Diario de Lucía, martes
Hoy ha sido un día tan surrealista que aún me cuesta creerlo. Esta mañana, mi viejo móvil finalmente decidió morirse del todo y, después de mucho ahorrar, por fin me compré un smartphone nuevo: grande, precioso, de esos con batería interminable (o eso prometía la tienda en la Puerta del Sol). Pero la ilusión me duró poco. El aparato empezó a calentarse solo con mirarlo, y antes de darme tiempo a configurar nada, ¡ya lo había perdido!
¡Qué rabia! Era un móvil fenomenal, de los caros, pantalla enorme, batería potente el típico capricho que luego te sale caro de verdad. Y para colmo, con lo que costó, ahora ni cambiarlo ni devolver el dinero: simplemente, el móvil desapareció sin dejar rastro.
Me recriminé en voz baja lo tonta que había sido. Cogí mi vetusto Nokia de teclas, ese que ni WhatsApp conoce, y marqué mi propio número, por si había suerte. Escuchaba el tono de llamada pero nadie contestaba. En vista de que esto no tenía solución, me serví unas gotas de valeriana para los nervios, me tumbé un rato y pensé en repasar mis pasos del día, a ver si la memoria me daba alguna pista.
De repente sentí una vibración bajo el cojín. Era una llamada entrante de mi propio número. ¡Dígame! exclamé con esperanza. Al otro lado, sólo escuchaba suspiros, ruidos y de pronto un: Miaaau
¡Casi se me cae el alma a los pies! Colgué bruscamente, convencida de que algún graciosillo había encontrado mi móvil y ahora estaba burlándose de mí. Aún peor por no haberle puesto contraseña; ahora cualquiera podía hacer lo que quisiera con mi teléfono. Estaba pensando en todo esto cuando volvió a sonar.
Insistí: exactamente los mismos ruidos, los mismos suspiros y siempre el maullido al oír mi voz. Perdí la paciencia: ¡No me molestes más! grité casi al borde de las lágrimas.
Pero las llamadas seguían llegando. Así que, resignada, me puse el abrigo y salí a la calle madrileña. Los sonidos parecían venir del exterior; quizá el bromista seguía cerca del sitio donde lo perdí. Decidí recorrer mi camino habitual, llamando de vez en cuando a mi número, hasta que, de repente, oí la inconfundible melodía de mi móvil.
Eché a andar deprisa hacia el sonido, lista para cantarle las cuarenta a quien se estuviera cachondeando de mí. Lo que no esperaba era a lo que encontré bajo un olivo del parque: un gato naranja, un poco desaliñado, que aporreaba con sus patas el teléfono, como si intentara hacerlo callar.
Mi enfado se esfumó al instante. El auténtico ladrón de mi teléfono era un gato, y por cómo ronroneaba y se restregaba por el móvil comprendí que sólo buscaba un poco de calor. El móvil, aún encendido y caliente, era su pequeña estufa improvisada en medio de la fría mañana madrileña.
El gato al verme se olvidó del teléfono y corrió hacia mí. Se me subió a los brazos ronroneando, buscándome las manos, la cara; no podía resistirme a tanto cariño peludo. Nunca vi un gato callejero tan mimoso. Se frotaba por mis mejillas como si quisiera besarme, y yo, intentando esquivar su entusiasmo, no pude evitar sonreír. ¿Cómo dejarlo allí, después de todo esto?
Caminé de vuelta a casa con el móvil metido en el abrigo y el gato, pegado a mi pecho. Iba pensando que el amor a primera vista sí existe, y que, si le gustaba tanto, sería porque no todos los días un gato encuentra un radiador con forma de teléfono.
Lo más gracioso es que, claro, acabo de recordar que yo misma había derramado valeriana en las manos y en la ropa tras el susto. ¡Ahora todo se explica! Mi gato inesperado estaba más embriagado por la valeriana que por mi simpatía.
Eso sí, se ha ganado un plato de sardinas y quizá un hueco en mi sofá permanentemente.





