Recuerdo bien aquella situación, aunque ha pasado ya mucho tiempo, uno de esos veranos de antaño en Madrid, era viernes y mi esposo aún estaba en la oficina. Yo, junto a mi hija Inés, decidí ir al Mercado de San Miguel para comprar lo necesario para la semana.
Tras la compra regresamos caminando, disfrutando el cálido sol madrileño que envolvía las calles. Al llegar a casa, cada una empezó con sus quehaceres: Inés se encargaba de limpiar la sala mientras yo preparaba la comida.
De repente, se escuchó el chirriar de unos frenos en la calle. Alcé la mirada por la ventana y vi que acababan de llegar unos parientes lejanos: mi prima Carmen, su esposo Luis y su hija adolescente, Clara, de quince años.
Les di la bienvenida y, con la prisa que requieren tales ocasiones, fui a poner la mesa. Les pregunté si todo estaba bien y Carmen me contó que el día anterior había sido su cumpleaños, así que, de manera espontánea, habían decidido pasar a vernos.
Reconozco que no esperaba una visita, y menos para una celebración. Mientras tomaban té, llamé por teléfono a mi esposo, Daniel, y le expliqué la situación. Él sugirió preparar unas brochetas de cerdo, porque teníamos una bandeja especial guardada en el congelador, perfecta para la ocasión.
Me acerqué a los invitados y les confesé que no había previsto su llegada, pero que podíamos hacer las brochetas si marinábamos la carne en ese momento; en una hora estarían listas, justo para cuando Daniel volviera a casa.
Mis parientes asintieron con la cabeza, se instalaron en el salón, se tumbaron en el sofá y encendieron la televisión para ver una telenovela como si estuvieran en su propio hogar.
Me sentí un poco desconcertada por su actitud. Pregunté a Luis si podía ayudarme a cortar la carne, pero él me dijo que le dolía la mano; Carmen musitó que se sentía mal tras el viaje y volvió la cara hacia el televisor. Así que, sin más, me puse alegremente a cortar y marinar la carne yo misma.
Entre Inés y yo terminamos todo el trabajo: preparamos la comida y disponimos la mesa. Ninguno de ellos se levantó ni una sola vez para ofrecer ayuda.
Cuando Daniel regresó, le relaté tranquilamente lo ocurrido; se mostró sorprendido y comentó que mis familiares habían sido bastante descarados. Les llamó para sentarse a la mesa.
El ambiente, durante la cena, era tenso; ninguno hablaba y Luis, sin esperar demasiado, tomó tres brochetas y comenzó a comerlas con voracidad. Daniel los observaba y se notaba en su expresión el desagrado por la situación.
Al terminar de comer, pregunté si alguien podía ayudar con los platos, pensando que quizá por fin se animarían, pero Carmen alegó que llevaba puesta la manicura y que Clara no podía lavar los platos.
Por si fuera poco, dijeron que ya era tarde para regresar y que preferían quedarse a dormir. Solicitaron incluso ocupar nuestra cama matrimonial porque Luis, según dijeron, necesitaba dormir en colchón firme por su espalda.
En ese momento, Daniel perdió la paciencia y les gritó:
¿Pensáis que esto es un hostal y nosotros somos los criados? ¡Venga, recoged vuestras cosas y marchaos a vuestra casa enseguida!
Me quedé helada. Traté de calmarlo, pero mis parientes tomaron sus cosas rápidamente y salieron corriendo. En cuestión de minutos ya estaban en su coche y se marcharon a toda prisa, dejándonos a nosotros con aquella extraña mezcla de alivio y asombro que aún rememoro al pensar en aquel largo y peculiar viernes de verano en Madrid.







