Querido diario,
Hoy me he puesto a pensar en lo que ocurrió el verano pasado con mis amigos, Alejandro y Carmen, que viven cerca del Mediterráneo. Aquella temporada, la pareja fue invitada a un bautizo en el que Alejandro debía ser el padrino. Tras la ceremonia en la iglesia, como es costumbre por aquí, se organizó una fiesta alegre y concurrida. Allí se encontraron con los abuelos del ahijado, quienes no pudieron ocultar su entusiasmo toda la noche al saber que su nieto tendría un padrino tan generoso y atento. Veían en Alejandro un hombre de gran bondad y estaban orgullosos de que la familia estuviera vinculada a él.
Por encima de todo les fascinaba que Carmen y su marido residieran junto al mar.
La abuela repetía sin cesar: ¡Qué magnífico padrino! Además, vive cerca del mar. ¡Qué suerte! Ahora tendremos a quién visitar en la costa sin tener que buscar alojamiento, ni gastar euros en hoteles. La familia es lo más bonito. Alejandro, qué maravilla que podamos contar contigo como familia.
Nunca hubiera imaginado que la abuela del ahijado tomaría tan en serio su entusiasmo. Unas semanas después apareció por sorpresa. Sin embargo, el padre del ahijado, Juan, se había adelantado a llamar a Alejandro para preguntar si sus padres podían quedarse unos días, tres o cuatro. Tras pensarlo bien en casa, Carmen y Alejandro aceptaron acogerles. Sentían que no podían rechazar la petición. Coincidía con el pico de la temporada, y ambos estaban trabajando todo el día, así que recibir visitas no era lo ideal. Carmen incluso tuvo que pedir días de vacaciones para atenderles como merecían.
Finalmente llegaron, disfrutaron del sol y la playa, y después, agradecidos, recogieron sus cosas y se marcharon.
La verdad, considerando que el piso era pequeño, apenas dos habitaciones, Carmen decidió que la próxima vez, si se les ocurría alegrarles otra vez con una visita, sería mejor decir que no. Cuando venían sus amigos o el propio ahijado, la visita era una alegría, pero los padres de ellos ya resultaban demasiado, especialmente en pleno verano, cuando era necesario ahorrar dinero para tener suficiente durante el invierno.
Al enterarme de todo esto, lo que más me sorprendió fue cómo los padres, gente ya entrada en años, habiendo criado hijos y nietos, decidieron aprovechar la circunstancia y utilizar a mis amigos como alojamiento gratuito en la playa.
Creo que sí, que lo hicieron, y además juraron que tenían ganas de repetir…




