UNA FELIZ EQUIVOCACIÓN
Crecí en una familia monoparental, sin la figura de mi padre. Mi madre, Carmen, y mi abuela, Pilar, fueron quienes me criaron. Sentía la necesidad de un padre desde muy pequeño, casi desde la guardería.
Pero donde más lo noté fue en los primeros cursos de primaria Sentía una envidia terrible por mis compañeros que, orgullosos, caminaban de la mano de sus padres altos y fuertes, jugaban juntos, montaban en bici o en coche. Me dolía especialmente ver cómo algún padre abrazaba y besaba a su hija o su hijo, los alzaba en brazos y juntos reían, reían sin parar… ¡Dios mío! Ver todo aquello desde fuera me hacía pensar: “¡Qué suerte tienen! ¡Eso sí es felicidad!”
A mi padre también lo “veía”… pero solo en una única fotografía, donde él sonreía como otros padres Pero no a mí.
Mi madre siempre me decía que era investigador polar, que vivía en el lejano, lejano norte, tan lejos que no podía venir. Que trabajaba allí y que me mandaba regalos en mi cumpleaños cada año.
Llegando a tercero de primaria, con gran amargura comprendí que ese padre polar no existía ¡Ni existió nunca! Por accidente escuché cómo mi madre le confesaba a la abuela que ya no podía seguir con el engaño y seguir regalando cosas en nombre de un padre que, en realidad, nos había abandonado. Que aunque vivía bien, jamás llamó a su hijo ni le felicitó ni en su cumpleaños ni en Navidad.
«¡Julio se ilusiona tanto en esas fiestas!… Son los únicos días que, aunque sea de lejos, siente el cariño de alguien que cree suyo», dijo mi madre.
Así, justo antes de mi cumpleaños, les dije que no quería más regalos en mis celebraciones “de parte del padre”. Que solo hicieran mi pastel favorito, el de “Leche Merengada”, y ya.
Vivíamos ajustados, con las dos humildes pensiones de mi madre y mi abuela, así que cuando entré en la universidad, empecé a trabajar de mozo de almacén en la estación y en algunos comercios.
Un día, mi vecino Luis me propuso trabajar como Papá Noel en los días previos a Navidad, en guarderías y por encargo en familias. De las funciones en guarderías rechacé de inmediato, aquello me parecía complicado, representaciones teatrales y trabajar en pareja con una ayudante no era lo mío.
Pero sí acepté hacer visitas a domicilios como Papá Noel. Luis me pasó un cuaderno con poemas y acertijos, junto a una lista de direcciones. El repertorio era sencillo, me lo aprendí rápido no era un examen de álgebra, pensaba aunque el miedo a meter la pata me ponía nervioso.
El primer trabajo, para mi sorpresa, salió bien. Tras visitar todos los niños en los domicilios, llegué a casa agotado pero feliz de no haber hecho el ridículo. Cuando conté lo que había ganado en una sola tarde, casi me puse a bailar de alegría; transportando cajas medio año nunca conseguí reunir ese dinero.
Desde entonces, cada invierno repetía como Papá Noel, y en verano trabajaba en cuadrillas de construcción de estudiantes. Mi vida sentimental no prosperaba demasiado; estudios, trabajos temporales y poco tiempo para nada más. Conocía chicas, claro, pero nunca llegué al matrimonio.
“Cuando termine la carrera y tenga un buen trabajo, cuando logre mejorar mi vida entonces podré pensar en formar una familia”, soñaba.
Después de acabar la universidad y conseguir trabajo como ingeniero (aunque aún en un puesto modesto), decidí comprar un coche de segunda mano. El nivel de vida era medio, pero aún me faltaba dinero; me hacía muchísima ilusión tener mi propio vehículo.
Así que otra vez me puse el traje de Papá Noel. Mi madre sacó del armario el disfraz, le quitó la funda de plástico y se puso a renovarlo: añadió muchas lentejuelas y el traje relucía, la barba blanca y tupida ocultaba bien mi rostro. Pegué unas cejas espesas y, al mirarme en el espejo, quedé satisfecho.
Mi madre, suspirando, me dijo en voz baja:
Julio, ya va siendo hora de que tengas tus propios hijos y no entretengas siempre a los ajenos.
Todo llegará, mamá respondí, besándola en la mejilla. Deseame suerte, que me voy a ganar unas monedas.
Una semana antes de Nochevieja puse un anuncio en el diario local y recibí quince encargos. Tras cumplir con seis direcciones, tachadas ya en mi lista, miré la siguiente: Calle Jardín, 6, piso 19.
Bajé del autobús y caminé hacia el portal. La calle Jardín era casi un arrabal, sombría y poco iluminada. No me costó encontrar el número 6. Subí al segundo piso y llamé.
Me abrió un niño de cinco o seis años.
En el claro junto al bosque vivo en mi casa encantada… empecé con mi frase habitual.
¡No hemos pedido a Papá Noel! me interrumpió el niño.
A los buenos niños nunca me hace falta que me llamen, yo vengo solo respondí rápido, aunque algo descolocado. ¿Tu madre y tu padre están en casa?
No. Mi madre se fue al piso de al lado, con la abuela Toñi, a ponerle una inyección. Vuelve pronto.
¿Y tú cómo te llamas?
Julio.
“Vaya, tocayo…”, pensé sorprendido. Pero me callé: no iba a revelarle que yo también me llamaba Julio. ¡Yo era Papá Noel!
