Mi hermano no quiere llevar a mamá a una residencia ni tampoco quedarse con ella — ¡dice que no tien…

¡Mi hermano ni quiere llevarse a mamá ni quiere que la metamos en una residencia y encima dice que en su piso no cabe!

Llevamos tres meses discutiendo sobre qué hacer con mamá. Desde el ictus, no está al cien por cien. Se despista con todo, necesita que alguien esté siempre pegado a sus talones. De verdad, requiere cuidados como un niño chico. Y claro, ¿a quién le ha caído el marrón? Pues a mí. Tengo trabajo, casa, familia… ¿Cómo se supone que voy a dividirme como si fuera una croqueta? Yo propuse llevarla a una residencia, pero mi hermano pone el grito en el cielo y me acusa de ser la bruja del cuento. Y por otro lado, en su casa, ni verla: que si el piso de su mujer no tiene espacio, que si tal, que si cual.

Mira que antes éramos una familia bastante apañada: los cuatro clásicos. Mi hermano Mateo y yo, que nos llevamos sólo un año. Mis padres nos tuvieron ya a edad de Virgen del Rocío. Ahora tengo 36 años y Mateo 35. Mamá, la pobre Pilar, ya va por los 72. Hasta que falleció mi padre, todo iba razonablemente bien.

Mateo se fue un día a estudiar fuera, a Valencia, y nunca volvió. Allí se casó y allí sigue. Yo me quedé en Madrid. Cuando me casé con mi marido, preferimos alquilar un piso por no incordiar más en casa de mi madre. El plan era ahorrarnos unas pesetas (bueno, ahora euros), comprar nuestro propio piso y tener niños… Lo de manual.

Pero hace dos años falleció mi padre. A mamá se le cayó el alma al suelo, se volvió mustia, aburrida, y en seguida se le vinieron los años encima. Se puso enferma y, medio año después, le dio el ictus. Pensábamos que se nos iba. Al principio, no hablaba bien y no podía ni mover las piernas como Dios manda. Luego fue mejorando, pero lo de la cabeza ahí ya era otro cantar.

Los médicos básicamente dicen que es irreversible. Así que me tocó hacerme cargo de Pilar. Mi marido y yo nos mudamos a su piso. Cambié de curro, ahora trabajo por mi cuenta, todo para poder estar con ella. No se la podía dejar sola ni para ir a comprar el pan. Cuando volvió a andar bien, tampoco la cosa mejoró.

¡No veas! Decía cosas raras, se ponía a caminar por la calle y tenías que perseguirla para traerla de vuelta, llorando porque Antonio la esperaba en algún sitio. Más bien una aventura, pero nada divertida. No duerme bien nadie en casa, por si un día decide salir volando. Y mi trabajo, pues, como para tirar cohetes no está no me concentro más que lo justo como para hacer la lista de la compra. Mi marido, que es más práctico, sugirió la residencia.

Las residencias son carísimas, pero bueno, tirando de cuentas, con lo justo llegamos para pagarla. Mi marido todo el día: Tienes un hermano, que corra también con el gasto. Es lo justo.

Al principio me dolía la idea, pero no me quedó más remedio. ¿Hasta cuándo podría seguir así? Allí tendría atención 24 horas, médicos y demás. Fui a ver la residencia, pregunté todo. Carísima. Pero ¿qué voy a hacer?

Llamé a Mateo y le conté el percal. Esperaba que entendiera que esto no es ninguna broma. Pero él montó el drama.

¿Pero tú has perdido el juicio? ¿Cómo vas a meter a mamá en una residencia? Si allí nadie la conoce, si los viejos son todos unos desconocidos ¿Y tú sabes cómo la van a tratar? ¡No tienes corazón! me gritó por teléfono. ¿O es que lo que quieres es quitártela de encima?

Intenté explicarle, pero ni caso. Así que seguí con la tarea de cuidar a Pilar. Hasta que llegué al punto de que no podía más. Volví a hablar con él. Pero nada, Mateo seguía emperrado.

Yo nunca haría eso con nuestra madre. Pilar nos crio, nos dio estudios, y tanto tú como yo vivimos en casa, no en un orfanato. Ella nunca se quejó, ni cuando éramos dos demonios me decía.

Ambos tendríamos que responsabilizarnos, pero ¿por qué sólo yo doy la cara? Si no le parece bien, que se venga a Madrid, se lleve a mamá y le demuestre todo su amor.

Sabes que vivo con mi mujer en su piso. ¿Cómo la convenzo para que aguante a la suegra? me rebate él.

Pues oye, mi marido cuida de la suya, tu mujer también puede. Además, nosotros vivimos con Pilar, así que mi marido se encarga igual. le contesto.

Propuse que para la semana que viene me iba yo del piso de mamá, a ver si así él y su mujer se mudaban. Mateo titubeó: que trabaja mucho, que no puede distraerse, que si patatín, que si patatán. Lo único que quiere es librarse él del asunto.

Vivo en el Día de la Marmota. Sé que lo más sensato es la residencia. Seguramente todos saldremos ganando, pero el temor de parecer la hija ingrata me come. Mi marido me apoya; dice que allí se ocuparán bien de Pilar. Y que nosotros tenemos que vivir nuestra vida.

He decidido esperar una semana más. Si Mateo no se presenta, hago lo que tengo que hacer. Ya está bien. Llevaré a Pilar a la residencia. Los consejos me los ahorro, porque sólo yo sé lo que es cuidar de una madre en estas condiciones. Y que Mateo se invente las excusas que quiera ante sus amigos, a mí que no me cuente rollos.

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Mi hermano no quiere llevar a mamá a una residencia ni tampoco quedarse con ella — ¡dice que no tien…