En mi infancia, mi hermano pequeño siempre fue el consentido tanto de mi madre como de mi abuela. Ambas lo adoraban y lo situaban en el centro de todas las atenciones, mientras yo quedaba relegada a un segundo plano. Él recibía lo mejor: los mejores juguetes, los dulces más exquisitos, las empanadas recién horneadas, las moras del campo… Mientras tanto, yo solía ser la olvidada, encargada de recoger lo que él dejaba por la casa, de hacerle la cama y de tener preparado su desayuno cada mañana. Me sentía profundamente ofendida por ser tratada como su criada, corriendo siempre para satisfacer cualquier deseo suyo.
Este patrón me dolía mucho, especialmente porque mi madre había sufrido bastante en el pasado por el trato de su marido, lo que finalmente llevó al divorcio. Y, pese a ello, ella estaba criando a un hombre similar. Cada vez que intentaba rebelarme, mis protestas eran acalladas con rapidez y mi situación no cambiaba. Recuerdo claramente lo difícil que fue mi último año en el colegio, cuando me preparaba con esfuerzo para los exámenes. Mientras estudiaba, mi madre y mi abuela me llamaban cada cinco minutos, insistiendo en que dejara todo y fuera a darle de comer a mi hermano. Lo más importante es tu hermano, repetían sin cesar, poniendo por encima sus necesidades. A pesar de todo, mi empeño en los estudios me permitió aprobar los exámenes, pero el esfuerzo fue abrumador.
Cuando llegaba el momento de prepararme para las pruebas de acceso a la universidad, mi abuela llegó a cuestionarse la utilidad de la educación para una mujer. Me animaba a centrarme en casarme, tener hijos y cuidar de la casa. Sin embargo, seguí adelante y conseguí terminar la universidad. Ya entonces no pude soportar más la carga y decidí marcharme de casa. Me cansé de ser la responsable de mi hermano durante todo el tiempo. Mi madre y mi abuela se enfadaron mucho por mi partida, especialmente porque mi abuela tuvo que dejar su empleo para dedicar ese tiempo a su nieto.
Irme fue una decisión difícil, pero imprescindible para mi bienestar y mi crecimiento personal. Sabía que merecía más que ser la criada de nadie y estaba decidida a construir una vida donde mi valor fuera visto y respetado.