Julio, ¿y el árbol de Navidad?
Está en mi cuarto.
Me llevó de la mano a su habitación, igual de modesta que el resto del piso. Sobre la mesita de noche, en vez de árbol, solo había una ramita de pino en un bote de cristal adornada con pequeños juguetes y una guirnalda de luces de colores. Junto a ella, dos fotos en marcos idénticos: un hombre y una mujer.
Me paré a mirar y… Me quedé helado. ¡Era yo! ¡Desde la foto, era yo mismo quien me miraba!
“No puede ser”, pensé, atónito y nervioso. Miré bien: era mi foto de estudiante, con mi chaqueta de verano. La de al lado, una chica: Elena Navarro.
Me había enamorado de Elena aquel verano, en una brigada estudiantil. La foto suya ya no era universitaria, sino de una mujer guapa, los ojos dulces y algo tristes, pero muy parecida a la alegre Elena de años atrás.
¿Quién es? pregunté, sin reconocer mi propia voz, temblando de emoción.
Es mi mamá.
¿Tuya?
Sí.
¿Se llama Elena? pregunté casi en susurros.
¡Sí! ¡Lo has adivinado! Por eso eres el verdadero Papá Noel. Yo pensaba que no existías…
¿Y este? señalé mi propia cara, ya intuyendo la verdad.
Es mi papá. Es un verdadero explorador polar. Mamá me cuenta que trabaja en un iceberg enorme, muy lejos. Se fue hace mucho, cuando yo era muy pequeño, por eso nunca lo vi ni lo recuerdo. Pero siempre me manda regalos en el cumpleaños y en Nochevieja. Sé que este año, al despertar, encontraré su regalo debajo de la almohada, donde Papá Noel los esconde.
Me quedé paralizado con la revelación de mi infancia y de aquel “padre polar”. Pensé: “¿Será que todas las madres mandan lejos a los padres ausentes, al Polo Norte?”
Resulta que yo era uno de esos… Me dolió tan profundo, como si la vida me hubiera herido en lo más hondo.
Recordé entonces el breve, pero intenso romance con Elena… Al despedirnos nos intercambiamos teléfonos, pero tras regresar nunca la llamé, y días después me robaron el móvil.
A veces pensaba en ella, pero los estudios y los líos con amigos y otras chicas hicieron que la olvidara poco a poco…
Ahora descubro que vive en la misma ciudad; no solo no ha dejado de recordarme, sino que educa sola a nuestro hijo, poniendo mi foto junto a la suya.
Tuve intención de confesar a Julio que realmente yo era su padre, cuando la puerta se abrió y entró Elena:
Cariño, perdona la tardanza. Tuvimos que llamar a emergencias y llevar a la abuela Toñi al hospital.
Al verme, se quedó boquiabierta:
¡Anda! ¡Pero si no habíamos contratado a Papá Noel!
Las lágrimas me brotaron de alegría. Me quité el gorro y la barba blanca, despegué las cejas…
¿Julio…? murmuró Elena, sorprendida.
Su cuerpo se desmoronó sobre el banco del recibidor y se echó a llorar, tan fuerte que hasta el pequeño Julio se asustó. Pero al ver al hijo, Elena se recompuso enseguida.
Yo le conté a Julio que había venido del Norte y me había hecho Papá Noel para darle una sorpresa a él y a su madre.
La felicidad de mi hijo era desbordante. Reía, cantaba, nos recitaba poemas. Descansaba, volvía a recitarnos versos, agarrándonos las manos como si temiera que me fuese de nuevo lejos de ellos.
Ni se acordó del regalo. Sabía que Papá Noel pondría el de su padre bajo la almohada.
Julio se quedó dormido, y Elena y yo hablamos hasta el amanecer, como si nunca hubiese pasado tanto tiempo separados.
Al día siguiente fui corriendo a comprar otro regalo y al salir me di cuenta de que había equivocado la dirección; había entrado en el portal 6A, en vez del 6. De noche no me fijé en aquella pequeña “A”. Pero en realidad… ¡Entré en el portal donde tenía que estar!
“¡Qué error más feliz y providencial!”, pensaba sonriendo.
Ahora estamos los tres juntos, ¡y somos tan felices!
Mi madre, Carmen, y la abuela Pilar no pueden dejar de mimar a su nieto y bisnieto, Julio JuliosY así, cada Navidad, cuando la ciudad se cubre de luces y las risas de los niños llenan las calles, en casa, bajo la ramita de pino decorada, Julio y Elena, y yo, celebramos juntos la magia de los reencuentros y el milagro de las felices equivocaciones.
Descubrí que a veces hay que perderse para encontrar lo verdaderamente importante. Y que quienes te esperan aunque desde lejos, aunque en silencio nunca dejan de soñar con el regreso. Ahora, mi hijo duerme tranquilo, abrazado a la esperanza de nuevos días, y Elena me mira con la luz de quien reencuentra el amor.
Ya no busco en otras manos lo que siempre estuvo al alcance de la mía. Porque aprendí que la mejor suerte no está en tener lo que a otros les sobra, sino en recuperar lo que parecía perdido.
Cada noche, cuando escucho a Julio susurrar “Papá Noel, gracias por volver”, sé que mi viaje más largo y el regalo más inesperado han sido, simplemente, regresar a casa.





