«A medida que envejecemos, nos da demasiada pereza para asearnos». – Sobre mi conversación con una mujer de 70 años

A medida que cumples años, la pereza para asearte se vuelve más evidente…

Esta es una historia que escucho con bastante frecuencia por aquí.

No la discuto, simplemente la comparto.

Es cierto, según envejeces, muchas tareas se vuelven mucho más difíciles. Levantarte de la cama por la mañana, lavarte otra vez los dientes, prepararte un desayuno normal. Y lavar la ropa. Nos volvemos perezosos para casi todo. No somos gente especialmente trabajadora.

Sin embargo, existen unas normas y unos hábitos que debemos mantener, nos guste o no. No tenemos permitido dejar de asearnos, de lavarnos los dientes, de limpiarnos la cara o de lavar nuestras prendas. ¿Por qué? Porque convivimos en una sociedad regida por sus propias leyes y costumbres.

No hace falta vestir las últimas tendencias, pero sí es imprescindible que las prendas estén limpias y que no huelan a sudor, que no se note que el abrigo lleva puesto dos semanas seguidas.

El pelo puede estar encanecido; gastar la pensión en tintes no tiene mucho sentido. Para muchos, un champú barato de supermercado basta de sobra. Así que el cabello puede y debe lavarse. Lo mismo ocurre con el rostro. El maquillaje, con los años, ya no es recomendable, pero la limpieza facial no debería faltar.

En las manos, basta una crema hidratante sencilla; bajo los brazos, el desodorante más económico del mercado; dentro de los zapatos, un poco de bicarbonato que elimina los olores. Si el cuerpo huele mal, el bicarbonato también puede ser solución.

Si lo miras desde esta perspectiva, todo es más sencillo. Nos gusta ser perezosos y justificamos nuestro mal olor, nuestra desidia física y moral argumentando que somos mayores, que somos jubilados o que no tenemos dinero. Pero, la higiene no precisa de muchos euros.

Por eso, tengas la edad que tengas, hay que seguir siendo persona y cuidarse. Esta es, al menos, mi humilde opinión.

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«A medida que envejecemos, nos da demasiada pereza para asearnos». – Sobre mi conversación con una mujer de 70 años