Marina se casó siendo apenas una joven, y cuando a los veintitrés años dio a luz a su primer hijo, nunca demostró verdadero interés por criarle. Prefirió dejarlo al cuidado de su madre en Salamanca, enviando cada cierto tiempo algún ingreso en euros, mientras ella disfrutaba de una vida despreocupada por Madrid junto a su esposo. Dos años después, las circunstancias obligaron a Marina y su marido a traer al niño de vuelta a casa, pero Marina nunca reconoció realmente a su hijo y mantuvo la distancia. Le inscribió en una guardería privada para reducir el contacto y, más adelante, en un colegio donde el niño sufrió las burlas de sus compañeros y graves dificultades de aprendizaje.
Sus padres nunca se implicaron ni en su educación ni en su crianza, y cuando el colegio intentó involucrarles, el esposo de Marina reaccionó violentamente. Al terminar la secundaria, Marina mandó a su hijo a trabajar en una fábrica textil a las afueras de Valladolid, donde posteriormente conoció a quien sería su esposa, Begoña. El joven matrimonio recibió un piso de la dirección de la fábrica, pero la actitud de Marina no cambió: permanecía indiferente ante sus nietos, enviándoles solo algún euro esporádico en ocasiones especiales como los Reyes Magos.
Al llegar la jubilación, Marina decidió organizar una gran fiesta para celebrarlo. Acudió a su hijo, pidiéndole que utilizara el dinero que enviaba para comprar comida y regalos para sus nietos. Su hijo y Begoña enviaron a los niños unos días al pueblo con la otra abuela, para evitar complicaciones, y se afanaron en preparar el evento. Cuando Marina llegó, la recibieron con respeto y los invitados celebraron hasta el amanecer en un ambiente festivo.
Sin embargo, al final de la velada, Marina anunció a su hijo y nuera que se marcharía antes de tiempo y que no podría quedarse para ver a sus nietos cuando regresaran del pueblo. Solamente dejó una pequeña porción de tarta para que la compartieran. Su hijo se sintió profundamente herido por la frialdad de su madre.
Una semana después, Marina llamó de nuevo a su hijo, explicándole que tenía que acudir al hospital para someterse a una operación y rogándole que le llevase algunas cosas. Sin embargo, él le dijo con tono distante que él y Begoña se iban de vacaciones algo que Marina ya sabía y le sugirió que llamase a su padre.
Con el tiempo, alguien le hizo ver a Marina que el mundo no gira alrededor de sus deseos. Su hijo decidió por fin ponerse a sí mismo y a su familia en primer lugar.






