábamos, la habitación es tuya, estamos contentos.
¿Contentos de verdad? buscaba escuchar el consuelo.
¿Por qué si no íbamos a alegrarnos con una madre? se asombraba Leticia.
En ese momento mi madre supo que no era sirvienta de nadie. Sí, ayudaba en casa, cuidaba de Claudia si hacía falta, pero ni Leticia ni yo abusábamos ni nos aprovechábamos de ella. Aquí sí sentía que era madre, abuela, suegra y miembro de la familia, no la criada de nadie. Pilar volvió a casa para siempre, pidió el divorcio por su cuenta y procuró no recordar el trago vivido.




